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Al arte de volar y El ala rota, de Altarriba y Kim

13:08
Al arte de volar y El ala rota, de Altarriba y Kim
(Al arte de volar y El ala rota, de Altarriba y Kim)
Ya les he contado que trato en los últimos tiempos de acercarme de manera sistemática e intencionada a las novelas gráficas, historias ilustradas, tebeos, comics o como quiera que se llamen, porque yo no tengo claras las fronteras entre unos y otros. Quizás el término novela gráfica sea el que más se ajusta a lo que me atrae. No hablo de comics de superhéroes o similares, ni tampoco hablo de los tebeos de Ibáñez, por ejemplo, de los que hay un buen número en casa, todo sea dicho. Disfruté a Tintín en su momento y a los galos irreductibles, pero no les quiero recomendar hoy ese tipo de obras.

Ya les he hablado en algún momento a Paco Roca o los trabajos de Carlos Giménez. Hoy, siguiendo esa línea, traigo a Curistoria dos obras creadas por el tandem que forman Antonio Altarriba y Kim. En este caso, además, son historias gráficas que tienen mucho que ver con la historia, con la historia de España en el siglo pasado. Con la historia de la Guerra Civil, de la postguerra, de la vida en los pueblos y de la vida en las ciudades. Con la historia de las personas normales, que, al fin y al cabo, no resultan ser personas tan normales y sus vidas son impresionantes.

En El arte de volar, Antonio Altarriba, el guionista, narra la vida de su propio padre, que saltó por una ventana en mayo de 2001. Los dibujos, del conocido Kim (autor clásico de El Jueves), sirven al propósito de Altarriba de manera magnífica, y hay viñetas verdaderamente impresionantes. La vida desde niño hasta aquel día de 2001, llevó al padre de Altarriba a vivir las penurias de un pueblo agrícola, a luchar en varias guerras, a conocer el amor, a ser engañado, a la depresión, esta última contada de una manera casi perfecta... En definitiva, la vida común de un hombre común, que vista en perspectiva, como decía, no fue nada común. Esta obra ganó varios premios, entre ellos, el premio Nacional de Cómic de 2010.

Unos años más tarde, en 2016, los mismos autores sacaron a la luz El ala rota, la vida de la madre de Altarriba. Otra maravilla. Si la historia del padre comienza, en el libro, con su suicidio, la vida de la madre comienza en la narración con su nacimiento y cómo el padre de esa nueva recién nacida, quiso matarla nada más nacer. Y al intentar matarla, le rompió un ala, para siempre.

Hay una edición conjunta de ambas obras, pero también se pueden conseguir por separado, lógicamente. Si me admiten un consejo aquellos que sean tan gañanes como yo he sido y estén dejando de lado este tipo de novelas gráficas, paren un momento y lean estas dos que hoy les recomiendo. O al menos una. Y luego reconsideren su postura.
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Robert Schumann, el compositor que no podía tocar el piano

23:09
Robert Schumann, el compositor que no podía tocar el piano
(Robert Schumann, el compositor que no podía tocar el piano)
Es triste que por conseguir aquello que uno desea más en el mundo pierdas precisamente lo que buscabas. Robert Schumann pasó por ese mal trance cuando aún era muy joven. Dicho esto, la traba que le puso la vida no le llevó a cambiar de rumbo y a pesar de todo escribió su nombre en la historia de la música.

Robert Schumann es uno de los creadores básicos dentro del Romanticismo. Nacido en 1810 en Alemania, él y su mujer Clara destacaron ya desde niños en la música. Clara era 9 años más joven que Robert y era hija de Friedrich Wieck, profesor de música de Schumann. Se conocieron por lo tanto muy jóvenes y el amor surgió entre ellos, dando lugar a una historia impresionante si bien con momentos muy duros. En definitiva, una novela romántica en toda regla.

Volviendo un poco atrás, el padre de Schumann era librero, editor y novelista, y el joven muchacho se vio tentado por la literatura. Leía muchísimo y escribió algunas historias, pero a los 7 años comenzó a tocar el piano y su talento frente a las teclas relumbró ante todos. Él también se entusiasmó con la música, pero la muerte de su padre llevó a Schumann a ponerse a estudiar derecho. Cuando tenía 20 años reanudó las clases de piano, decidido a buscarse la vida en la música.

Tanta era su pasión y ambición por mejorar, que utilizó un dispositivo mecánico que le debía ayudar a mejorar su técnica pianística, a fortalecer sus dedos. En lugar de eso, lo que hizo el maldito aparato fue dañarle dos dedos de la mano derecha, dejándola inútil para tocar el piano al nivel requerido para ser un concertista. La prometedora carrera como pianista de Schumann acabó entonces.

Que no pudiera tocar no suponía que no pudiera componer, y a ello se dedicó en cuerpo y alma. Sus obras para piano son hoy parte esencial de la música clásica.

Lo cierto es que la vida de Schumann no fue un camino de rosas. Con tan sólo 32 años comenzó a mostrar los primeros síntomas de algunos problemas mentales relacionados con la depresión. En 1854, con 44 años, aparecieron las voces en su cabeza e intentó suicidarse. Acabó en ingresado en un sanatorio y dos años después murió. Clara vivió cuatro décadas más y, cuando llegó su momento, fue enterrada junto al amor de su vida.

Fuente: Cartas de amor de músicos, de Kurt Pahlen / Música
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El hombre que casi muere probando un traje espacial en Tierra

23:22
Instalaciones de la NASA donde se llevaban a cabo las pruebas
(Instalaciones de la NASA donde se llevaban a cabo las pruebas)
La historia sobre cómo los investigadores de la NASA invirtieron millones y millones de dólares en desarrollar un bolígrafo que funcionara en el espacio mientras que los rusos solucionaban el problema usando un lápiz, es falsa. Ya hablaremos de este tema en otra ocasión, pero si ha logrado hacerse un hueco en la cultura popular esta leyenda urbana es porque todos, aunque sea de modo inconsciente, sabemos lo complicado que se vuelve todo ahí fuera, en el espacio. Tanto es así que, en las primeras pruebas de un traje espacial, sólo probando el traje, estuvo a punto de fallecer la persona que lo llevaba puesto.

Eran los tiempos en los que Estados Unidos había puesto su mirada en la Luna, a mediados de los años 60. Entre los muchos proyectos que tenían que completarse y converger en el punto final, pisar el satélite nocturno, estaba el desarrollo de un traje presurizado que permitiera salir al vacío del espacio.

Para llevar a cabo las pruebas, se construyó una cámara de vacío. Allí dentro se replicaba artificialmente la situación en el espacio, extrayendo todo el aire. En aquel entorno un hombre con el traje de astronauta debería ser capaz de respirar y moverse. Una de las pruebas la llevó a cabo un hombre llamado Jim LeBlanc, y casi lo paga caro. Uno de los tubos que suministraban aire al traje se desconectó, y LeBlanc sufrió los efectos del vacío durante medio minuto. La rapidez en sacarle de la cámara de vacío le salvó la vida, pero cerca estuvo de costarle la vida.

A continuación tienen un corto vídeo (si no lo ven accedan al blog) en el que se habla de incidente y se puede ver la grabación del mismo, con LeBlanc dentro de la cámara perdiendo el conocimiento. Finalmente, y gracias a la rápida actuación de sus compañeros, tan sólo sufrió algunos daños en el oído. No fue en vano todo aquello, porque aprendieron sobre los efectos del vacío y, por supuesto, mejoraron las instalaciones y cómo probar los trajes.



Fuente: Popular Mechanics
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El mito de la quema de sujetadores, noticias falsas de ayer y hoy

23:44
Protesta feminista en Nueva York en 1971
(Protesta feminista en Nueva York en 1971)
Dice la RAE que uno de los significados de la palabra paparruchas es “noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo”. Esto debería ser ya un indicador de que la post verdad y las noticias falsas, ese mal que embadurna la información que recibimos todos los días, no es algo nuevo. Hoy en concreto ha sido un día en el que se ha puesto de manifiesto cómo las noticias falsas se hacen populares y cómo saltan de tuit en tuit y de página en página, sin mucha comprobación. Lo digo por el caso de Pablo Motos y el Premio Nacional de Cultura. Pero todo esto, como decía, no es nuevo. Aunque sí es cierto que está alcanzando niveles nunca vistos.

En 1968 ocurrió un hecho que ha pasado a la historia como una de las protestas feministas más famosas: la quema de sujetadores. Durante un concurso de belleza en Atlantic City, un grupo de manifestantes interrumpieron con voces el evento, coronaron como Miss a una oveja y tiraron a un cubo de basura los zapatos de tacón, algunas revistas, los utensilios de peluquería y, por supuesto, también los sujetadores que usaban las concursantes para vestirse y desfilar para mostrar su belleza.

Cuando iban a quemar los sujetadores, como acción contra la forma en la que se veía la belleza de la mujer, la policía y los bomberos intervinieron y lo evitaron, ya que prender fuego allí podría ser peligroso, con maderas y telas por todos los lados. Esto es lo que ocurrió en realidad.

Lindsy Van Gelder, una periodista que trabajaba para el Washington Post, escribió sobre aquel hecho y habló de la quema de sujetadores, algo que en realidad no llegó a producirse. Ella lo explicaba claramente y contaba la verdad, pero usó una analogía con la quema de documentaciones por la Guerra de Vietnam. No obstante, en el titular se hablaba de quema-sujetadores y la idea caló. Caló tan hondo que creó una historia falsa de la que se hicieron eco muchos periódicos entonces y que aún hoy sigue dando vueltas.

Todavía hoy la quema de sujetadores se sigue tomando como una acción de protesta a favor de la liberación de la mujer, como si en aquellos años 60 se hubiera llevado a cabo. Y no fue cierto, fue sólo un mito.

De una noticia cierta se creó una noticia falsa y, lógicamente, esta segunda era más espectacular e interesante para la masa. El mito ganó la batalla. Esa es una buena lección de periodismo y, especialmente, una lección para los que consumimos información, como lo falso parece a menudo más interesante que lo cierto. Y otra buena lección de periodismo es lo importante que es un titular.

Fuente: The New Yorker
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Los maratones son de 42,195 km. por la corona británica

23:36
Representación de Filípides llegando a su destino
(Representación de Filípides llegando a su destino)
Aquel clásico que aseguraba que para que una vida tuviera sentido había que tener un niño, plantar un árbol y escribir un libro, se ha transformado en los últimos años. Cada día es más común encontrarse gente cuyo objetivo en la vida, esa meta importante que da cierto sentido a la existencia, está en correr un maratón. Puede ser el maratón de un pueblo o una ciudad cercana, pero también para muchos es correr el de ciudades como Berlín o Nueva York. Yo lo respeto. Me parece más complicado correr un maratón que escribir un libro subido al árbol que uno plantó tiempo atrás, mientras su hijo le tira piedras desde el suelo. Esos 42,195 kilómetros son una enormidad, al menos contando en pasos.

Lo curioso es que esa distancia concreta que todos hoy conocemos no proviene de la que corrió Filípides, que corrió 240 km., el griego en el que se inspira la prueba. Su origen está en la familia real británica y en los Juegos Olímpicos de Londres del año 1908. Buscando la comodidad para la realeza británica se creó la longitud de los maratones.

Los Juegos Olímpicos modernos comenzaron en Atenas en 1896, y entonces ya existía la prueba del maratón. En ese año se corrieron aproximadamente 40 kilómetros y el ganador de la carrera, el griego Spiridon Louis, llegó a la meta en 2 horas, 58 minutos y 50 segundos. No había entonces distancia exacta determinada, y el criterio para el maratón estaba en correr aproximadamente 40 km.

En el año 1900, siguientes Juegos Olímpicos, en París, se corrieron 40,260 km. En la siguiente ocasión, Saint Louis, se ajustó la distancia a 40 km. justos. En 1908 llegó el momento de Londres y fue entonces cuando la corona británica jugó un papel determinante.

El maratón siempre ha sido una prueba muy especial dentro de los juegos, y por ello la carrera de Londres comenzaría junto a una ventana del castillo de Windsor, para que parte de la familia real británica pudiera contemplar cómodamente la salida. Otra parte de la realeza esperaría en la meta. Pero, lógicamente, no iba a esperar en mitad de cualquier sitio, subidos a un estrado. Se diseñó la carrera para que finalizara dentro del estadio de White City, justo delante del palco real, un lugar digno y pensado para alojar las posaderas reales. Aquello suponía una distancia de 42,195 km. No estaba muy lejos de los 40 km. que se tenía como referencia para la carrera, todo sea dicho.

En 1912, en los Juegos Olímpicos de Estocolmo, se corrieron 40,200 km. y en la siguiente ocasión, en 1920, en Amberes, se llegó hasta los 42,750 km. De cara a los juegos de París de 1924, se estableció por fin una distancia fija para el maratón. Fue en 1921 cuando se determinó que los 42,195 km. que se habían corrido en Londres serían la distancia oficial a partir de entonces. Desde los juegos siguientes, en 1924, se debían correr aquellos 42.195 metros entre la salida y la llegada de cualquier maratón.

Y eso porque son 42.195 metros los que separan una ventana del castillo de Windsor, del palco real en White City. Es decir, porque la corona británica tenía que seguir cómodamente la salida y llegada de la carrera en 1908.
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El inventor de la máquina de vapor vivió hace 20 siglos

23:10
Diseño del aelópilo de Herón de Alejandría
(Diseño del aelópilo de Herón de Alejandría)
Casi cualquiera de nosotros, al finalizar los estudios básicos, asociará la máquina de vapor con el siglo XVIII, con la Revolución Industrial, con Thomas Newcomen o con James Watt. Pero mucho antes de eso, hace casi 20 siglos, un alejandrino inventó y diseñó la primera máquina de vapor de la historia. Era Herón de Alejandría.

Herón, que vivió en el siglo I, fue un matemático que trabajó en su ciudad natal, Alejandría, como ingeniero. Inventó una esfera de viento, o aelópilo, que es considerada como la primera máquina de vapor funcional de la historia. Diseñó una esfera de metal que, por acción del vapor que generaba el fuego bajo la máquina, giraba a un buen número de revoluciones por minuto, unas 1.500. La imagen superior deja bastante a las claras cómo era el diseño y el funcionamiento de aquella máquina.

Como otras tantas veces en la historia, parece que Herón se adelantó a su tiempo y nadie, ni él mismo, encontró un uso útil y práctico del aelópilo. Quién sabe donde podrían haber llegado sus contemporáneos de haber comenzado a usar masivamente la idea.

Era un tipo brillante, Herón de Alejandría. Además de esta máquina de vapor inventó también la primera máquina de vending, o máquina expendedora, de la historia, como ya les conté en otra curistoria hace tiempo. Y no para ahí la cosa, porque también escribió una obra sobre neumática y autómatas, que navegaba por lo que hoy podríamos llamar robótica o, al menos, automatismos.
El inventor de la máquina de vapor vivió hace 20 siglos El inventor de la máquina de vapor vivió hace 20 siglos Reviewed by Manuel Jesus Prieto Martín on 23:10 Rating: 5

Curar una enfermedad con otra enfermedad

23:05
El doctor Wagner-Jauregg (en el centro con chaqueta negra) durante uno de sus tratamientos en 1934
(El doctor Wagner-Jauregg (en el centro con chaqueta negra) durante uno de sus tratamientos en 1934)
Hay un refrán que asegura que la mancha de la mora con otra verde se quita. He de reconocer que yo conocí el dicho a través de una canción de flamenco y que además he escuchado frases con el mismo mensaje toda mi vida. Especialmente cuando se trata del tema de amor. En ese caso, lo que viene a aconsejar es la búsqueda de un amor para olvidar otro ya acabado. En el mundo de la medicina, el doctor Julius von Wagner-Jauregg aplicó el mismo razonamiento al tratamiento de la sífilis.

Wagner-Jauregg, austríaco nacido en 1857, se especializó en psiquiatría y en 1927 se apuntó su nombre en el listado de galardonados con el Nobel de Medicina. Se reconocían así sus investigaciones en torno a la piroterapia, es decir, la producción de fiebre en un enfermo para que esa fiebre ayude a curar otra enfermedad. La fiebre sería la mora verde que elimina la mancha de la mora primera.

En el tramo final del camino que hace la sífilis sobre sus víctimas, se producen una serie de problemas mentales. Wagner-Jauregg se dio cuenta de que algunos pacientes mostraban cierta mejora en su estado mental cuando la fiebre los azotaba por alguna otra causa. Dejó las medias tintas a un lado y, tirando de otro refrán, debió pensar aquello de que perdidos al río. Infectó a algunos enfermos de sífilis con malaria, para que esta segunda enfermedad atacara con sus altas fiebres a la primera. Se producía algo así como una pelea de dos enfermedades por ver a cuál de las dos pertenece el cuerpo del pobre enfermo.

Los experimentos, como supondrán a estas alturas, tuvieron éxito. La demencia sifilítica se retrasó o remitió, lo que era un avance. La malaria también es un mal enemigo, por lo que una vez hecho su servicio, provocar altas fiebres, era combatida son quinina. Esta práctica aguantó como tratamiento útil durante mucho tiempo, hasta que llegó la penicilina.

Fuente: Historia de la ciencia sin los trozos aburridos, de Ian Crofton
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