
Que Carlos II de España estuvo acechado por las enfermedades toda su vida, parece un hecho. A pesar de ello fue capaz de ocupar el trono algo más de 35 años, lo que no es poca cosa. Eso sí, comenzó ese contador cuando tenía tan solo cuatro años. La imagen superior muestra el impresionante árbol genealógico de Carlos II de España. Está coloreado por generaciones (padres, abuelos…) y las líneas continuas indican un matrimonio, mientras que las discontinuas muestran quién es hijo de quién.
Hay que tener en cuenta que la necesidad de cerrar acuerdos diplomáticos y de poder vía matrimonio, junto la necesidad de buscar un esposo o esposa a la altura de un rey o reina, han hecho que las opciones no fueran muchas. En consecuencia, la consanguinidad está a la orden del día en las familias reales. Y Carlos II ocupa un lugar destacado en los ejemplos de ese problema.
Algunas de las cifras que muestran lo anómalo del caso son:
- En lugar de 8 bisabuelos, como es habitual, él contaba con tan solo 6. Es decir, tenía 8 bisabuelos, como todos, pero en su caso repetían algunos de ellos en niveles más bajos de parentesco. Los abuelos paternos de Felipe IV, padre de Carlos II, eran Felipe II y Ana de Austria. Los abuelos maternos maternos de la madre de Carlos II eran los mismos: Felipe II y Ana de Austria.
- Habitualmente se tienen 16 ancestros en cuarta generación. Carlos II tan solo tenía 10 tatarabuelos.
- También había solo 10 personas en quinta generación, cuando lo normal son 32.
- Por otra parte, sus padres eran tío y sobrina.
El índice de consanguinidad de Carlos II era superior al que tendría el descendiente de una relación incestuosa entre hermanos
El índice de consanguinidad, que se calcula según la fórmula de Sewall Wright, sirve para calcular cómo de concentradas son las genealogías. Tiene en cuenta las posibles conexiones del padre y la madre a través de sus ancestros, analizando además el número de generaciones presentes en esos caminos de conexión entre los progenitores. Cuanto más bajo sea este número, menor es la consanguinidad y todo lo que ello significa: más variedad de genes, menos enfermedades o más salud en general.
Según este índice, los nacimientos provenientes de dos primos hermanos tienen un índice de 0,0625. Si un tío se casara con su sobrina, tendrían hijos con un índice de 0,125. De una relación incestuosa entre hermanos, los descendientes saldrían con un 0,25 en la puntuación. Lo habitual, en una sociedad grande y abierta como la nuestra, es un valor entre 0 y 0,01.
Teniendo esto como referencia, piensen que el pobre Carlos II tenía un índice de consanguinidad de 0,254. Una cifra aún mayor que la de un hijo de dos hermanos. Terrible. La variedad de genes que recibió por parte de sus ancestros quedaba muy lejos de lo deseable. Esto hizo que sufriera multitud de males y que, a la postre, acabara siendo el último de los Austrias en el trono de España.
El problema de Carlos II en realidad proviene de sus ancestros
El caso de Carlos II, el Hechizado, es el más extremo. Pero, en un repaso rápido de los matrimonios de la época, podemos ver que:
- Felipe I de Castilla, el Hermoso, era primo tercero de Juana I de Castilla, la Loca.
- Carlos I se casó con su prima hermana.
- Felipe II se casó con dos primas segundas y con una sobrina.
- Felipe III se casó con una prima segunda.
- Felipe IV se casó con una prima tercera y con una sobrina.
- Carlos II, nuestro protagonista, se casó con una prima segunda.
Además de estos parentescos más o menos directos, el resto de los matrimonios de esta estirpe casi siempre unían a dos personas con alguna relación de parentesco.
