Las primeras frases de algunas novelas clásicas

Las primeras frases de algunas novelas clásicas

Hay una anécdota de E.L. Doctorow que ilustra la cantidad de vueltas que un escritor puede darle a una idea, una párrafo, una frase o incluso una palabra. Hablen con escritores y le contarán esto mismo 100 veces. Si esto ocurre con cualquier frase, tengan por cierto que el tiempo que le habrán dedicado los escritores a lo largo de la historia de la literatura a escribir y reescribir la primera frase de una novela daría para escribir otras 100 novelas. Hoy he decidido hacer una breve lista con las primeras frases de algunas novelas clásicas. Frases que ya son parte de nuestra cultura.

La anécdota de Doctorow, por cierto, es la siguiente.

Cuando tenía siete u ocho años, mi hija Caroline me pidió un día que le escribiera una nota para la maestra porque iba a faltar a clase. El autobús estaba a punto de llegar. Escribí la fecha y empecé: Estimada señora X, mi hija Caroline… Pero entonces pensé: “Así no está bien, es obvio que se trata de Caroline”. Tiré la hoja y comencé de nuevo: Ayer, mi hija… “No, tampoco, parece que estoy declarando ante el juez.” Así continué hasta que oí un claxon y advertí que la niña estaba al borde del llanto. Las bolas de papel se amontonaban en el suelo. Mi mujer agarró una hoja y redactó la nota a toda prisa. Escribir es inmensamente difícil, sobre todo cuando el formato es breve.

Las primeras frases de algunas novelas clásicas nos llevan automáticamente a la propia novela o a cuándo la leímos

Les dejo a continuación algunos de esos comienzos de novelas que son ya frases de cultura general. Son muy conocidos, pero yo aún así disfruto muchas veces con este tipo de listas. Recuerdo cuando leí el libro en cuestión, dónde estaba… y a veces pienso en lo buena o adecuada que es esa primera frase, una vez recorrida toda la obra.

Por ejemplo, recuerdo perfectamente cuándo leí El extranjero, en algo similar a un club de lectura que tenía con unos amigos. Recuerdo no sólo esa primera frase, sino el ambiente de las primeras páginas. Por otra parte, sin ser mi obra favorita de Delibes, el comienzo de El camino me lleva a pensar en cuando la leí de niño.

El archifamoso comienzo de Cien años de soledad es memorable, mucho más que la novela que, y esto es casi herejía para algunos, no me gustó demasiado. La acabé, por cierto, de viaje en San Sebastián. Una vez estuve alojado en una casa rural cántabra que tenía grabadas en la puerta de la finca las primeras frases de Moby Dick.

El inicio del libro de Alatriste, si no recuerdo mal, es el final de la película, como si el mandato del actor Eduard Fernández haciendo de Copons fuera el inicio de las novelas de Pérez-Reverte. Esas pocas palabras de la película, por cierto, también me parecen memorables y he de confesar que a veces las uso: Hasta aquí hemos llegado. Cuenta lo que fuimos.

Y una última cosa, lean El viejo y el mar si no lo han hecho. Yo lo hice una tarde de verano en Murcia. Como ven, sólo la primera frase ya nos lleva al libro.

Y así podríamos seguir con esta corta lista que quizás tenga los inicios más famosos y populares de la historia de la literatura. Si les apetece, pueden dejar su favorito o algún otro en los comentarios y así mejorar esta lista de las primeras frases de algunas novelas clásicas.

Algunas de las primeras frases más conocidas de la historia de la literatura

En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios.
Evangelio de San Juan y El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura.
Historia de dos ciudades, de Charles Dickens

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.
El extranjero, de Albert Camus, que murió del modo más idiota, según su propio criterio.

Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.
Anna Karenina, de Lev Tolstoi

Las cosas podían haber acaecido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así.
El camino, de Miguel Delibes

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.
Orgullo y prejuicio, de Jane Austen

Llamadme Ismael.
Moby Dick, de Herman Melville

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit.
El hobbit, de J.R.R. Tolkien

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.
La metamorfosis, de Frank Kafka

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
El Quijote, de Miguel de Cervantes

En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza. Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas.
El gran Gatsby, que pudo ser otro, de Francis Scott Fitzgerald

Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez.
El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, que sufrió dos accidentes de avión consecutivos

No era el más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente.
El Capitan Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte.

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