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La Paris-Rouen, la primera carrera de coches de la historia

23:42
La Paris-Rouen, la primera carrera de coches de la historia

Hoy se han celebrado las 24 horas y las ha ganado el equipo de Fernando Alonso, siendo el segundo español en conseguirlo, ya que Marc Gené las ganó en 2009. Un día entero, 24 horas, son muchas, incluso cuando hay relevos al volante. El récord de kilómetros en ese tiempo lo marcaron dos alemanes y un francés conduciendo un Audi, dando 397 vueltas, lo que son casi 5.411 kilómetros. Son más de 225 kilómetros por hora de media durante todo un día. Si estos tipos, con ese Audi, hubieran corrido la que se considera la primera carrera de coches de la historia, hubieran acabado la misma en poco más de media hora, en lugar de las 7 horas que le llevó al vencedor. No les habría dado tiempo ni a calentar el motor.

Aquella primera carrera, aunque ya habían existido algunos intentos, tuvo lugar en Francia en julio 1894, y la distancia de la misma fueron unos 127 kilómetros. El periódico parisino Le Petit Journal fue el organizador, y la carrera tenía como origen París y como destino Rouen.

La carrera fue promocionada como una competición de carrozas sin caballos, y el impulsor principal, Pierre Giffard, impuso también que aquellas carrozas sin caballos no debían ser peligrosas y debían ser fáciles de conducir. Supongo que temía que llegara algún pionero con algún invento extraño, como si fuera esas carreras de dibujos animados de Pierre Nodoyuna.

La inscripción costaba 10 francos y 102 valientes la pagaron, dispuestos a ser los primeros en la primera carrera de coches. Luego ese número bajó cuando llegó el momento de la verdad y tan sólo 26 coches se presentaron. Hubo varias pruebas previas de clasificación, ya que sólo 21 serían seleccionados para la carrera principal.

Había paradas programadas, para tomar un tentempié, y como en los rallies actuales, se tomaba el tiempo por tramos y el ganador era aquel que acumulara menos tiempo total en la suma de los tramos. En cada coche debía ir un juez de la carrera, por lo que es obvio que no eran monoplazas los vehículos. Es más, el ganador real era el primero en llegar a Rouen, pero además que el coche fuera cómodo, bonito... era una prueba más de coches que de pilotos, todo sea dicho.

El primero en la meta de Rouen fue el conde Jules-Albert de Dion, con un vehículo con un motor a vapor, seguido por dos Peugeot, estos sí ya de gasolina, o algo parecido. El viaje le llevó casi 7 horas, 6 horas y 48 minutos para ser exactos, y la velocidad media no llegó a los 20 kilómetros por hora. El segundo clasificado fue Albert Lemaître, que llegó unos 3 minutos y medio después.

Cuatro personas iban en aquel vehículo a vapor que ganó, y supongo que alguien estará tentado de aplaudir por el vapor, quizás algún fan del steampunk. Pero lo cierto es que el siguiente vehículo movido a vapor llegó el decimoquinto. Aquí abajo tienen al ganador y su espectacular carruaje no tirado por caballos.
El conde Jules-Albert de Dion en su carruaje

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Bou Meng, el retratista de Pol Pot

23:25
Bou Beng, el retratista de Pol Pot

He conocido la historia de Bou Meng gracias al libro El lugar más feliz del mundo, de David Jiménez, y parece la historia de Sherezade en Las mil y una noches. Bou Meng, como la narradora árabe, estaba condenado, de facto, a muerte cuando entró en la prisión S-21, en la Camboya de Pol Pot. Aquel lugar era un centro de exterminio, más que una prisión. Tras las torturas y las confesiones de cualquier tipo, hechas sencillamente para que parara el sufrimiento, llegaba la muerte. Tanto es así que de las más de 14.000 personas que pasaron por la S-21, tan sólo 7 salvaron la vida. Entre ellos, Bou Meng.

Todos iban a morir, pero había una categoría de presos a los que se podía matar sin más explicaciones. Cualquier guardia, sin una orden al respecto y sin pedir permiso a ningún superior, podía matarlos. Bou Meng estaba en esa categoría. Fue detenido en agosto de 1977 y cuando ya estaba convencido de que lo llevarían cualquier día a medianoche a un camión, señal de que lo iban a ejecutar, un guardia preguntó en voz alta si alguno de los prisioneros sabía pintar. Bou Meng levantó la mano.

Lo llevaron a una habitación donde le entregaron un retrato de Pol Pot y le ordenaron que hiciera una copia. Si había una oportunidad de ganar un día de vida, como Sherezade, estaba allí. Copió el retrato y ambas obras, la original y la que había hecho el condenado, se presentaron a 10 oficiales. Algunos confundieron copia y original, y aquello ponía en el camino de la salvación a Bou Meng.

La cárcel S-21 siguió tragando gente y gente durante mucho tiempo, generando torturas, dolor y cadáveres, mientras Bou Meng pintaba y pintaba siempre lo mismo: retratos de Pol Pot. Para que estos fueran colocados en colegios, oficinas y casas particulares, como suelen hacer los dictadores.

En 1979 las tropas vietnamitas liberaron la cárcel y 7 hombres se fotografiaron en su puerta. Los únicos 7 supervivientes del horror de la S-21, y entre ellos estaba Bou Meng, el retratista de Pol Pot. Según sus propias palabras, en cualquier caso, lo peor llegó cuando quedó libre.

Gracias a su familia había resistido todo el tiempo que había estado preso, a la que mantenía en la cabeza para tomar fuerzas y a la que esperaba volver a ver algún día. Cuando lo liberaron, se enteró de que su mujer y y sus dos hijos, dos niños pequeños, habían muerto. Entonces, cuenta Bou Meng, lo que más deseaba era morir.

Foto: BBC
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El fotomontaje de Ulysses S. Grant y las fotos originales que lo componen

23:46
La foto falsa, el fotomontaje, de Ulysses S. Grant
Podríamos decir que el retoque fotográfico es casi tan antiguo como la propia fotografía. De hecho, en Curistoria ya hemos repasado varios casos y, quizás, haya que hacer una entrada de recopilación un día de estos. De momento, vamos a ver un nuevo caso, el del general Ulysses S. Grant, que fue uno de los más destacados miembros del ejército unionista en la Guerra de Secesión de Estados Unidos y que fue presidente de ese país entre 1869 y 1877.

En los archivos fotográficos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos (donde se guardan todas las fotos que aparecen en esta entrada), se guarda una foto de Grant, con el título de El general Grant en City Point. Data de comienzos del siglo XX, de 1902, aproximadamente, y la foto es una maravilla, si no fuera porque está hecha tomando cosas de aquí y de allí para componer la heroica escena. Como veremos, nada es lo que parece.

Por supuesto, la imagen no fue tomada en City Point, ni es el general el que monta el caballo. La cabeza sí es la del general unionista, pero todo lo demás es falso. Esa cabeza de Grant proviene de una foto que le hicieron a mediados de 1864, apoyado en un árbol.
Ulysses S. Grant en el centro de mando en Cold Harbor, 1864
(Ulysses S. Grant en el centro de mando en Cold Harbor, 1864)
El caballo y el jinete provienen de otra imagen, del mismo año que la anterior, pero en la que el protagonista no es Ulysses S. Grant, sino el oficial, también unionista, Alexander McDowell McCook. Es este y su caballo, que tan bien posa, los que proporcionan la fuente principal para la foto final compuesta.
Alexander McDowell McCook, 1864
(Alexander McDowell McCook, 1864)
Por último, el fondo de la imagen, lo que podríamos creer que son las tropas de Grant, ante las cuales posa, es también una foto de 1864, pero de soldados confederados prisioneros. Por lo tanto, lo que en un primer momento podríamos tomar por hombres de Grant, son en realidad soldados enemigos hechos presos tras una batalla y que aparecen bajo la vigilancia de los unionistas.
Prisioneros confederados de la batalla de Fisher's Hill
(Prisioneros confederados de la batalla de Fisher's Hill)
Si pensaban que esto de las noticias falsas y los montajes era algo nuevo, ya ven que no, que con cada invento que llega al mundo, llegan unas trampas asociadas.
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Las monedas británicas celebrando la derrota de Blas de Lezo, acuñadas antes de tiempo

13:23
Las monedas británicas celebrando la derrota de Blas de Lezo, acuñadas antes de tiempo
En los últimos años Blas de Lezo, apodado Mediohombre, se ha convertido en uno de los personajes más reivindicados de la historia de España. Entre las muchas cosas que cambió y arruinó con su victoria en Cartagena de Indias, fueron unas monedas conmemorativas que los ingleses de Vernon habían encargado acuñar antes de la batalla. Es decir, Vernon vendió la piel del oso antes de cazarlo. Es más, como veremos, no sólo se acuñaron monedas conmemorativas del hecho, sino que los ingleses pusieron a Lezo de rodillas en las mismas. Es decir, esperaban ganar y humillar.

Edward Vernon había nacido en 1684 y en 1739 sus méritos lo llevaron a ser nombrado comandante de la marina británica en las Indias Occidentales, esto es, en el Caribe. Capturó entonces Portobelo, un éxito que lo convirtió en un héroe en su país. Tras esto, y viendo la impresionante flota que se había armado para conquistar Cartagena de Indias, defendida por Blas de Lezo, Vernon y los ingleses estaban seguros del éxito de la campaña. Suele ser más fácil defender una plaza que atacarla, pero la superioridad en la dotación y en los hombres de Vernon, llevaba a este al optimismo.

Es cierto que era de esperar la victoria británica, a priori. Y eso es lo que hace la hazaña de Blas de Lezo más importante. Pero, volviendo al lado británico, cualquier hombre prudente no celebraría la victoria antes de tenerla en su mano.

Los ingleses crearon varias monedas conmemorando los éxitos de Vernon. Encargaron acuñar algunas sobre la toma de Cartagena de Indias y la derrota de Lezo, antes de que todo esto ocurriera. En una de las monedas, Vernon aparece a la izquierda recibiendo la espada de Lezo, mientras este se arrodilla ante el inglés. Las leyendas de las monedas rezaban cosas como:
El orgullo de España derribado por el Almirante Vernon
El orgullo de España humillado por el Almirante Vernon
Verdaderos héroes británicos tomaron Cartagena
Como decía, la rendición de Lezo arrodillado es sólo un caso, ya que se acuñaron monedas con varios diseños, siempre celebrando la victoria y la toma de Cartagena. Eso sí, entonces no debían tener muy claro a quién se enfrentaban, no sólo porque estaban seguros de la victoria, sino por que escribían su nombre como Don Blass, con dos eses. Es de esperar que tras la batalla, no lo olvidaran en mucho tiempo.

Ni que decir tiene que en aquella primavera de 1741, dentro de la Guerra del Asiento en la que nos dimos de tortas británicos y españoles en el Caribe, don Blas hizo que todas aquellas monedas fueran falsas, no por su valor, sino porque celebraban algo que finalmente no ocurrió.
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El hombre más alto de la historia medía 2,72

23:42
El hombre más alto de la historia medía 2,72

El gigante de Extremadura, Agustín Luengo Capilla, medía unos 2,35 metros. Una altura impresionante, pero que casi palidece ante la de Robert Pershing Wadlow. Este segundo hombre, estadounidense nacido en 1918 y fallecido muy joven, ha sido el hombre más alto de la historia. Dicho sea esto con la prudencia de que, si ha existido otro más alto, no ha sido registrado.

Wadlow medía, agárrense bien, 2,72 metros. El Gigante de Alton, como se le apodó, murió joven, con tan sólo 22 años. No dejó de crecer nunca hasta su muerte, y eso era una condena, el crecimiento constante era en realidad una condena. Por supuesto, su peso era acorde a ese tamaño y a pesar de ser un hombre delgado, sobrepasaba los 200 kilos. Sus pies, como todo él, eran enormes.

La altura máxima, sabiendo que crecía constantemente, quedó registrada poco más de dos semanas antes de morir, cuando dos médicos le tomaron medidas, resultando en esos 2,72 metros. Como era de esperar, Wadlow se convirtió en una atracción y una celebridad, como podemos contemplar en el vídeo que hay al final del texto.

Su muerte indica algo de mala suerte, pero también tuvo que ver en su final su condición particular, como antes decía, esa condena. A pesar de sus problemas para andar y de que había perdido cierta sensibilidad en las piernas, Wadlow seguía caminando. En julio de 1940 dio una mala pisada y se lesionó un tobillo. La herida, simple en primera instancia, se infectó y las complicaciones acabaron por llevárselo al otro mundo. Su funeral fue un acontecimiento, aunque sospecho que muchos se acercaron sólo por ver el enorme ataúd, de unos 3 metros de largo. Hicieron falta una docena de porteadores para llevar al pobre Wadlow hasta su tumba. Por cierto, esta muerte me recuerda a la muerte de Jack Daniels, el fundador de la popular y mítica destilería de whiskey.

En el vídeo que pueden ver a continuación (si leen la entrada desde su email, es posible que no aparezca y que tengan que visitar el blog para verlo) muestra a nuestro protagonista en acción y en movimiento. Se puede apreciar claramente la altura y la desproporción de su tamaño con respecto al resto de personas.

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El médico recetó alcohol a Churchill en Estados Unidos a pesar de la ley seca

23:16
El médico recetó alcohol a Churchill en Estados Unidos a pesar de la ley seca

En una ocasión, hace ya siete años y medio, hablamos en Curistoria de cuando Churchill fue a Estados Unidos en 1931 y fue atropellado. Cruzaba una calle en Nueva York y el encontronazo llevó al líder británico al hospital, con un golpe en la cabeza y dos costillas rotas. El propio Churchill reconoció que el error había sido suyo al bajar de la acera y mirar hacia un sólo lado en lugar de mirar a ambos lados.

Volvemos sobre esa historia porque seis semanas después del accidente Churchill dejó el hospital, llevando con sigo una nota del médico. Una nota muy interesante. Ya saben la afición que tenía nuestro hombre por la comida y por la bebida, así que para sobrellevar esos días de trabajo que le quedaban en Estados Unidos, recuperarse del todo de sus males y soportar el dolor de las costillas rotas, pidió y obtuvo una receta especial.

La nota en cuestión permitía a Churchill consumir alcohol en un país donde la ley seca se lo impedía al resto de mortales que quisieran mantenerse a este lado de la justicia. También es cierto que había un buen número de trucos para escapar de la ley seca, pero ninguna tan directa y legal como esta nota:
Esto certifica que el convaleciente de un accidente, el honorable Winston S. Churchill, necesita el consumo de bebidas alcohólicas espirituosas, especialmente a las horas de las comidas. La cantidad, naturalmente, es indefinida, pero el requerimiento mínimo sería de 250 centímetros cúbicos.
Cuánta gente iría al médico, especialmente en aquel tiempo y lugar, si todas las recetas de los médicos fueran así.
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El error de la Última Cena y las naranjas

23:14
El error de la Última Cena y las naranjas -- Jacopo Bassano
(El error de la Última Cena y las naranjas -- Jacopo Bassano)
¿Qué se comió en la Última Cena? No se sabe con seguridad, supongo, aunque he leído algunas explicaciones más o menos razonables. Si nos dejáramos llevar por muchas de las pinturas que han representado aquella cena de 13 hombres, cometeríamos un error. Es posible que incluso en la más famosa de todas las obras relacionadas con la última cena, la de Leonardo da Vinci, se cometa ese error.

Como se puede comprobar claramente en las imágenes que acompañan esta entrada, los artistas han colocado naranjas sobre la mesa. En algunos casos de manera explícita como fruto completo, en otros casos ya hecha rodajas y, según algunas teorías, da Vinci incluso situó este cítrico como ingrediente en uno de los platos de pescado que pintó. Sea como fuere, todos estos grandes artistas, renacentistas en su mayoría, se equivocaron. Ellos sí tenían naranjas en su mesa, pero era imposible que Cristo las hubiera tenido en la suya hace 1.985 años.

La naranja tiene su origen en extremo oriente y no llegaron a Europa hasta un milenio después del nacimiento de Cristo. ¿Les suena la expresión naranjas de la China? Pues eso, de ahí son. Y hasta el siglo X no llegaron a nuestro continente a través precisamente de la península Ibérica, gracias a los árabes que habían saltado el estrecho y habían unido, vía África, oriente y occidente. Por lo tanto, en el Renacimiento sí podían comerse en Europa o en el Oriente Próximo, pero 1.500 años no, ni en uno ni en otro sitio. Habría que irse mucho más hacia oriente a por ellas, algo que, probablemente, el cocinero de la Última Cena no era capaz de hacer.
El error de la Última Cena y las naranjas -- Juan de Juanes
(El error de la Última Cena y las naranjas -- Juan de Juanes)

El error de la Última Cena y las naranjas -- Daniele Crespi
(El error de la Última Cena y las naranjas -- Daniele Crespi)
El error de la Última Cena y las naranjas -- Detalle

El error de la Última Cena y las naranjas -- Detalle

El error de la Última Cena y las naranjas -- Detalle

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