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Quién inventó el papel higiénico

22:59
Quién inventó el papel higiénico
(Quién inventó el papel higiénico)
No sabemos quién fue el primero en usar el papel, como material, para la higiénica labor a la que hoy voy a hacer referencia y a la que estamos tan acostumbrados. Supongo que fue mucho antes del siglo XIX, o no, quién sabe que ocurría en la intimidad de cada uno. Pero sí parece probado que Joseph Gayetty tiene en el honor de ser el inventor del papel higiénico como producto comercial. Y eso tiene su mérito, porque no sólo fue el que lo lanzó al mercado, sino que tuvo el valor de pensar que la gente iría a una tienda a comprar, públicamente, el producto. Lo cierto es que, como decía su publicidad, era la mayor necesidad de su época.

Gayetty, que lanzó su producto al mercado en 1875, era un visionario y ofrecía papel higiénico con aloe vera y con efectos relajantes para las hemorroides. Sus paquetes tenían 500 hojas húmedas y se vendían en las farmacias. Es decir, el invento de Gayetty no era técnicamente papel higiénico, pero sin duda fue el pionero. Este producto, tal y como lo conocemos hoy, se lanzó unos años más tarde al mercado, por parte de la empresa Scott Paper. Sin aloe vera y sin relajante hemorroidal. Vamos, un atraso. Pero al ser más asequible para la población, se convirtió en un éxito total.

Decía antes que Gayetty tuvo el valor de esperar que la gente públicamente pidiera su producto. Era un tema delicado. Lo mismo pensó la Scott Paper, que lanzó su papel higiénico bajo otro nombre, por considerarlo un producto indecoroso. ¡Nada más lejos de la realidad! El objetivo de la empresa era conseguir que en todos los retretes del país hubiera un rollito de su papel, de unos 12cm de ancho y unos 20m de largo. Cada usuario que cortara de ahí lo que necesitara en cada ocasión.

La Scott Paper Company, que había sido fundada en Estados Unidos en 1879, triunfó en los años siguientes a su creación y consiguió su objetivo. Un objetivo que aún hoy, camino del siglo y medio después, sigue cumpliéndose. Afortunadamente.

Más tarde llegarían otras mejoras al invento, como la doble capa, para que el papel que tocaba una parte de nuestro cuerpo, la mano, no fuera el mismo que entraba en contacto con la otra parte del cuerpo involucrada en el acto. Ya me entienden. Ese avance fue británico. Y no hace tanto, se lanzaron al mercado rollos de papel higiénico impregnados con aloe vera. Toda una innovación, si no fuera porque Gayetty, el inventor del papel higiénico, ya lo había hecho en el siglo XIX.

Por cierto, casi me da reparo pensarlo, pero con toda probabilidad alguno de ustedes esté leyendo esto poco antes de recurrir al invento de Gayetty. Hoy se lee mucho con el móvil en determinados momentos y lugares. Si ese es su caso, sonría.
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El ejército español salvó al burro catalán

22:43
El ejército español salvó al burro catalán
(El ejército español salvó al burro catalán)
Los chicos de Ad Absurdum son unos genios contando la historia. Su Historia absurda de España es más que recomendable y está cargada de buen humor. Les recomiendo que lo lean si quieren aprender historia desde el descaro y la risa. Vuelven a la carga esta semana con nuevo libro, en este caso centrado en Cataluña: Historia absurda de Cataluña. De momento no he hecho más que ojearlo, pero me he encontrado allí esta curistoria que les cuento hoy.

Como sabrán, el burro es un símbolo de Cataluña, igual que el toro de Osborne se asocia con España. Y la relación entre ambos, Cataluña y España, está también unida y cruzada con estos símbolos. Por una parte, tenemos que el hombre que diseñó la campaña publicitaria para llenar las carreteras de toros gigantes fue Miquel Monfort, un catalán nacido en Terrassa y que falleció hace ya 20 años. Más tarde el toro publicitario sería indultado por Patrimonio Nacional y se quedaría a vivir en nuestras vidas y en nuestras curvas.

En el otro lado tenemos al burro catalán. Según cuentan Ad Absurdum en su nueva obra, en la segunda mitad del siglo XX comenzó en Cataluña el interés por recuperar esta especie y asociarla con su cultura. Yo, que soy niño de pueblo, aunque de Castilla, he crecido viendo burros trabajar e incluso en algunos he montado, y por eso sé lo importantes y sufridos que son estos animales. Por lo tanto, aplaudo a quien quiera asociarlos con una cultura.

Para recuperar la especie que el desuso para las tareas del campo había puesto en peligro de extinción, en Cataluña comenzaron a juntar ejemplares para la procreación. Tenían un buen número de hembras, pero los machos que conseguían no estaban en las condiciones óptimas y por lo tanto no podía confiarse en ellos para hacer crecer la manada. La solución llegó del ejército español.

En un cuartel de caballería del ejército quedaba un macho adecuado para cubrir a las hembras con garantías y virar así la tendencia que llevaba a los burros a la extinción. Los militares prestaron el animal a los encargados catalanes del proyecto de recuperación y, según parece, todo fue un éxito.
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La marca del inquisidor, de Marcello Simoni

11:08
La marca del inquisidor, de Marcello Simoni
(La marca del inquisidor, de Marcello Simoni)
Hay un área de intersección entre la novela histórica y la novela de detectives, donde surgen en ocasiones obras que son capaces de usar el marco histórico, personajes reales, situaciones reales… para crear un ambiente en el que la investigación del detective crece en interés precisamente por todo ese conjunto. Hay que saber tomar lo bueno de cada mundo, el interés y la trama de la resolución de un caso atractivo, y la descripción de los personajes, las formas y los lugares históricos. Marcello Simoni, que como habrán supuesto por el nombre es italiano, del noreste de la bota para ser más exactos, se ha colocado en esa intersección de géneros para escribir La marca del inquisidor.

El título ya nos da alguna pista sobre qué mundo histórico nos vamos a encontrar. El tablero de juego es la ciudad de Roma a comienzos del siglo XVII, y el detective, un hombre de iglesia. O varios hombres de iglesia, mejor dicho, acompañados por algún espadachín y antiguo soldado que se gana la vida como puede al servicio de otros. No puedo revelar nada de la trama, lógicamente, pero en las primeras páginas tenemos ya a un hombre asesinado con un prensa tipográfica. Ahí está el otro gran componente de la historia, junto con la religión y la Inquisición: las imprentas y los libros. Libros heréticos por un lado y asesinatos por otro. Y, en medio, el religioso y detective, a todos los efectos, Girolamo Svampa, que se mueve de un lado a otro de Roma intentando atajar el problema antes de que se le escape la solución de los dedos.

Libros prohibidos, Inquisición, espadachines, las luchas por el poder… son elementos que casi se han hecho clásicos en el género, y no es extraño ya que es un terreno abonado para las tramas interesantes. Es como la Guerra Fría y las historias de espías, hay una unión casi natural. Volviendo a La marca del inquisidor, he de confesar que he leído el libro al mismo ritmo que Svampa se mueve por Roma, a la carrera. Estructurado en capítulos cortos y con una acción constante, donde al acabar un hecho ya se deja otro colgado, como si fuese una zanahoria delante del hocico de un caballo, uno pasa y pasa páginas.

Simoni, el autor, es un bestseller que ha publicado en decenas de países y que, según reza la faja del libro, ha vendido 3 millones de ejemplares. Eso, amigos, es una auténtica salvajada que muy pocos consiguen. Al final del libro hay una nota en la que el autor desvela qué hay de histórico y de inventado en sus personajes y algunas cosas sobre su fase de documentación. Gran parte de los personajes existieron de verdad, tanto los religiosos como los impresores y tipógrafos. Simoni es bibliotecario y también tiene en su historial de vida la literatura y la arqueología. Todo esto se mezcla, como era de esperar, en el entorno y la trama de La marca del inquisidor, donde también aparece la ciudad de Roma casi como un personaje.
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El púrpura de Tiro, el color de los emperadores que proviene de un caracol

22:30
El púrpura de Tiro en tiempos de Roma
(El púrpura de Tiro en tiempos de Roma)
Siempre me ha llamado la atención cómo se han ido produciendo a lo largo de la historia los distintos pigmentos con los que se han generado los colores que luego se han usado para realizar las obras de arte, sea sobre lienzo o al fresco. Eso sí, me declaro también un total ignorante del tema. Antes de que todo fuera sintético, se obtenían pigmentos de la propia naturaleza. De piedras, de tierras, de plantas... y hasta de moluscos, como el que hoy nos ocupa. Eso sí, este está más centrado en un tinte con fines textiles que con fines artísticos.

Entre esos colores clásicos y casi míticos está el púrpura de Tiro, también conocido como púrpura real o imperial. El púrpura siempre ha estado asociado a los nobles, a los emperadores, a los altos jerarcas religiosos... Ese color en los ropajes distinguía al pueblo de las clases altas. Como siempre, producir el color era caro y eso lo hacía asequible a pocos.

El púrpura de Tiro debe su nombre a la ciudad costera del Mediterráneo, que tiene una antigüedad considerable. Casi 3.000 años antes del nacimiento de Cristo ya estaba allí de un modo u otro. El pigmento no es tan antiguo como la ciudad, pero sí data del 1.600 a.C., que tampoco es un tiempo despreciable.

Como decíamos, producirlo era complicado. El púrpura imperial se obtenía de una parte de un caracol de mar. Según parece, hacían falta unos 9.000 ejemplares para obtener un gramo de ese púrpura tan exclusivo. En el siglo XIX se llevó a cabo algún experimento para reproducir el proceso y el resultado fue así de alarmante. Miles de animalitos sacrificados supone mucho trabajo de captura, pero además el tratamiento de cada ejemplar no era sencillo. Había que coger cada caracol, abrirlos con las herramientas adecuadas y aprovechar las pocas gotas de líquido que el animal segregaba. Las genera precisamente cuando se siente atacado físicamente, cuando recibe el daño. A pesar de todo esto, era un gran negocio. Eso quiere decir que los adinerados, como ha ocurrido siempre, estaban dispuestos a pagar mucho por ese color y distinguirse así de los que no podían pagarlo.

Miles de moluscos abiertos uno a uno, para generar gota a gota el tinte necesario para teñir una prenda. Cuando en el futuro vean ese púrpura clásico de algunas túnicas romanas, por ejemplo, piensen en cuántos caracoles tuvieron que morir para dar ese color a la tela.
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La etimología militar de la palabra presidio

22:59
Peñón de Vélez
(Peñón de Vélez)
En estos días que corren, decir que la palabra presidio en realidad en su origen se relaciona con presidir, daría para unos cuantos chistes en torno a los presidentes de gobierno, la política y el sinónimo de presidio como cárcel. Pero no nos vayamos a meter ahí, que no es nuestro objetivo. Hablemos de la etimología de la palabra presidio.

Basta con echar un ojo a la RAE para ver que la palabra presidio, además de ser un establecimiento penitenciario, una cárcel, es también la guarnición de soldados que se ponía en las plazas, castillos y fortalezas para su custodia y defensa. La propia ciudad o fortaleza que daba cobijo a esos soldados lleva de igual modo el nombre de presidio.

Aunque la idea militar de una fortaleza adelantada, casi inmersa en territorio enemigo, no es nueva, parece que la palabra presidio comenzó a usarse en el siglo XVI con este significado. Deriva de presidir, que daba esa connotación de gobernar, de dominar, un territorio. O al menos de tener la intención de hacerlo. Durante el Imperio Español, algunas de las fronteras en el norte de África eran especialmente complicadas, por tener a un lado el mar y al otro el enemigo. Allí se establecieron esas posiciones avanzadas, esos presidios, a los que se enviaba a soldados para sostener esa frontera. Tanto la fortaleza como el grupo de los soldados son presidios.

No es de extrañar que la palabra presidio, entendido como fortaleza militar avanzada, haya dado lugar a un sinónimo de cárcel. Aquellas plazas debían ser para los militares casi lo que hoy entendemos como una prisión, o incluso peor, porque el enemigo estaba fuera esperando. Orán, Vélez de la Gomera (que es la frontera más pequeña del mundo) o La Goleta, en Túnez, fueron presidios españoles importantes durante el siglo XVI.
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El primer salto en paracaídas de la historia

22:49
André Jacques Garnerin
(André Jacques Garnerin)
El primer salto en paracaídas de la historia tuvo lugar el 22 de octubre de 1797. Si tenemos en cuenta que el vuelo de los hermanos Wright data de comienzos del siglo XX, parece claro que aquel primer salto no se hizo desde un avión. No sé a ustedes, pero a mí este es el primer aspecto que ya me llama la atención.

El hombre que llevó a cabo esa hazaña fue un francés nacido en 1769 cuyo nombre era André Jacques Garnerin. Si les digo su oficio se disipará la sorpresa sobre los aviones que insinuaba en el primer párrafo. Garnerin era piloto de globos. Formó parte del ejército y abogaba con vehemencia a favor del papel que los globos podían jugar en la guerra.

Aquel primer salto de 1797 fue un éxito y causó una gran expectación. Se reunió una multitud para ver cómo saltaba desde centenares de metros de altitud un hombre, sujetando a algo parecido a un enorme paraguas. Además, entonces el diseño no estaba del todo conseguido y por lo que parece el invento hacía que el hombre descendiera dando bandazos, aunque lo suficiente despacio como para llegar al suelo y no hacerse papilla o, cuando menos, destrozarse algunos huesos.

Al año siguiente, cuando anunció que saltaría junto con una mujer, se levantó cierto revuelo y tuvo que declarar ante la policía. Al parecer, uno de los problemas era que la mujer iba a estar sola con él allá arriba, en el globo, y eso era algo inapropiado. La mujer en cuestión era Citoyenne Henri y finalmente el salto se llevó a cabo sin mayores problemas legales y, de nuevo, con éxito. La prensa francesa de la época habló mucho y bien de aquellos saltos en paracaídas, aunque no sé si entonces se usaba ya la palabra "paracaídas".

Garnerin se casó con una dama llamada Jeanne Geneviéve, que también era aficionada a la los globos aerostáticos. La señora de Garnerin acabó saltando con su marido y convirtiéndose en otra pionera de esto que hoy tiene tantos aficionados. Garnerin llegó a saltar desde más de 2.000 metros e hizo exhibiciones por toda Europa.

En 1823 Garnerin preparaba un vuelo en dirigible cuando recibió un golpe accidental en la cabeza y falleció. Tomó el testigo entonces una sobrina suya, Elisa Garnerin, que saltó en paracaídas en unas 40 ocasiones, siguiendo con las exhibiciones europeas de su tío.
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Voltaire, el filósofo que se hizo rico explotando un error en la lotería

23:08
Voltaire, representado en un billete
(Voltaire, representado en un billete)
A Voltaire todos lo conocimos en el colegio, cuando nos hablaron de la Ilustración. Nacido en 1694, este filósofo francés, y muchas más cosas, tiene un lugar destacado en la historia principalmente por sus ideas, que sí nos las contaron en el colegio. En cambio, no nos contaron cómo consiguió hacerse con una fortuna gracias a encontrar un truco en la lotería que existía por entonces en París y, en cierta forma, estafar al sistema.

Hacia finales de la década de 1720, Voltaire todavía no era una figura destacada socialmente y tampoco era un hombre adinerado. París había puesto en marcha una lotería para intentar recabar fondos y contribuir así a arreglar su tambaleante economía. Para promover que los ciudadanos compraron los bonos que la ciudad lanzaba, dicho de otro modo, para que los ciudadanos financiaran los gastos de París, se lanzó una lotería a la que sólo tenían acceso aquellos que fueran poseedores de bonos oficiales y cuyo premio para el ganador dependía del valor de los bonos que poseía.

Voltaire, junto con algún amigo matemático, se dio cuenta de un pequeño fallo en el diseño de la lotería. El precio de cada ticket para el sorteo estaba referenciado al valor del bono. Así, si habías comprado un bono por valor de 100 francos, el coste del ticket de lotería era 100 veces superior a aquel que había comprado 1 franco en bonos. No obstante, en el sorteo las probabilidades de salir elegido eran iguales para ambos tickets, independientemente de su coste. La contrapartida de esto estaba en el premio.

El ticket que ganaba se llevaba el valor nominal del bono que tenía su dueño, y además de ese dinero se llevaba una importante suma adicional. Esto era un incentivo para que alguien invirtiera un buen capital en bonos. Si el valor del bono que ganaba era alto, lo que ganaría su poseedor sería también mucho dinero, el propio valor del bono, más el premio adicional.

El matemático Charles Marie de La Condamine y Voltaire analizaron el sistema y detectaron que, comprando bonos muy pequeños en valor, podrían comprar un gran número de participaciones para la lotería a un coste muy bajo. Lógicamente, cuantas más participaciones más probabilidades de ganar, y aunque el ingreso por el premio no fuera importante por la parte procedente del valor de bono, si suponía un gran premio por el importe adicional que se llevaba todo ganador. En definitiva, el coste de participación era mucho bajo y el beneficio suficientemente alto.

En junio de 1730, 14 personas, entre las que estaban Voltaire y de La Condomine, se unieron para poner el truco en marcha, repartiéndose los premios como si fueran una cooperativa de jugadores. El sistema funcionó. Reunían para cada sorteo una cantidad de participaciones enorme a base de comprar bonos con valor nominal muy bajo, y acabaron ganando una bonita suma de dinero. El grupo se disolvió, pero Voltaire siguió jugando con el mismo sistema y explotando ese agujero en la lotería hasta hacerse millonario.

A partir de ahí, el prestigio, la posición y el poder de Voltaire fueron en aumento y además, eliminadas las preocupaciones económicas de su vida, tuvo tiempo para dedicarse a lo que le ha llevado a pasar a la historia: pensar.
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