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La muerte del Barón Rojo y sus últimas palabras

22:53
Tropas australianas junto a los restos del aparato del Barón Rojo
(Tropas australianas junto a los restos del aparato del Barón Rojo)
Como otras tantas cosas en la historia, lo dejo ya escrito de entrada, los detalles completos de la muerte del Barón Rojo no se conocerán nunca. El más famoso aviador alemán de todos tiempos, Manfred von Richthofen, el Barón Rojo, perdió la vida el 21 de abril de 1918, en el norte de Francia. Tenía en su lista de bajas enemigas 80 aparatos cuando al despegar aquel último día de su vida, le gritó a su personal de tierra:
¿Creéis que volveré?
Aquellas fueron sus últimas palabras, proféticas.

No hay seguridad sobre a quién atribuir la muerte del Barón Rojo, y desde aquel día, del que se cumplirá un siglo dentro de muy poco, la duda planea sobre la bala que lo mató. Porque, ese es otro punto interesante, su avión se estrelló, pero a von Richthofen una bala lo había matado antes de chocar contra el suelo.

La mañana de aquel día de abril, que se había despejado después de amanecer nublada y con niebla, algunos aviones británicos fueron divisados sobre el frente, y varios aparatos alemanes despegaron a su encuentro. Entre ellos, el Fokker Dr.I 425/17 que pilotaba von Richthofen.

En el aire se encontraron dos grupos de aviones, alemanes y aliados, que se enzarzaron en una batalla. En un momento de la misma, el Barón Rojo se lanzó sobre el avión del piloto canadiense Wilfrid Wop May y no dejó de perseguirlo, al contrario de lo que solía hacer, a pesar de que ambos aparatos se adentraban más y más en territorio aliado. Entonces, el capitán de la patrulla de May, el también canadiense Arthur Roy Brown, hizo un picado sobre Richthofen y disparó una ráfaga contra el aparato rojo.

En ese momento, también las tropas de tierra aliadas disparaban contra el avión alemán que sobrevolaba su territorio, a pesar de la distancia. En concreto, eran tropas australianas. Tras los disparos de uno y otro lado, el avión se precipitó contra un campo de remolacha. El Barón Rojo ya estaba muerto cuando llegó al suelo, con toda seguridad. Una bala en el pecho había acabado con su vida. ¿Una bala australiana disparada desde tierra o una bala canadiense proveniente del avión del canadiense Brown?

Según parece, lo más probable es que fuera el fuego antiaéreo australiano el causante de la muerte. Según informes de inteligencia, el Fokker rojo volaba sin control y erráticamente antes de caer al suelo, y a pesar de ello el motor seguía a máxima potencia. Esto contribuye a la idea de que el Barón Rojo, si no estaba muerto en el aire, al menos si estaba malherido y fuera de combate. Esos mismos informes aseguran que el hombre que lo sacó de la cabina, nada más estrellarse, ya dijo que Richthofen estaba bien muerto y que había sido alcanzado en el pecho.

Al final, las palabras de despedida a su personal de tierra tuvieron una triste respuesta. No volvió. Esto es lo más cierto de su muerte, que no volvió. Quién lo mató será siempre una incógnita.
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Indeseables, de David López Cabia

11:53
Indeseables, de David López Cabia
(Indeseables, de David López Cabia)
Constantemente se están publicando ensayos sobre la Segunda Guerra Mundial, para disfrute de todos los que somos aficionados a ese periodo. Es un goteo constante de las editoriales hacia los lectores. Lo que ya no es tan habitual es encontrar novelas bélicas de ese periodo. Algunas hay, es cierto, pero no son comunes. Las hay que usan la Segunda Guerra Mundial como escenario o como marco para determinadas historias, pero son pocas las que, como Indeseables, escrita por David López Cabia, se meten directamente en el combate, en la guerra. Como decía, una novela bélica.

Indeseables está escrita de una forma original en su estructura, arrancando casi al final de la historia que narra, para ir uniendo una vista al pasado tras otra, haciendo flashbacks, y construir así el hilo que lleva a esos Indeseables desde Dunquerque hasta Dieppe, y un poco más allá. Los protagonistas forman parte de los comandos británicos, y eso le permite a David López, el autor, colocarlos en Noruega o en Francia, por ejemplo, en operaciones fuera de la guerra convencional. Es ficción, se trata de una novela, pero desde luego hay detrás documentación y la historia no es únicamente un marco, es un protagonista dentro de libro.

Durante la lectura no hay tiempo para descansar y la acción es constante. Cuando no están guerreando están montando bronca, y cuando no, están preparando una de las dos cosas. El grupo de los Indeseables está dirigido por el teniente Moore, y uno de los aciertos del libro es dar a cada personaje su personalidad y peculiaridades. Otro punto interesante es el lenguaje. Los tipos hablan de una forma muy especial, como si estuvieran en una película bélica de mediados del siglo pasado, o al menos a eso me ha recordado la lectura. Y eso es perfecto para el tono del libro, cómo se expresan y las piedras verbales que se lanzan unos a otros. De lo mejor del texto.

David López Cabia es un escritor burgalés, joven, que ya ha publicado varios libros de temática bélica ambientados en la Segunda Guerra Mundial, aunque en distintos frentes. Desde luego el libro tiene guerra de sobra, narrando batallas y combates en buena medida. Pero, aun así, lo mejor siguen siendo los personajes y su forma de hablar. En el prólogo se cita a Sven Hassel, y quizás sea esa una buena referencia. Si le gustaron los libros de Hassel, quizás debería meterse con estos Indeseables.
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Orson Welles y Christopher Lee grabaron con el grupo heavy Manowar

23:11
Orson Welles con Manowar, durante la grabación de la colaboración
(Orson Welles con Manowar, durante la grabación de la colaboración)
La banda de rock duro, o heavy metal, si lo prefieren, Manowar, es una de esos grupos clásicos que reinaban en aquella mítica revista Discoplay que, al menos en mi caso, llegaba cada cierto tiempo por vía postal. Bien es cierto que el destinatario era mi hermano y no yo. Pero, en cualquier caso, los guerreros tipo Conan de Manowar estaban allí presentes, junto a los zombies de Iron Maiden o a las calabazas y brujos de Helloween. Eran los años ochenta y el heavy tenía un gran número de seguidores.

En 1982 Manowar grabó su primer álbum de estudio, Battle hymns. Un título muy apropiado para el tipo de música que hacían y para sus portadas, donde, como decía, los guerreros y las espadas eran habituales. Durante aquella grabación, alguien pensó que el tema Dark avenger necesitaba una voz suficientemente carismática como narrador. Le propusieron al mítico ya por entonces Orson Welles colaborar recitando el texto en mitad del tema, antes de la explosión guitarrera final. Welles, al que yo siempre he tenido por un tipo serio y enfadado, y no sé muy bien por qué pienso que era así, aceptó.

Welles habla en el tema de una espada llamada Venganza, forjada en azufre y templada con las lágrimas de los que no han sido vengados. Muy Manowar y muy heavy todo.

No quedó ahí la cosa y cinco años más tarde volvió Welles a aparecer en una grabación de Manowar. Era 1987 y el cineasta llevaba dos años muerto, pero su voz había sido ya registrada en aquellos primeros contactos con Manowar. El tema Defender, en el disco Fighting the World, también cuenta con Orson Welles como colaborador, en este caso recitando en la introducción. Lo cierto es que en los dos temas la voz de Welles es un acierto, especialmente, en mi opinión, en Dark avenger.

En el año 2010 la banda volvió a grabar el disco Battle hymns, casi tres décadas después de la primera grabación. Para entonces, no podían contar contar con la voz de Welles, que llevaba tiempo muerto, y lógicamente no se podía una figura así sustituir por cualquiera. Y no fue un cualquiera el elegido, fue el actor Christopher Lee, el hombre detrás de muchos Drácula, de Saruman y del Conde Dooku. Su voz queda más tétrica que la de Welles, que era más solemne, pero por todas las connotaciones y por el resultado, no cabe duda de que Manowar sabía elegir a los tipos a los que invita a recitar parte de sus canciones.

Por cierto, aunque hable de Manowar en pasado, siguen en activo.

Fuente: Open Culture
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El familisterio de Godin, el socialismo puesto en práctica

23:43
Pabellón central de las viviendas del familisterio
(Pabellón central de las viviendas del familisterio)
En la actualidad es muy habitual que las empresas construyan ciudades o campus para sus empleados donde estos pueden trabajar, por supuesto, pero también comer, ir al gimnasio, dejar a sus pequeños en la guardería, estudiar, visitar al médico, comprar... Esta idea no es nueva, ni mucho menos, y en algunos casos llega hasta a colocar viviendas cerca de las oficinas, destinadas a los empleados. En el siglo XIX un industrial llevó esta idea hasta el extremo, creando el familisterio.

Jean-Baptiste André Godin fue un industrial francés que generó una importante fortuna fabricando estufas de hierro. Nacido en 1817, sus pensamientos políticos se vieron influidos por el socialismo y decidió llevar su visión política a la realidad, a la práctica. La idea principal detrás de su concepción de la sociedad obrera y comunista fue el familisterio, inspirado por el socialista Charles Fourier y sus falansterios.

A mediados de siglo, entre 1856 y 1859, en Guisa, en el norte de Francia, comenzó a diseñar primero y a construir después casas para los trabajadores de su fábrica de estufas. Pero no era eso suficiente, el grupo trabajador debía ser un conjunto social autónomo y todo lo que puede necesitar y querer un obrero debía estar allí a su alcance: casa, educación, entretenimiento, alimentación, médicos, teatros... El familisterio era endogámico, por definición, y todos los que pertenecían a él tenían acceso a los servicios. En el máximo de la utopía, Godin esperaba que además todos se llevaran bien y se tuvieran respeto y amistad.

Los niños podían jugar en los patios centrales de los bloques de casa, cubiertos con cristaleras. Las familias vivían unas junto a otras en enormes corralas y eso debía promover que unos se ayudaran a otros y se conocieran. Cerca de un millar de personas formaban parte del familisterio. Por supuesto, las condiciones de trabajo en las fábricas de Godin también estaban en línea con el pensamiento socialista.

Godin acabó por ceder todo el conjunto, fábricas incluidas, a sus empleados, generando así una enorme cooperativa que era capaz de reinvertir lo que ganaba en mantener todo aquello. Había, no obstante, cierta organización social, con un director general elegido por la junta general de accionistas, y diferentes categorías de trabajadores, con distintas ventajas.

Godin falleció en 1888, pero el proyecto continuó de un modo u otro hasta 1968, cuando en junio de aquel año se aprobó su disolución, si bien es cierto que sus mejores años se extinguieron con la Primera Guerra Mundial.

Jean-Baptiste André Godin
(Jean-Baptiste André Godin)

La fábrica de estufas del familisterio, en torno a 1899
(La fábrica de estufas del familisterio, en torno a 1899)

Trabajadores y habitantes del familisterio
(Trabajadores y habitantes del familisterio)


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La canción francesa sobre la rutina y el amor que se convirtió en My Way de Sinatra

21:49
Frank Sinatra
(Frank Sinatra)
Hoy ha fallecido France Gall, una cantante francesa que en los años 60 alcanzó la popularidad y que ha sido un referente de la época desde entonces. Ganó el concurso de Eurovisión en 1965, cuando aún este tenía un prestigio indudable. Y a finales de los ochenta triunfó con la canción Ella, elle l’a, un tema homenaje a Ella Fitzgerald que, si no conocen de aquella época, conocerán seguramente por la versión que hizo Kate Ryan hace una década y que alcanzó el número uno en España y triunfó por todos lados. Entre esos dos momentos, su carrera tuvo altibajos, pero fue una carrera importante.

France Gall tuvo una relación amorosa con Claude François precisamente en la época en la que ella ganó Eurovisión. Cuando se rompió esa relación, François trabajó con Jacques Revaux y Gilles Thibaut en la creación de Comme d’habitude, un tema que cuenta la rutina en la convivencia de una pareja en la que parece que ya no queda nada más que la costumbre. La música de ese tema le gustó mucho a Paul Anka, tras escucharlo en la televisión francesa mientras estaba en París.

Anka escribió una nueva letra, totalmente diferente, manteniendo la música compuesta por Revaux y François. El tema de Anka se tituló My way, y expone los pensamientos de un hombre en los momentos postreros de su vida, mientras hace un repaso a la misma. Concluye la letra que aquel tipo había vivido la vida a su manera. Esa canción fue para Frank Sinatra en 1969 y de ahí a la cultura popular. Todos conocemos My way y son cientos los que la han grabado, desde Elvis Presley a Los Piratas.

Así es como My way, un clásico absoluto de la música, proviene en realidad de una canción francesa poco conocida en nuestros días y que habla del desamor. My way es la canción más seleccionada para los funerales, para que suene en el momento del adiós. Conociendo la letra, no es nada extraño que así sea.

Si yo tuviera que elegir un tema para que sonara en mi propio funeral, sería Space Oddity, de David Bowie. Por cierto, David Bowie quiso escribir antes que Paul Anka la letra en inglés para la canción francesa que inspiró My way, ese Comme d’habitude, pero la cosa no cuajó. Espero que pase mucho tiempo antes de convertirme en el comandante Tom.
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Duchesne, el hombre que se adelantó a Fleming y del que ni leyeron sus trabajos

23:19
Ernest Duchesne
(Ernest Duchesne)
¿Quién descubrió la penicilina? Fleming. Y eso le ha dado un lugar en la historia y una popularidad máxima. El premio Nobel le llegó en 1945, por varios de sus trabajos, no sólo por la penicilina y, aunque mucho más modesto como homenaje, no hay que olvidar que tiene su lugar en la plaza de toros de Las Ventas, por su ayuda a salvar la vida de muchos toreros. Fleming, escocés nacido en 1881, murió en 1955 y hoy todos le conocemos.

Unos años antes que Fleming había nacido Ernest Duchesne, en 1874, un médico francés que se adelantó al escocés no sólo en la fecha de nacimiento, sino en otras cuestiones más trascendentales.

Duchesne, médico militar, se dio cuenta de que los mozos de cuadra árabes untaban el moho que producían las sillas de montar en las heridas que las propias sillas hacían en los caballos. Es más, guardaban las sillas en sitios con el ambiente adecuado para que el moho proliferara. Preguntó Duchesne por qué hacían esto y los mozos le explicaron que el moho ayudaba a curar las heridas. Aquello fue unos años antes de finalizar el siglo XIX, mucho antes de que Fleming se pusiera a ello. También es cierto que tampoco Duchesne era el primero en interesarse por el tema.

El francés intentó descubrir entonces cuál era la causa real, el motivo médico y científico por el que el moho servía para curar las heridas de los caballos. Ideó y puso en marcha un par de experimentos concretos para avanzar en su investigación. Infectó a varios cerdos con E. coli y luego los trató con moho, consiguiendo que, contra todo pronóstico, los pobres animales sobrevivieran. No hubo ni una pérdida.

Los efectos antibióticos de los hongos sobre las bacterias fueron estando cada vez más claros para Duchesne y en 1897 escribió su tesis sobre el tema: Contribución al estudio de la competición vital entre microorganismos: antagonismo entre el moho y los microbios.

Su tesis ni siquiera llegó al Instituto Pasteur, no hay acuse de recibo de la misma en él, y a pesar de su juventud, tenía sólo 23 años, Duchesne se dedicó más a su vida militar desde entonces y sus trabajos de investigación quedaron olvidados. En 1912, falleció, muy joven. No llegó a ver por tanto cómo su trabajo era rescatado y reconocido en los años 40 del siglo XX, otorgándole entonces el mérito como precursor que fue.

En 1949, cuando Fleming ya llevaba algunos años con el Nobel en su curriculum, Duschesne recibió los honores de la Academia Nacional de Medicina francesa. Según parece, hasta Fleming admitió que, si bien su descubrimiento había sido producto de la casualidad, Duchesne había trabajado con rigor y método científico en la búsqueda de la explicación sobre el poder de los hongos sobre las bacterias.

Fuente: How to Overcome the Antibiotic Crisis: Facts, Challenges, Technologies and Future Perspectives (Current Topics in Microbiology and Immunology)
Duchesne, el hombre que se adelantó a Fleming y del que ni leyeron sus trabajos Duchesne, el hombre que se adelantó a Fleming y del que ni leyeron sus trabajos Reviewed by Manuel Jesus Prieto Martín on 23:19 Rating: 5

El último ejemplar de dodo fue quemado por el director de un museo

23:08
Ilustración de Alicia en el País de las Maravillas en la que se ve un dodo
(Ilustración de Alicia en el País de las Maravillas en la que se ve un dodo)
En Alicia en el País de las Maravillas aparece un dodo. En el capítulo III de esta obra de 1865, un dodo se encarga de organizar una carrera sin más regla que correr en círculos hasta que todos los participantes queden secos, ya que estaban empapados. El pájaro, porque el dodo era un pájaro, decide finalmente que todos son los ganadores. Esto que escribió Carroll, como decía, es de 1865. Para entonces, ya se había extinguido el dodo.

Esta ave era endémica de las islas Mauricio gracias a la falta de depredadores terrestres. Su peso y sus capacidades físicas no le permitían volar, pero el hábitat de las islas era muy favorable para su proliferación. Según parece, la llegada del hombre cambió el entorno, acabó con ciertas zonas naturales y llevó a las islas nuevos animales que hicieron que el dodo se extinguiera.

A finales del siglo XVII ya no había dodos vivos. Pasado algo más de medio siglo, tan sólo había un ejemplar disecado. El dodo no huía de los humanos, por lo que no servía como presa para la caza, y su carne no era apreciada, por lo que no generó interés en el ser humano. Aunque parezca irónico, esto eran malas noticias para la especie.

Como decía, quedaba a mediados del siglo XVIII un ejemplar disecado, que bien conservado nos podría haber permitido conocer de primera mano al dodo. Pero acabó en el fuego. En el museo Ashmolean, en Oxford, se conservaba aquel último representante. El director del museo, en torno a 1755, decidió que la reliquia de la naturaleza que era el dodo del museo estaba muy deteriorada por culpa de las polillas y la echó al fuego. En lugar de intentar salvar al último dodo que quedaba, lo quemó. Quizás podría haber hecho algo para restaurarlo. En descargo del director, supongamos que él no sabía que lo que destruyó era el último ejemplar de dodo que quedaba en el mundo, aunque fuera disecado.
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