La inteligencia artificial está suponiendo en nuestras vidas una revolución impresionante. Similar a la que, supongo, fue la llegada de la luz eléctrica en su momento. O, en menor medida, la popularización de Internet que muchos de nosotros vivimos. Estos cambios generan en muchas personas temor, dudas y cierta angustia, como veremos que le pasó al presidente Benjamin Harrison con la luz eléctrica. El progreso tiene estas cosas, y da lugar a historias curiosas, como la del hombre con un hacha que era parte del sistema de control del primer reactor nuclear.
En 1891 la luz eléctrica llegó a la Casa Blanca. Es cierto que con ciertas reticencias, por lo que se mantuvo la instalación de gas y sus lámparas por si había que volver atrás. Todo se alimentaba gracias a un generador que había en el sótano del cercano edificio del Departamento de Estado, Guerra y Marina. La Edison General Electric Company se encargó de la instalación, que incluía cerca de 1.500 bombillas.
El presidente de Estados Unidos en aquel tiempo era Benjamin Harrison y aunque sin duda impulsó la modernización de algunos edificios gubernamentales, tenía miedo a la luz. Su esposa, Caroline, no era mucho más valiente en este sentido, y por eso ninguno de los dos tocaba nunca los interruptores. Era el personal de servicio el encargado de hacerlo y, por lo tanto, de apagar y encender las lámparas.
Esto es algo que uno puede permitirse sin problema cuando es presidente, porque casi siempre tiene a un ayudante o sirviente cerca. Y digo casi siempre, porque hay situaciones en las que uno está solo. Por ejemplo, por la noche, en la alcoba matrimonial. En esos casos, y dado que la pareja Harrison se negaba a tocar los interruptores por recelo a recibir una descarga, dejaban la luz encendida toda la noche.
A pesar de este temor, tanto él como ella fomentaron las modernizaciones relacionadas con la nueva forma de energía. Hay que comprender lo que supuso aquel cambio en el día a día, aunque hoy lo veamos como algo natural, seguro y que siempre ha estado ahí. Recuerden que, unos años más tarde, se mató a un elefante usando la electricidad, durante la famosa guerra de las corrientes. El miedo a la electricidad era perfectamente comprensible.
Salvando las distancias, que son muchas, esto me recuerda a cuando se puso en marcha el primer reactor nuclear creado por el hombre. Un equipo de casi 50 personas y liderado por Enrico Fermi apostó por la ciencia, pero tenía a un hombre con un hacha como parte de la seguridad. Ese hombre era Norman Hilberry, un físico norteamericano. En la foto superior, es el hombre con gafas del extremo izquierdo de la última fila.
El 2 de diciembre de 1942, bajo las gradas de un estadio de fútbol de la Universidad de Chicago, se dispusieron a poner el reactor en marcha. El reactor, conocido como Chicago Pile-1 (CP-1), contenía varias capas de ladrillos de grafito, apoyados sobre una estructura simple de madera. En algunos de esos ladrillos se hicieron orificios por los que se introducía uranio. En otros, lo que se metía eran barras de cadmio, para controlar la velocidad de la reacción. Al extraer las barras de cadmio, el proceso comenzaba, y si pasaba del punto crítico se aceleraba cada vez más, al haber cada vez más partículas liberadas. El sistema de control para detener la reacción si era necesario tenía tres niveles.
El primero eran unas barras de cadmio, que absorben neutrones, y que eran accionadas por unos motores eléctricos. Permitían controlar la velocidad de la actividad nuclear. El segundo era la barra ZIP, cuya función era similar, pero en este caso la barra estaba fuera del reactor y si los detectores de radiación indicaban que se había superado el nivel de seguridad, se introducía esta de manera brusca y se paraba la reacción de manera inmediata. Era un interruptor, por decirlo de algún modo, de nuevo accionado por un mecanismo eléctrico.
El tercer elemento de control era Norman Hilberry y su hacha. Ante el temor de que los otros sistemas fallaran, en parte por su dependencia de la electricidad, se recurrió a este método más expeditivo. Hilberry estaba en una plataforma sobre el reactor con un hacha de bombero. Si la cosa se ponía realmente fea, debía cortar una cuerda de cáñamo que sujetaba una barra de control. Esta barra, como las anteriores, era de un material que absorbía neutrones y, por lo tanto, paraba el proceso de fisión. Es decir, si lo que dependía de la electricidad fallaba, un hachazo ponía fin a todo.
En la actualidad, el apagado de emergencia de los reactores nucleares se conoce como SCRAM. Este término, de hecho, se aplica también a otro tipo de instalaciones tecnológicas. Se dice que SCRAM nació aquel día de diciembre de 1942 y que es el acrónimo de Safety Control Rod Axe Man, es decir, algo así como control de seguridad de la barra del hombre con un hacha.
No me negarán que tiene su gracia parar una reacción nuclear con un hacha. Quizás alguien esté pensando en lo mismo con la inteligencia artificial, en tener un hacha a mano por si hay que hacer algo radical llegado el momento. Eso sí, como decía un viejo chiste cuando yo era universitario, el hardware es lo que puedes partir con un hacha, mientras que el software es aquello que tan solo puedes maldecir.
El 27 de agosto de 1859, en la localidad estadounidense de Titusville, en Pensilvania, hubo…
El papel de la caballería en la guerra no se diluyó como un azucarillo en…
El mes pasado este blog cumplió 20 años, y una de las primeras entradas que…
Hay gente, y gatos, con suerte. O con mala suerte, según cómo se vea. Comprenderán…
Hubo una ciudad de Estados Unidos en la que no se podía bailar. Que el…
Ya conté aquí que Miguel Ángel esculpió la espalda de Cristo en La Piedad, aunque…