Los crueles experimentos del Escuadrón 731 japonés

Los crueles experimentos del Escuadrón 731 japonés

En los años inmediatamente previos a la Segunda Guerra Mundial y durante la propia guerra, Japón cometió crímenes aberrantes. En la biografía de Richard Sorge que les recomendaba no hace mucho, se cuenta bien el control que ejercía en Japón la policía militar, Kempeitai, entre otras entidades, y el miedo que generaba. Dentro del Kempeitai se formó el Escuadrón 731, dedicado a la investigación de armas biológicas y todo tipo de torturas. Los crueles experimentos del Escuadrón 731 japonés son un muestrario de lo lejos que puede llegar la maldad.

Los crueles experimentos del Escuadrón 731 japonés son un muestrario de la infinita capacidad de crueldad humana

El Escuadrón 731 era una unidad del ejército imperial japonés y desde comienzos de los años 30 trabajó como laboratorio de investigación. Su intención al principio era el conocimiento y desarrollo de armas biológicas, y para ello usaban como conejillos de indias a seres humanos, sin piedad. Seres humanos en su visión más amplia, esto es, hombres, mujeres, niños, ancianos, embarazadas, enfermos…

Se construyó un campo de prisioneros en el que había todo lo necesario para avanzar en este maligno objetivo. Chinos y rusos eran prisioneros habituales, pero no sólo eran hombres de estas nacionalidades los torturados. Los campos, con la llegada de la guerra, se fueron extendiendo a otros lugares y el terror llegó también a más personas.

Hasta 1945 las instalaciones se utilizaron para llevar a cabo todo tipo de atrocidades, para desarrollar la guerra química y bacteriológica. Se infectaba a los prisioneros con virus, a menudo mortales. Cólera, peste, tifus, ántrax, sífilis, gonorrea… eran utilizados habitualmente en las pruebas. Igualmente se medía la eficacia de diferentes formas de infectar, por ejemplo, usando mosquitos o pulgas como agente transmisor. Esto, no obstante, no parece lo peor. Para ver los efectos de esta guerra bacteriológica en el cuerpo, se hacían todo tipo de pruebas, disecciones y operaciones a los prisioneros, a menudo sin anestesia alguna, después de infectarlos.

Igual que hicieron los nazis con los judíos, redujeron a los prisioneros a un categoría inferior a los humanos y se referían a ellos como troncos

Igual que hicieron los nazis con los judíos, redujeron a los prisioneros a un categoría inferior a los humanos. Los judíos eran considerados una raza inferior por los nazis. En el caso de los japoneses, se referían a las prisioneros como troncos. Si un condenado estaba en el campo de prisioneros era porque lo había sentenciado a muerte, y allí sólo se ejecutaba la sentencia. Eso sí, incluso en la pena capital uno puede mostrar humanidad, como mostró Joseph Guillotin, que era contrario a la pena de muerte. En el caso del Escuadrón 731, no había rastro de eso sino que la crueldad era infinita.

El Josef Mengele nipón era Shiro Ishi, un médico militar nacido en 1892. Había estado en Europa y Estados Unidos formándose precisamente en guerra química y bacteriológica. Era un defensor de este tipo de armas y de su capacidad para causar un daño terrible al enemigo. Curiosamente se había ganado el respeto como epidemiólogo al ayudar a contener un brote de meningitis en una región nipona y eso le abrió muchas puertas. En realidad, eran las puertas del infierno.

En aquellos campos, además de con virus, se experimentaba con la capacidad de sufrimiento humana. Se cortaban brazos y piernas, sin anestesia alguna, para medir la resistencia al dolor. Se congelaban miembros a los prisioneros, se quemaban con lanzallamas, se les daba dosis brutales de rayos X, se les inyectaba sangre de animales…

Apenas hubo justicia y consecuencias tras la guerra para los integrantes del Escuadrón 731

Todo esto le sirvió a Japón para utilizar al final en la guerra lo que había aprendido. Se estima que el uso de la guerra bacteriológica por parte de los nipones causó la muerte a centenares de miles de enemigos. Se contaminaron embalses de agua, se repartió ropa infectada entre los civiles y se utilizaron insectos infectados para diseminar enfermedades.

No hubo demasiada investigación ni justicia después de la guerra y casi no se supo nada de todo esto hasta los años 80. Tan sólo algunos japoneses fueron juzgados por los rusos inmediatamente después de la guerra. En Estados Unidos se prefirió no hacer nada. En 2005 la Corte Suprema de Japón reconocía estos crímenes y hoy alguno de aquellos campos de prisioneros son museos, como ocurre en Europa, que mantienen el recuerdo de lo que allí pasó.

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