En diciembre de 1862 Francia y Suiza firmaban el Tratado de Dappes, por el que se modificaba la frontera entre ambos países, a lo largo del valle que da nombre al tratado. Una de las cuestiones que establecía el acuerdo era que las construcciones ya existentes se respetarían, independientemente de la nueva línea divisoria. Todo lo pactado tendría que ratificarse al año siguiente, y entonces entraría en vigor.
El señor Ponthus actuó rápidamente para aprovechar aquel regalo que la historia y la política ponían ante él. En tiempo récord, y antes de esa ratificación, levantó un edificio justo sobre la línea fronteriza, que todavía no era efectiva. La explicación de este movimiento está en el negocio que le permitía tener una tienda de comestibles en un país, Suiza, y un bar en otro, Francia. Este juego le facilitaba ahorrarse algunos impuestos y controles aduaneros. Casi contrabando, podríamos decir. O sin el casi, pero, eso sí, sin salir de casa.
En 1921, los hijos del señor Ponthus vendieron el local a Jules-Joseph Arbez, y este lo convirtió en un hotel con el nombre de Hôtel Franco-Suisse. Uno podía comer en un país y dormir en otro.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Francia fue ocupada y gobernada en gran parte por los alemanes, lo que hizo todavía más peculiar la situación del edificio. Ya saben que Suiza era un país neutral en ese conflicto y que por lo tanto los nazis no tenían ningún tipo de control ni de capacidad de actuación en él. En consecuencia, no tenían bajo su control la parte del establecimiento que era suiza. Las patrullas podían vigilar la entrada francesa y hasta entrar en el bar, pero había partes del hotel que les estaban vetadas.
Concretamente, las escaleras interiores del lugar eran atravesadas transversalmente por la frontera. Es decir, comenzaban en territorio francés y a partir del séptimo escalón, pasaban a estar en suelo suizo y, por lo tanto, neutral. Los soldados nazis podían subir seis escalones y, una vez allí, se tenían que detener. Casi como los personajes de la película El ángel exterminador, de Buñuel.
Max y Angèle Arbez, los propietarios del hotel en esos momentos, no eran muy partidarios de los nazis, que al fin y al cabo habían invadido su país. Su situación les permitió hacer un servicio valiosísimo a la Resistencia, ya que usaron las habitaciones en la zona suiza, las que estaban más allá del séptimo escalón, para ocultar a refugiados, combatientes de la Resistencia, judíos, pilotos aliados derribados… Era, en definitiva, una vía de escape hacia un país neutral, a la vez que un punto de acción muy cerca de Francia, pero a salvo de los alemanes.
Tras la guerra, Charles de Gaulle agradeció a la familia Arbez todo lo que habían hecho por la Francia Libre, y en 2012 Max Arbez fue reconocido como Justo entre las Naciones por su ayuda para salvar a gente del Holocausto. El reconocimiento lo recogió su esposa, Angèle, que tenía 103 años.
Tras la guerra el lugar volvió a su actividad habitual, si bien no dejó de tener cosa que contar. Se convirtió en un territorio extraterritorial, porque se acordó que para Suiza el hotel se considerara como totalmente francés a todos los efectos y para Francia como suizo, también a todos los efectos. En realidad, el lugar tiene una dirección postal en cada país, y también tiene impuestos de uno y otro lado.
En los años 60 comenzaron en él las negociaciones para los Acuerdos de Evian para poner fin a la guerra entre Francia y Argelia. Los franceses entraban por su puerta y los argelinos por la suiza.
El hotel, por cierto, sigue abierto y con su peculiaridad intacta. Uno puede acostarse con la cabeza en un país y los pies en otro, o dormirse en Francia y tener que ir al baño al otro lado de la frontera.
Esta historia me ha recordado al territorio estadounidense en Canadá que existe por un error en un mapa.
Foto de Roland Zumbuehl
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