Que Carlos II de España estuvo acechado por las enfermedades toda su vida, parece un hecho. A pesar de ello fue capaz de ocupar el trono algo más de 35 años, lo que no es poca cosa. Eso sí, comenzó ese contador cuando tenía tan solo cuatro años. La imagen superior muestra el impresionante árbol genealógico de Carlos II de España. Está coloreado por generaciones (padres, abuelos…) y las líneas continuas indican un matrimonio, mientras que las discontinuas muestran quién es hijo de quién.
Hay que tener en cuenta que la necesidad de cerrar acuerdos diplomáticos y de poder vía matrimonio, junto la necesidad de buscar un esposo o esposa a la altura de un rey o reina, han hecho que las opciones no fueran muchas. En consecuencia, la consanguinidad está a la orden del día en las familias reales. Y Carlos II ocupa un lugar destacado en los ejemplos de ese problema.
Algunas de las cifras que muestran lo anómalo del caso son:
El índice de consanguinidad, que se calcula según la fórmula de Sewall Wright, sirve para calcular cómo de concentradas son las genealogías. Tiene en cuenta las posibles conexiones del padre y la madre a través de sus ancestros, analizando además el número de generaciones presentes en esos caminos de conexión entre los progenitores. Cuanto más bajo sea este número, menor es la consanguinidad y todo lo que ello significa: más variedad de genes, menos enfermedades o más salud en general.
Según este índice, los nacimientos provenientes de dos primos hermanos tienen un índice de 0,0625. Si un tío se casara con su sobrina, tendrían hijos con un índice de 0,125. De una relación incestuosa entre hermanos, los descendientes saldrían con un 0,25 en la puntuación. Lo habitual, en una sociedad grande y abierta como la nuestra, es un valor entre 0 y 0,01.
Teniendo esto como referencia, piensen que el pobre Carlos II tenía un índice de consanguinidad de 0,254. Una cifra aún mayor que la de un hijo de dos hermanos. Terrible. La variedad de genes que recibió por parte de sus ancestros quedaba muy lejos de lo deseable. Esto hizo que sufriera multitud de males y que, a la postre, acabara siendo el último de los Austrias en el trono de España.
El caso de Carlos II, el Hechizado, es el más extremo. Pero, en un repaso rápido de los matrimonios de la época, podemos ver que:
Además de estos parentescos más o menos directos, el resto de los matrimonios de esta estirpe casi siempre unían a dos personas con alguna relación de parentesco.
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En primer lugar, felicito al autor de este blog, porque supo tomar nota de nuestro comentario (ver: https://www.curistoria.com/2026/04/el-curioso-retrato-de-carlos-iv-de-espaldas.html), sobre lo esperable de que el fenotipo de los Borbones se mantenga invariable tras muchas generaciones. Esta entrada muestra el caso extremo de la conocida endogamia de esa casa real, y sus nefastas consecuencias.
Dicho esto, se debe tener en cuenta que si bien la endogamia aumenta la probabilidad de que la descendencia presente defectos genéticos; también puede potenciar rasgos positivos, como bien lo saben y practican quienes cultivan especies vegetales o crían especies animales para conseguir mejoras.
Entre muchos ejemplos históricos, se puede señalar la dinastía de los faraones ptolemáicos, quienes eran griegos que gobernaron como últimos faraones de Egipto desde la conquista de Alejandro III, El Grande hasta la conquista de Egipto por parte de Roma.
Dicha dinastía adoptó la costumbre de los faraones de casarse entre hermanos; y así, podemos citar el caso de Arsinoé IV de Egipto, hermana paterna de Kleopatra VII Thea Filopátor de Egipto, la famosa Cleopatra relacionada con Julio César y con Marco Antonio. Arsinoé IV de Egipto, tan inteligente y bella como su media hermana, en seis generaciones de antepasados tenía sólo 22 individuos, en lugar de los 64 que son de esperar en el caso de exogamia perfecta.