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El hombre que casi muere probando un traje espacial en Tierra

23:22
Instalaciones de la NASA donde se llevaban a cabo las pruebas
(Instalaciones de la NASA donde se llevaban a cabo las pruebas)
La historia sobre cómo los investigadores de la NASA invirtieron millones y millones de dólares en desarrollar un bolígrafo que funcionara en el espacio mientras que los rusos solucionaban el problema usando un lápiz, es falsa. Ya hablaremos de este tema en otra ocasión, pero si ha logrado hacerse un hueco en la cultura popular esta leyenda urbana es porque todos, aunque sea de modo inconsciente, sabemos lo complicado que se vuelve todo ahí fuera, en el espacio. Tanto es así que, en las primeras pruebas de un traje espacial, sólo probando el traje, estuvo a punto de fallecer la persona que lo llevaba puesto.

Eran los tiempos en los que Estados Unidos había puesto su mirada en la Luna, a mediados de los años 60. Entre los muchos proyectos que tenían que completarse y converger en el punto final, pisar el satélite nocturno, estaba el desarrollo de un traje presurizado que permitiera salir al vacío del espacio.

Para llevar a cabo las pruebas, se construyó una cámara de vacío. Allí dentro se replicaba artificialmente la situación en el espacio, extrayendo todo el aire. En aquel entorno un hombre con el traje de astronauta debería ser capaz de respirar y moverse. Una de las pruebas la llevó a cabo un hombre llamado Jim LeBlanc, y casi lo paga caro. Uno de los tubos que suministraban aire al traje se desconectó, y LeBlanc sufrió los efectos del vacío durante medio minuto. La rapidez en sacarle de la cámara de vacío le salvó la vida, pero cerca estuvo de costarle la vida.

A continuación tienen un corto vídeo (si no lo ven accedan al blog) en el que se habla de incidente y se puede ver la grabación del mismo, con LeBlanc dentro de la cámara perdiendo el conocimiento. Finalmente, y gracias a la rápida actuación de sus compañeros, tan sólo sufrió algunos daños en el oído. No fue en vano todo aquello, porque aprendieron sobre los efectos del vacío y, por supuesto, mejoraron las instalaciones y cómo probar los trajes.



Fuente: Popular Mechanics
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El mito de la quema de sujetadores, noticias falsas de ayer y hoy

23:44
Protesta feminista en Nueva York en 1971
(Protesta feminista en Nueva York en 1971)
Dice la RAE que uno de los significados de la palabra paparruchas es “noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo”. Esto debería ser ya un indicador de que la post verdad y las noticias falsas, ese mal que embadurna la información que recibimos todos los días, no es algo nuevo. Hoy en concreto ha sido un día en el que se ha puesto de manifiesto cómo las noticias falsas se hacen populares y cómo saltan de tuit en tuit y de página en página, sin mucha comprobación. Lo digo por el caso de Pablo Motos y el Premio Nacional de Cultura. Pero todo esto, como decía, no es nuevo. Aunque sí es cierto que está alcanzando niveles nunca vistos.

En 1968 ocurrió un hecho que ha pasado a la historia como una de las protestas feministas más famosas: la quema de sujetadores. Durante un concurso de belleza en Atlantic City, un grupo de manifestantes interrumpieron con voces el evento, coronaron como Miss a una oveja y tiraron a un cubo de basura los zapatos de tacón, algunas revistas, los utensilios de peluquería y, por supuesto, también los sujetadores que usaban las concursantes para vestirse y desfilar para mostrar su belleza.

Cuando iban a quemar los sujetadores, como acción contra la forma en la que se veía la belleza de la mujer, la policía y los bomberos intervinieron y lo evitaron, ya que prender fuego allí podría ser peligroso, con maderas y telas por todos los lados. Esto es lo que ocurrió en realidad.

Lindsy Van Gelder, una periodista que trabajaba para el Washington Post, escribió sobre aquel hecho y habló de la quema de sujetadores, algo que en realidad no llegó a producirse. Ella lo explicaba claramente y contaba la verdad, pero usó una analogía con la quema de documentaciones por la Guerra de Vietnam. No obstante, en el titular se hablaba de quema-sujetadores y la idea caló. Caló tan hondo que creó una historia falsa de la que se hicieron eco muchos periódicos entonces y que aún hoy sigue dando vueltas.

Todavía hoy la quema de sujetadores se sigue tomando como una acción de protesta a favor de la liberación de la mujer, como si en aquellos años 60 se hubiera llevado a cabo. Y no fue cierto, fue sólo un mito.

De una noticia cierta se creó una noticia falsa y, lógicamente, esta segunda era más espectacular e interesante para la masa. El mito ganó la batalla. Esa es una buena lección de periodismo y, especialmente, una lección para los que consumimos información, como lo falso parece a menudo más interesante que lo cierto. Y otra buena lección de periodismo es lo importante que es un titular.

Fuente: The New Yorker
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Los maratones son de 42,195 km. por la corona británica

23:36
Representación de Filípides llegando a su destino
(Representación de Filípides llegando a su destino)
Aquel clásico que aseguraba que para que una vida tuviera sentido había que tener un niño, plantar un árbol y escribir un libro, se ha transformado en los últimos años. Cada día es más común encontrarse gente cuyo objetivo en la vida, esa meta importante que da cierto sentido a la existencia, está en correr un maratón. Puede ser el maratón de un pueblo o una ciudad cercana, pero también para muchos es correr el de ciudades como Berlín o Nueva York. Yo lo respeto. Me parece más complicado correr un maratón que escribir un libro subido al árbol que uno plantó tiempo atrás, mientras su hijo le tira piedras desde el suelo. Esos 42,195 kilómetros son una enormidad, al menos contando en pasos.

Lo curioso es que esa distancia concreta que todos hoy conocemos no proviene de la que corrió Filípides, que corrió 240 km., el griego en el que se inspira la prueba. Su origen está en la familia real británica y en los Juegos Olímpicos de Londres del año 1908. Buscando la comodidad para la realeza británica se creó la longitud de los maratones.

Los Juegos Olímpicos modernos comenzaron en Atenas en 1896, y entonces ya existía la prueba del maratón. En ese año se corrieron aproximadamente 40 kilómetros y el ganador de la carrera, el griego Spiridon Louis, llegó a la meta en 2 horas, 58 minutos y 50 segundos. No había entonces distancia exacta determinada, y el criterio para el maratón estaba en correr aproximadamente 40 km.

En el año 1900, siguientes Juegos Olímpicos, en París, se corrieron 40,260 km. En la siguiente ocasión, Saint Louis, se ajustó la distancia a 40 km. justos. En 1908 llegó el momento de Londres y fue entonces cuando la corona británica jugó un papel determinante.

El maratón siempre ha sido una prueba muy especial dentro de los juegos, y por ello la carrera de Londres comenzaría junto a una ventana del castillo de Windsor, para que parte de la familia real británica pudiera contemplar cómodamente la salida. Otra parte de la realeza esperaría en la meta. Pero, lógicamente, no iba a esperar en mitad de cualquier sitio, subidos a un estrado. Se diseñó la carrera para que finalizara dentro del estadio de White City, justo delante del palco real, un lugar digno y pensado para alojar las posaderas reales. Aquello suponía una distancia de 42,195 km. No estaba muy lejos de los 40 km. que se tenía como referencia para la carrera, todo sea dicho.

En 1912, en los Juegos Olímpicos de Estocolmo, se corrieron 40,200 km. y en la siguiente ocasión, en 1920, en Amberes, se llegó hasta los 42,750 km. De cara a los juegos de París de 1924, se estableció por fin una distancia fija para el maratón. Fue en 1921 cuando se determinó que los 42,195 km. que se habían corrido en Londres serían la distancia oficial a partir de entonces. Desde los juegos siguientes, en 1924, se debían correr aquellos 42.195 metros entre la salida y la llegada de cualquier maratón.

Y eso porque son 42.195 metros los que separan una ventana del castillo de Windsor, del palco real en White City. Es decir, porque la corona británica tenía que seguir cómodamente la salida y llegada de la carrera en 1908.
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El inventor de la máquina de vapor vivió hace 20 siglos

23:10
Diseño del aelópilo de Herón de Alejandría
(Diseño del aelópilo de Herón de Alejandría)
Casi cualquiera de nosotros, al finalizar los estudios básicos, asociará la máquina de vapor con el siglo XVIII, con la Revolución Industrial, con Thomas Newcomen o con James Watt. Pero mucho antes de eso, hace casi 20 siglos, un alejandrino inventó y diseñó la primera máquina de vapor de la historia. Era Herón de Alejandría.

Herón, que vivió en el siglo I, fue un matemático que trabajó en su ciudad natal, Alejandría, como ingeniero. Inventó una esfera de viento, o aelópilo, que es considerada como la primera máquina de vapor funcional de la historia. Diseñó una esfera de metal que, por acción del vapor que generaba el fuego bajo la máquina, giraba a un buen número de revoluciones por minuto, unas 1.500. La imagen superior deja bastante a las claras cómo era el diseño y el funcionamiento de aquella máquina.

Como otras tantas veces en la historia, parece que Herón se adelantó a su tiempo y nadie, ni él mismo, encontró un uso útil y práctico del aelópilo. Quién sabe donde podrían haber llegado sus contemporáneos de haber comenzado a usar masivamente la idea.

Era un tipo brillante, Herón de Alejandría. Además de esta máquina de vapor inventó también la primera máquina de vending, o máquina expendedora, de la historia, como ya les conté en otra curistoria hace tiempo. Y no para ahí la cosa, porque también escribió una obra sobre neumática y autómatas, que navegaba por lo que hoy podríamos llamar robótica o, al menos, automatismos.
El inventor de la máquina de vapor vivió hace 20 siglos El inventor de la máquina de vapor vivió hace 20 siglos Reviewed by Manuel Jesus Prieto Martín on 23:10 Rating: 5

Curar una enfermedad con otra enfermedad

23:05
El doctor Wagner-Jauregg (en el centro con chaqueta negra) durante uno de sus tratamientos en 1934
(El doctor Wagner-Jauregg (en el centro con chaqueta negra) durante uno de sus tratamientos en 1934)
Hay un refrán que asegura que la mancha de la mora con otra verde se quita. He de reconocer que yo conocí el dicho a través de una canción de flamenco y que además he escuchado frases con el mismo mensaje toda mi vida. Especialmente cuando se trata del tema de amor. En ese caso, lo que viene a aconsejar es la búsqueda de un amor para olvidar otro ya acabado. En el mundo de la medicina, el doctor Julius von Wagner-Jauregg aplicó el mismo razonamiento al tratamiento de la sífilis.

Wagner-Jauregg, austríaco nacido en 1857, se especializó en psiquiatría y en 1927 se apuntó su nombre en el listado de galardonados con el Nobel de Medicina. Se reconocían así sus investigaciones en torno a la piroterapia, es decir, la producción de fiebre en un enfermo para que esa fiebre ayude a curar otra enfermedad. La fiebre sería la mora verde que elimina la mancha de la mora primera.

En el tramo final del camino que hace la sífilis sobre sus víctimas, se producen una serie de problemas mentales. Wagner-Jauregg se dio cuenta de que algunos pacientes mostraban cierta mejora en su estado mental cuando la fiebre los azotaba por alguna otra causa. Dejó las medias tintas a un lado y, tirando de otro refrán, debió pensar aquello de que perdidos al río. Infectó a algunos enfermos de sífilis con malaria, para que esta segunda enfermedad atacara con sus altas fiebres a la primera. Se producía algo así como una pelea de dos enfermedades por ver a cuál de las dos pertenece el cuerpo del pobre enfermo.

Los experimentos, como supondrán a estas alturas, tuvieron éxito. La demencia sifilítica se retrasó o remitió, lo que era un avance. La malaria también es un mal enemigo, por lo que una vez hecho su servicio, provocar altas fiebres, era combatida son quinina. Esta práctica aguantó como tratamiento útil durante mucho tiempo, hasta que llegó la penicilina.

Fuente: Historia de la ciencia sin los trozos aburridos, de Ian Crofton
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Cartas de amor de músicos, de Kurt Pahlen

13:31
Cartas de amor de músicos, de Kurt Pahlen
(Cartas de amor de músicos, de Kurt Pahlen)
No quisiera parecer un nostálgico abuelete que echa de menos tiempos pasados, ni mucho menos. Es más, creo que en muchas ocasiones cuando alguien añora el pasado, se añora a él mismo años atrás, no piensa realmente en que el mundo que le rodeaba fuera mejor que el que lo hace ahora. Esto que digo también deben ser desvaríos de viejo, no le hagan caso. El caso es que leyendo el libro del que quiero hablarles hoy he recordado la sensación de esperar carta o de escribir cartas. Me refiero, lógicamente, a cartas escritas a mano y, en el mejor de los casos, cartas de amor.

Muchos de ustedes habrán escrito y recibido cartas de amor, y el que no lo haya hecho, algo se ha perdido. Si me permiten una confesión, yo escribí muchas y recibí también algunas cuantas. Es más, en la sala donde ahora mismo estoy escribiendo esto hay una pared con varios sobres postales enmarcados y colgados. Son sobres que en su momento llegaron a mi casa, para mí, contiendo cartas. Algunas, de amor. También los grandes genios de la música clásica escribieron y recibieron cartas de amor.

La editorial Turner ha publicado una obra sobre el tema, titulada Cartas de amor de músicos y escrita por Kurt Pahlen. En la misma Pahlen bucea en las relaciones de grandes compositores y va narrando esas relaciones junto con una selección de las cartas escritas por los artistas. Más allá de las frases bonitas y ocurrentes, más allá de los detalles relativos a la relación, todas esas cartas son una vía magnífica para conocer a los autores, su época, su carácter y su forma de vida. Dicho de otro modo y como ocurre siempre en las buenas biografías, asomarse a la vida de un hombre nos deja ver a ese hombre y su obra, pero también su época.

La selección de artistas va de Mozart, finales del siglo XVII, hasta Alan Berg, que murió en 1935. En medio hay decenas de países, situaciones, artistas, formas de ver la vida y formas de amar. Los aficionados a la música clásica pueden ver referencias a obras, a conciertos y acceder de primera mano a lo que pensaron los músicos sobre ellos mismos, su producción y sus colegas. No en vano, son cartas de amor, por lo que hay que esperar que fueran personales, íntimas y sinceras. Para los menos aficionados a la música clásica, pueden leer el libro y bucear en la cotidianidad de las vidas de los músicos y demás personas en los últimos siglos. En cualquier caso, estos textos son una línea directa con el pasado y con el arte.

Personalmente me ha llamado mucho la atención las penurias que pasaron compositores que hoy son considerados como genios. Incluso cuando ya tenían fama y reconocimiento, incluso cuando sus obras llenaban teatros y los reyes los reclamaban, incluso ahí, tenían que dar tumbos por Europa, enfermos y cansados, para poder seguir rascando dinero con el que ir tirando. No les ocurrió a todos, pero sí me llama la atención que no era algo extraño.

Por ejemplo, Carl Maria von Weber, el compositor romántico alemán, y romántico no es porque estemos hablando de cartas de amor, escribió en 1826:

[...]Una sala maravillosa, con 500 o 600 personas presentes, todo brillantísimo... El ruido y la charla de la multitud eran terribles [...]Pensé intensamente en mis 30 guineas, y así tuve paciencia.

En las cartas de Mozart también el dinero estaba a menudo presente, como una losa gris que entristecía sus "te beso 1.000 veces":
[...]Aqui van, de momento, tres florines.
[...]He tardado hasta ahora porque esperaba poder mandarte más dinero.

No hay que menospreciar, por supuesto, los comentarios de algunos compositores sobre su obra o incluso sobre otros compositores. Kórsakov dice de un colega belga que "es una bellísima persona [...] pero por desgracia su talento es insignificante". El ruso también se despacha a gusto contra Richard Strauss, al que asegura que "si a alguien se le ocurriera presentármelo ni siquiera estrecharía la mano".

Y por supuesto, el libro está cargado de amor. Cada cual lo vive y cuenta a su forma. Hay amores sin esperanza, como el que vive Berlioz:
[...]La he amado, la amo y la amaré [...] y no me hago ilusiones. 
[...]Las únicas tres cosas que pueden devolverme la calma: el permiso para escribirle de vez en cuando, el compromiso de que usted me responderá, y la promesa de que me invitará a verla aunque no sea más que una vez al año.

Y también hay amores plenos, como el de Robert Schumann y Clara Wieck, que tras pasar por encima del tozudo rechazo del padre de ella, maestro además de Schumann, acabaron escribiendo un diario escrito en común. Todos los días, alternativamente, cada uno tenía la obligación de escribir en el diario al menos una página, dirigida principalmente al otro. Es decir, casados y viviendo juntos, no dejaban de escribirse cartas de amor, en forma de diario.
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La evolución de Picasso en sus autorretratos

23:42
Autorretrato de Pablo Picasso
(Autorretrato de Pablo Picasso)
Iba a comenzar esta entrada diciendo que no hace mucho tiempo que pasó por Curistoria el primer cuadro de Picasso, pero revisando esa entrada en el blog he visto que es de hace casi dos años. Es terrible cómo pasa el tiempo. Por eso, porque tempus fugit, conviene aprovechar al máximo la gota de él que nos brinda la vida. Aprovecharla, como hizo Picasso, no dejando nunca de pintar, de probar y de evolucionar. Buena prueba de esto último es la siguiente secuencia de obras, que muestra autorretratos de Picasso desde que era un niño de 15 años hasta que alcanzó los 90.

Es interesante comparar esta secuencia de obras para ver lo diferentes que son entre ellas, aun habiendo salido de la misma cabeza. Y no digo manos o pincel, digo cabeza. Este ejercicio es similar al que hizo el malagueño con la destrucción del toro. Quizás Dalí dibujara mejor que Picasso, no tengo yo criterio para evaluar, pero lo que sí es obvio es que el afán de este último por ir más allá es digno de admiración y quizás su receta para alcanzar lo que alcanzó. Entre otras cosas, ser el primer artista en ver sus obras en el Louvre. Dicho de otro modo, el primer artista vivo que expuso allí.

La evolución en los autorretratos de Picasso es la siguiente:
Autorretrato de Picasso en 1896, con 15 años
Autorretrato de Picasso en 1896, con 15 años
Autorretrato de Picasso en 1900, con 18 años
Autorretrato de Picasso en 1900, con 18 años
Autorretrato de Picasso en 1901, con 20 años
Autorretrato de Picasso en 1901, con 20 años
Autorretrato de Picasso en 1906, con 24 años
Autorretrato de Picasso en 1906, con 24 años
Autorretrato de Picasso en 1907, con 25 años
Autorretrato de Picasso en 1907, con 25 años
Autorretrato de Picasso en 1917, con 35 años
Autorretrato de Picasso en 1917, con 35 años
Autorretrato de Picasso en 1938, con 56 años
Autorretrato de Picasso en 1938, con 56 años
Autorretrato de Picasso en 1965, con 83 años
Autorretrato de Picasso en 1965, con 83 años
Autorretrato de Picasso en 1966, con 85 años
Autorretrato de Picasso en 1966, con 85 años
Autorretrato de Picasso en 1971, con 89 años
Autorretrato de Picasso en 1971, con 89 años
Autorretrato de Picasso en 1972, con 90 años (28 de junio)
Autorretrato de Picasso en 1972, con 90 años (28 de junio)

Autorretrato de Picasso en 1972, con 90 años (30 de junio)
Autorretrato de Picasso en 1972, con 90 años (30 de junio)
Autorretrato de Picasso el 2 julio de 1972, con 90 años
Autorretrato de Picasso el 2 julio de 1972, con 90 años
Autorretrato de Picasso el 3 julio de 1972, con 90 años
Autorretrato de Picasso el 3 julio de 1972, con 90 años
Fuente: Twisted Sifter
La evolución de Picasso en sus autorretratos La evolución de Picasso en sus autorretratos Reviewed by Manuel Jesus Prieto Martín on 23:42 Rating: 5
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