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Las últimas palabras de 30 grandes personajes históricos

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Las últimas palabras de 30 grandes personajes

En el primer volumen de los Diarios de Iñaki Uriarte, que están en la editorial Pepitas de Calabaza y que recomiendo leer, hay un texto sobre las últimas palabras de algunos escritores. Me recordó cuando lo leí a alguna entrada en Curistoria dedicada a esto mismo de las últimas palabras, a modo recopilatorio, o de un modo más concreto, como es el caso de Paquirri, Lawrence Oates o el Barón Rojo.

Supongo que en muchos las que se tienen por últimas palabras de alguien no lo son, bien porque nadie escuchó realmente las últimas, bien porque se toma algo que dijo y se le da relevancia colocándolo en ese momento postrero o, en otros casos, porque directamente es todo mentira, una bonita historia que contar, nada más. Con estas premisas de escéptico en la cabeza, hagamos de nuevo una lista de últimas palabras de grandes personajes, partiendo de las citas de Uriarte y añadiendo otro puñado.


  1. ¡Viva Iria Flavia! – Camilo José Cela (a su pueblo de nacimiento).
  2. Doctor, ¿no cree que habrá sido el salchichón? – Paul Claudel.
  3. ¡Más luz! – Goethe (pidiendo que corrieran una cortina de la ventana).
  4. Está bien – Kant (sobre un caldito que le acercaban a los labios).
  5. Tienes que irte – Descartes.
  6. Pues bien, nos las hemos apañado – Schopenhauer.
  7. Llamad a Brianchon, llamad a Brianchon – Balzac (Brianchon era el médico de una de sus comedias, así que murió mezclando realidad y ficción. Genial).
  8. Tengo sueño – Fernando VII.
  9. Lo sabía, maldita sea, lo sabía, nací en un hotel y moriré en un hotel – Eugene O’Neil.
  10. Podéis iros, me encuentro perfectamente – H.G. Wells.
  11. Buenas noches – Lord Byron (se despidió y se fue a dormir).
  12. Aplaudid, amigos, la comedia se acaba – Beethoven (postrado en la cama).
  13. Estoy harto de todo – Winston Churchill.
  14. No deseo otra cosa que morir – Jane Austen (a su hermana Casandra).
  15. Hacía mucho tiempo que no bebía champán – Anton Chejov (sabiendo que iba a morir y dirigiéndose a su mujer).
  16. LSD, 100 microgramos – Aldous Huxley (le pedía su mujer una inyección de LSD para morir drogado).
  17. Ahora, buen hombre, no es momento para hacer enemigos – Voltaire (respondiendo al sacerdote que le preguntaba si renunciaba a Satán).
  18. Bueno, debo arreglar mis almohadas para otra noche cansada. ¿Cuándo terminará esto? – Washington Irving.
  19. Máteme, o es un asesino – Kafka (pidiendo a su médico que le inyectara una dosis mortal de morfina, debido a los dolores de la tuberculosis.
  20. Llevaos esas almohadas, no las necesitaré más – Lewis Carroll.
  21. Tan sólo no me dejéis sólo – John Belushi (después de inyectarse las drogas que le matarían).
  22. Al contrario –Henrik Ibsen (corrigiendo a la enfermera que le decía a alguien que Ibsen se encontraba mejor).
  23. Me han disparado – John Lenon.
  24. Espero no haberos aburrido – Elvis Presley (dirigiéndose al público de su último concierto).
  25. No es nada, no es nada – El archiduque Francisco Fernando (tras el atentado de Sarajevo).
  26. Dejadme ir a la casa del Padre – Juan Pablo II.
  27. Bebed por mí, bebed a mi salud, yo ya no puedo beber más – Picasso.
  28. ¡Mozart! – Gustav Mahler.
  29. Lo triste es que me voy con tanto por decir – Bartok.
  30. ¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer! – Menéndez Pelayo.
Como decía, algunas puede que no sean ciertas o que estén mal recogidas en las fuentes, y es que mal momento es la muerte de alguien para andar acordándose de según qué cosas y palabras. Seguro que de Oscar Wilde hay 10 últimas citas. Pero, merece la pena conocer estas sentencias. La última cita, la de Menéndez Pelayo, me parece tan cierta... y la de Voltaire tan ocurrente.
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Los que nunca olvidarán, los cazadores de nazis que acabaron con Herbert Cukurs

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Los que nunca olvidarán, los cazadores de nazis que acabaron con Herbert Cukurs

Herbert Cukurs fue un letón nacido con el siglo XX, en 1900, y que llegó a ser una leyenda en su país, cuando aún era muy joven, por sus hazañas en el mundo de la aviación, que entonces también era muy joven. Viajó de Letonia a Gambia y a Japón, a mediados de los años 30, este último, un viaje de 40.000 kilómetros.

Fascista y nacionalista, en esos mismos años 30, y a comienzos de los 40, vio cómo Hitler y Stalin se repartían una parte de Europa, primero, y cómo luego los nazis conquistaban territorio hacia el este con gran éxito. En 1941, Cukurs se integró en el Comando Arajs, una organización de extrema derecha creada por el coronel letón Victor Arajs, llegando a ser el segundo hombre de la misma. Su misión era ayudar a los nazis en su labor de persecución y exterminio de los judíos. Nos ahorraremos las salvajadas que llevaron a cabo contra los judíos, pero pueden imaginárselas. Cuando acabó la guerra, Cukurs se vio señalado por las que habían sido sus víctimas. Su popularidad en el país antes de los crímenes ayudaba a que todos se acordaran de él. Como otros muchos nazis, tenía un sobrenombre: El verdugo de Riga. También como otros muchos nazis, logró escapar y llegar a Sudamérica.

Se estableció en Brasil y durante dos décadas vivió bien y sin molestias. Otros habían caído, como Eichmann, pero él se consideraba a salvo. Supongo que el paso del tiempo, gota a gota, va llenando el estanque de la tranquilidad y de la confianza, haciendo que los días en los que perseguía y mataba judíos fueran pareciendo algo ya olvidado. Pero en febrero de 1965 se le acabó la suerte.

En aquel mes llegó a Montevideo para reunirse con un empresario austriaco, Anton Kuenzle, con el que había entablado amistad y con el que tenía planes de negocios. Estaban en Uruguay precisamente para visitar una casa que podría servirles de base para sus negocios en el país. Tras entrar en la casa, Kuenzle cerró la puerta dando un portazo y el letón vio entonces a varios hombres en calzoncillos en el salón. Comenzó una desigual pelea que acabó cuando Cukurs recibió un martillazo en la cabeza y dos tiros de gracia.

Como supondrán, aquellos hombres eran cazadores de nazis, y aquella vez habían actuado sin juicio y sin más miramientos. Kuenzle no era tal, sino que se llamaba Yaakov Meidad y ya había formado parte del equipo que capturó a Eichmann en Argentina. Los demás estaban en calzoncillos para no mancharse la ropa y poder huir con facilidad.

El cadáver acabó en el maletero de un coche, con una nota escrita en inglés:
VEREDICTO:
Considerando la gravedad de los crímenes de los que se acusa a Herbert Cukurs, en especial su responsabilidad personal en el asesinato de treinta mil hombres, mujeres y niños, y teniendo en cuenta la terrible crueldad con la que Herbert Cukurs llevó a cabo estos crímenes, condenamos al mencionado Cukurs a muerte.
Fue ejecutado el 23 de febrero de 1965.
Firmado: Los que nunca olvidarán.
Cuando se descubrió el cadáver, la noticia se publicó en medio mundo. Según un libro que escribió el propio Meidad, y que firmó con el apodo de Anton Kuenzle, aquella fue la única ejecución de un criminal de guerra a manos del Mossad.

Dicho esto, no está claro que esto sea así, ni están claras las razones por las que se asesinó a Cukurs. Lo que sí es cierto es que era un criminal nazi y que Los que nunca olvidarán, léase el Mossad, usaron su caso para que no se perdieran en el olvido los crímenes contra los judíos ocurridos dos décadas antes y para amedrentar a todos los criminales huidos que se sintieran a salvo, como se sentía Cukurs hasta que vio a los agentes del Mossad en aquella casa en Montevideo.
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La Paris-Rouen, la primera carrera de coches de la historia

23:42
La Paris-Rouen, la primera carrera de coches de la historia

Hoy se han celebrado las 24 horas y las ha ganado el equipo de Fernando Alonso, siendo el segundo español en conseguirlo, ya que Marc Gené las ganó en 2009. Un día entero, 24 horas, son muchas, incluso cuando hay relevos al volante. El récord de kilómetros en ese tiempo lo marcaron dos alemanes y un francés conduciendo un Audi, dando 397 vueltas, lo que son casi 5.411 kilómetros. Son más de 225 kilómetros por hora de media durante todo un día. Si estos tipos, con ese Audi, hubieran corrido la que se considera la primera carrera de coches de la historia, hubieran acabado la misma en poco más de media hora, en lugar de las 7 horas que le llevó al vencedor. No les habría dado tiempo ni a calentar el motor.

Aquella primera carrera, aunque ya habían existido algunos intentos, tuvo lugar en Francia en julio 1894, y la distancia de la misma fueron unos 127 kilómetros. El periódico parisino Le Petit Journal fue el organizador, y la carrera tenía como origen París y como destino Rouen.

La carrera fue promocionada como una competición de carrozas sin caballos, y el impulsor principal, Pierre Giffard, impuso también que aquellas carrozas sin caballos no debían ser peligrosas y debían ser fáciles de conducir. Supongo que temía que llegara algún pionero con algún invento extraño, como si fuera esas carreras de dibujos animados de Pierre Nodoyuna.

La inscripción costaba 10 francos y 102 valientes la pagaron, dispuestos a ser los primeros en la primera carrera de coches. Luego ese número bajó cuando llegó el momento de la verdad y tan sólo 26 coches se presentaron. Hubo varias pruebas previas de clasificación, ya que sólo 21 serían seleccionados para la carrera principal.

Había paradas programadas, para tomar un tentempié, y como en los rallies actuales, se tomaba el tiempo por tramos y el ganador era aquel que acumulara menos tiempo total en la suma de los tramos. En cada coche debía ir un juez de la carrera, por lo que es obvio que no eran monoplazas los vehículos. Es más, el ganador real era el primero en llegar a Rouen, pero además que el coche fuera cómodo, bonito... era una prueba más de coches que de pilotos, todo sea dicho.

El primero en la meta de Rouen fue el conde Jules-Albert de Dion, con un vehículo con un motor a vapor, seguido por dos Peugeot, estos sí ya de gasolina, o algo parecido. El viaje le llevó casi 7 horas, 6 horas y 48 minutos para ser exactos, y la velocidad media no llegó a los 20 kilómetros por hora. El segundo clasificado fue Albert Lemaître, que llegó unos 3 minutos y medio después.

Cuatro personas iban en aquel vehículo a vapor que ganó, y supongo que alguien estará tentado de aplaudir por el vapor, quizás algún fan del steampunk. Pero lo cierto es que el siguiente vehículo movido a vapor llegó el decimoquinto. Aquí abajo tienen al ganador y su espectacular carruaje no tirado por caballos.
El conde Jules-Albert de Dion en su carruaje

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Bou Meng, el retratista de Pol Pot

23:25
Bou Beng, el retratista de Pol Pot

He conocido la historia de Bou Meng gracias al libro El lugar más feliz del mundo, de David Jiménez, y parece la historia de Sherezade en Las mil y una noches. Bou Meng, como la narradora árabe, estaba condenado, de facto, a muerte cuando entró en la prisión S-21, en la Camboya de Pol Pot. Aquel lugar era un centro de exterminio, más que una prisión. Tras las torturas y las confesiones de cualquier tipo, hechas sencillamente para que parara el sufrimiento, llegaba la muerte. Tanto es así que de las más de 14.000 personas que pasaron por la S-21, tan sólo 7 salvaron la vida. Entre ellos, Bou Meng.

Todos iban a morir, pero había una categoría de presos a los que se podía matar sin más explicaciones. Cualquier guardia, sin una orden al respecto y sin pedir permiso a ningún superior, podía matarlos. Bou Meng estaba en esa categoría. Fue detenido en agosto de 1977 y cuando ya estaba convencido de que lo llevarían cualquier día a medianoche a un camión, señal de que lo iban a ejecutar, un guardia preguntó en voz alta si alguno de los prisioneros sabía pintar. Bou Meng levantó la mano.

Lo llevaron a una habitación donde le entregaron un retrato de Pol Pot y le ordenaron que hiciera una copia. Si había una oportunidad de ganar un día de vida, como Sherezade, estaba allí. Copió el retrato y ambas obras, la original y la que había hecho el condenado, se presentaron a 10 oficiales. Algunos confundieron copia y original, y aquello ponía en el camino de la salvación a Bou Meng.

La cárcel S-21 siguió tragando gente y gente durante mucho tiempo, generando torturas, dolor y cadáveres, mientras Bou Meng pintaba y pintaba siempre lo mismo: retratos de Pol Pot. Para que estos fueran colocados en colegios, oficinas y casas particulares, como suelen hacer los dictadores.

En 1979 las tropas vietnamitas liberaron la cárcel y 7 hombres se fotografiaron en su puerta. Los únicos 7 supervivientes del horror de la S-21, y entre ellos estaba Bou Meng, el retratista de Pol Pot. Según sus propias palabras, en cualquier caso, lo peor llegó cuando quedó libre.

Gracias a su familia había resistido todo el tiempo que había estado preso, a la que mantenía en la cabeza para tomar fuerzas y a la que esperaba volver a ver algún día. Cuando lo liberaron, se enteró de que su mujer y y sus dos hijos, dos niños pequeños, habían muerto. Entonces, cuenta Bou Meng, lo que más deseaba era morir.

Foto: BBC
Bou Meng, el retratista de Pol Pot Bou Meng, el retratista de Pol Pot Reviewed by Manuel Jesus Prieto Martín on 23:25 Rating: 5

El fotomontaje de Ulysses S. Grant y las fotos originales que lo componen

23:46
La foto falsa, el fotomontaje, de Ulysses S. Grant
Podríamos decir que el retoque fotográfico es casi tan antiguo como la propia fotografía. De hecho, en Curistoria ya hemos repasado varios casos y, quizás, haya que hacer una entrada de recopilación un día de estos. De momento, vamos a ver un nuevo caso, el del general Ulysses S. Grant, que fue uno de los más destacados miembros del ejército unionista en la Guerra de Secesión de Estados Unidos y que fue presidente de ese país entre 1869 y 1877.

En los archivos fotográficos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos (donde se guardan todas las fotos que aparecen en esta entrada), se guarda una foto de Grant, con el título de El general Grant en City Point. Data de comienzos del siglo XX, de 1902, aproximadamente, y la foto es una maravilla, si no fuera porque está hecha tomando cosas de aquí y de allí para componer la heroica escena. Como veremos, nada es lo que parece.

Por supuesto, la imagen no fue tomada en City Point, ni es el general el que monta el caballo. La cabeza sí es la del general unionista, pero todo lo demás es falso. Esa cabeza de Grant proviene de una foto que le hicieron a mediados de 1864, apoyado en un árbol.
Ulysses S. Grant en el centro de mando en Cold Harbor, 1864
(Ulysses S. Grant en el centro de mando en Cold Harbor, 1864)
El caballo y el jinete provienen de otra imagen, del mismo año que la anterior, pero en la que el protagonista no es Ulysses S. Grant, sino el oficial, también unionista, Alexander McDowell McCook. Es este y su caballo, que tan bien posa, los que proporcionan la fuente principal para la foto final compuesta.
Alexander McDowell McCook, 1864
(Alexander McDowell McCook, 1864)
Por último, el fondo de la imagen, lo que podríamos creer que son las tropas de Grant, ante las cuales posa, es también una foto de 1864, pero de soldados confederados prisioneros. Por lo tanto, lo que en un primer momento podríamos tomar por hombres de Grant, son en realidad soldados enemigos hechos presos tras una batalla y que aparecen bajo la vigilancia de los unionistas.
Prisioneros confederados de la batalla de Fisher's Hill
(Prisioneros confederados de la batalla de Fisher's Hill)
Si pensaban que esto de las noticias falsas y los montajes era algo nuevo, ya ven que no, que con cada invento que llega al mundo, llegan unas trampas asociadas.
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Las monedas británicas celebrando la derrota de Blas de Lezo, acuñadas antes de tiempo

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Las monedas británicas celebrando la derrota de Blas de Lezo, acuñadas antes de tiempo
En los últimos años Blas de Lezo, apodado Mediohombre, se ha convertido en uno de los personajes más reivindicados de la historia de España. Entre las muchas cosas que cambió y arruinó con su victoria en Cartagena de Indias, fueron unas monedas conmemorativas que los ingleses de Vernon habían encargado acuñar antes de la batalla. Es decir, Vernon vendió la piel del oso antes de cazarlo. Es más, como veremos, no sólo se acuñaron monedas conmemorativas del hecho, sino que los ingleses pusieron a Lezo de rodillas en las mismas. Es decir, esperaban ganar y humillar.

Edward Vernon había nacido en 1684 y en 1739 sus méritos lo llevaron a ser nombrado comandante de la marina británica en las Indias Occidentales, esto es, en el Caribe. Capturó entonces Portobelo, un éxito que lo convirtió en un héroe en su país. Tras esto, y viendo la impresionante flota que se había armado para conquistar Cartagena de Indias, defendida por Blas de Lezo, Vernon y los ingleses estaban seguros del éxito de la campaña. Suele ser más fácil defender una plaza que atacarla, pero la superioridad en la dotación y en los hombres de Vernon, llevaba a este al optimismo.

Es cierto que era de esperar la victoria británica, a priori. Y eso es lo que hace la hazaña de Blas de Lezo más importante. Pero, volviendo al lado británico, cualquier hombre prudente no celebraría la victoria antes de tenerla en su mano.

Los ingleses crearon varias monedas conmemorando los éxitos de Vernon. Encargaron acuñar algunas sobre la toma de Cartagena de Indias y la derrota de Lezo, antes de que todo esto ocurriera. En una de las monedas, Vernon aparece a la izquierda recibiendo la espada de Lezo, mientras este se arrodilla ante el inglés. Las leyendas de las monedas rezaban cosas como:
El orgullo de España derribado por el Almirante Vernon
El orgullo de España humillado por el Almirante Vernon
Verdaderos héroes británicos tomaron Cartagena
Como decía, la rendición de Lezo arrodillado es sólo un caso, ya que se acuñaron monedas con varios diseños, siempre celebrando la victoria y la toma de Cartagena. Eso sí, entonces no debían tener muy claro a quién se enfrentaban, no sólo porque estaban seguros de la victoria, sino por que escribían su nombre como Don Blass, con dos eses. Es de esperar que tras la batalla, no lo olvidaran en mucho tiempo.

Ni que decir tiene que en aquella primavera de 1741, dentro de la Guerra del Asiento en la que nos dimos de tortas británicos y españoles en el Caribe, don Blas hizo que todas aquellas monedas fueran falsas, no por su valor, sino porque celebraban algo que finalmente no ocurrió.
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El hombre más alto de la historia medía 2,72

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El hombre más alto de la historia medía 2,72

El gigante de Extremadura, Agustín Luengo Capilla, medía unos 2,35 metros. Una altura impresionante, pero que casi palidece ante la de Robert Pershing Wadlow. Este segundo hombre, estadounidense nacido en 1918 y fallecido muy joven, ha sido el hombre más alto de la historia. Dicho sea esto con la prudencia de que, si ha existido otro más alto, no ha sido registrado.

Wadlow medía, agárrense bien, 2,72 metros. El Gigante de Alton, como se le apodó, murió joven, con tan sólo 22 años. No dejó de crecer nunca hasta su muerte, y eso era una condena, el crecimiento constante era en realidad una condena. Por supuesto, su peso era acorde a ese tamaño y a pesar de ser un hombre delgado, sobrepasaba los 200 kilos. Sus pies, como todo él, eran enormes.

La altura máxima, sabiendo que crecía constantemente, quedó registrada poco más de dos semanas antes de morir, cuando dos médicos le tomaron medidas, resultando en esos 2,72 metros. Como era de esperar, Wadlow se convirtió en una atracción y una celebridad, como podemos contemplar en el vídeo que hay al final del texto.

Su muerte indica algo de mala suerte, pero también tuvo que ver en su final su condición particular, como antes decía, esa condena. A pesar de sus problemas para andar y de que había perdido cierta sensibilidad en las piernas, Wadlow seguía caminando. En julio de 1940 dio una mala pisada y se lesionó un tobillo. La herida, simple en primera instancia, se infectó y las complicaciones acabaron por llevárselo al otro mundo. Su funeral fue un acontecimiento, aunque sospecho que muchos se acercaron sólo por ver el enorme ataúd, de unos 3 metros de largo. Hicieron falta una docena de porteadores para llevar al pobre Wadlow hasta su tumba. Por cierto, esta muerte me recuerda a la muerte de Jack Daniels, el fundador de la popular y mítica destilería de whiskey.

En el vídeo que pueden ver a continuación (si leen la entrada desde su email, es posible que no aparezca y que tengan que visitar el blog para verlo) muestra a nuestro protagonista en acción y en movimiento. Se puede apreciar claramente la altura y la desproporción de su tamaño con respecto al resto de personas.

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