| (Rainer Maria Rilke) |
Esta tarde, volviendo a casa, escuchaba el podcast del último programa de La estación azul, el programa de libros de RNE, como hago todas semanas. En él hablaban de un libro sobre Rainer Maria Rilke escrito por Mauricio Wiesenthal que acaba de publicar Acantilado. Comentaba Wiesenthal en el programa la muerte del protagonista de su libro y la verdad es que fue especial, tuvo algo de poético, aunque una muerte al fin y al cabo.
Rilke, nació en diciembre de 1875 en Praga, es decir, en el Imperio Austrohúngaro que tanto gustaba a Berlanga, y fue un gran poeta, uno de los más importantes de la historia del alemán. Murió joven, en 1926, y según parece durante toda su vida se sintió enfermo e incluso llevó a aventurar su muerte. Poco antes de ese día de diciembre en el que llegó su momento final, Rilke estaba cortando rosas para hacer un ramo de ellas que regalar a una amiga. Se pinchó con una espina del rosal y ahí comenzó su despedida.
Poco después, aquella nimia herida provocada por el pinchazo de la espina del rosal se complicó y acabó convirtiéndose en septicemia, una infección que acabó por complicar su ya precaria salud y llevárselo a la tumba. Tenía leucemia, eso es cierto, pero es más digno de un poeta morir por una espina de una rosa, cortada para una amiga. El epitafio que el propio Rilke creó para su tumba fue:
Rosa, oh contradicción pura, placer,
ser el sueño de nadie bajo tantos
párpados.
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