Criptografía

La seguridad de las comunicaciones con América durante el Imperio Español

Aquí les he hablado multitud de veces sobre cifrados y códigos. Algunas de esas historias están tomadas de mi libro Historia de la criptografía. Y lo cierto es que, como en otros ámbitos, el paso del tiempo no ha eliminado el problema, sino que más bien lo ha agravado. Hoy es más necesario que nunca mantener las comunicaciones a salvo, porque también nos comunicamos más. Sin ir más lejos, ustedes y yo ahora mismo. Hace no mucho pensaba en cómo explicar los servicios de VeePN, un proveedor de VPN, y los motivos para su uso. Me vino entonces a la cabeza cómo el Imperio Español hacía seguras sus intercambios de correspondencia con las Indias, no conformándose con una medida, sino adoptando varias capas de seguridad.

La seguridad de las comunicaciones con América iba de las amenazas y condenas, o al envío de mensajes por duplicado

La primera capa que España estableció fueron las leyes. Es un primer paso necesario, sin duda, pero ya sabemos que todos los días las leyes son violadas de mil formas diferentes. El Imperio Español fue uno de los primeros en establecer la inviolabilidad del correo privado. Hacia 1513 ya había legislado al respecto. Las penas por abrir una carta destinada a otra persona eran severas, e incluso podían suponer el destierro, castigos físicos o la condena a galeras.

Lógicamente, el castigo aumentaba si el remitente era un alto funcionario, un noble o si el destinatario era el rey o alguien importante y con poder. De hecho, las cartas se marcaban con tres niveles de secreto, para que uno supiera lo que se estaba jugando. Había correo confidencial, que era el que enviaban los altos funcionarios con información relevante. Había otro marcado como reservado, que era información militar o diplomática de importancia. Por último estaba el secreto, que debía llegar intacto hasta el mismo rey.

Pero no nos dejemos engañar, el Estado no respetaba sus propias leyes. Espías y demás personal de inteligencia tenían cierta bula para hacer de su capa un sayo y abrir los envíos ajenos, leerlos y copiarlos. Es más, eso era justo lo que se esperaba que hicieran muchos de los hombres al servicio del imperio.

En esta hipocresía del poder podemos colocar también a Francia. En octubre de 1546 el rey Francisco I prohibió cifrar el texto de las cartas que se enviaban por correo, así como usar nombres falsos como remitente. Eso sí, quedaban libres de esa prohibición los diplomáticos, la alta nobleza y el propio rey. Algo parecido ocurrió en el Vaticano, que a pesar de tener a magníficos criptógrafos y criptoanalistas a sueldo, amenazaba con la excomunión a quien cifrara sus comunicaciones.

Si había una situación de peligro extrema en un barco, el correo se tiraba por la borda, debidamente lastrado para que se hundiera rápido

Volviendo a los envíos de España a América, y dejando de lado las malas artes del gobierno, había más medidas que se tomaban para hacer seguros los envíos. Los despachos de Indias se envolvían dos veces y se encerraban en cajones, que luego se precintaban. Esto quizás no evitaba que otros lo leyeran, pero sí impedía que esa intromisión en el correo pasara desapercibida. Es decir, uno sabía que le habían leído la correspondencia y podía actuar en consecuencia.

Por cierto, si un barco se veía en una situación crítica, estos cajones con las comunicaciones eran lanzados al mar, debidamente lastrados con plomo u otro tipo de pesos, para que se fueran al fondo lo antes posible. Este procedimiento también fue habitual durante la Segunda Guerra Mundial. Los submarinos debían hundir su máquina Enigma y los libros de códigos, que estaban impresos con tinta hidrosoluble para que se borraran al entrar en contacto con el agua.

Otra de las medidas era enviar los mensajes más importantes por duplicado a dos destinos distintos, el Consejo de Indias y la Casa de Contratación de Sevilla. Supongo que también por canales distintos cuando fuera posible. Así, si una carta llegaba a uno y no al otro, se sabía que se había perdido y que cabía la posibilidad de que hubiera acabado en manos poco amistosas. Se mantenía, además, un registro de todo lo enviado, por si a pesar de todo no llegara al destino.

En muchos casos, además de todo esto, se cifraba la información. Esto se daba por descontado. Pero el intercambio de los libros de códigos entre ambos lados del Atlántico no era sencillo y por eso no descansaba toda la protección sobre esa codificación, que podía verse comprometida.

Como decía al principio y hemos visto, los niveles de seguridad se acumulaban uno sobre otro. En nuestras comunicaciones por Internet un nivel decente de protección está en nuestras manos con poco esfuerzo, pero nunca puede uno descuidarse. Por eso, siempre hay que usar HTTPS, contraseñas complejas, ser precavidos y algo escépticos, y usar una VPN para añadir un nivel más de seguridad, como se hacía en tiempos de Carlos V y Felipe II.

Fuente de la imagen: Carta de Carlos I a su hijo, el futuro rey Felipe II.

Manuel J. Prieto

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