El gas letal que pasó de matar hombres a combatir el cáncer

(Tropas británicas cegadas por gas lacrimógeno durante la Batalla de Lys, el 10 de abril de 1918)

Aunque la historia de las armas químicas es antigua, fue en la Primera Guerra Mundial cuando alcanzaron el nivel de arma de destrucción masiva y se convirtieron en una categoría de armas en sí mismas. Se calcula que las armas químicas acabaron en la guerra de 1914 con más de treinta mil hombres e hirieron, en algunos casos con gravísimas secuelas, a más de setecientos cincuenta mil. Una de sus versiones más conocidas y letales era el gas mostaza.

Empleado por primera vez en 1917 por los alemanes en la batalla de Ypres, el contacto con él provoca ampollas en la piel y heridas que acaban provocando la muerte por asfixia. Pero como casi todo en la vida, la moneda tiene una cara y una cruz.

Unos años después de la guerra, en 1930, se desarrolló una variante del gas mostaza denominada HN2. El gobierno de Estados Unidos había contratado a algunos investigadores en la Universidad de Yale para que ahondaran en los posibles efectos de estos gases letales y trabajaran en antídotos para ellos. Así vio la luz en HN2.

Los investigadores Louis Goodman y Alfred Gilman descubrieron que el HN2 era un enemigo feroz para los leucocitos, es decir, los glóbulos blancos de la sangre, una de las células del cuerpo humano que más rápido se reproducen. Aquel descubrimiento les llevó pensar que quizás esta variante del gas mostaza podría acabar también con otras células de rápida reproducción, las células cancerígenas.

Probaron primero con ratones y más tarde con humanos, comprobando que el HN2 era capaz de entorpecer el crecimiento de los tumores. La primera droga efectiva contra el cáncer había nacido, y nada más y nada menos que a partir de uno de los gases más letales empleados en la guerra química hasta la fecha.

Fuente: The greatest science stories never told, de Rick Beyer

Curistoria

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