El azul y la orina de los borrachos

El azul y la orina de los borrachos

Hace unos meses les hablaba del libro Cromorama, de Riccardo Falcinelli, que entre otras muchas cosas tenían pinceladas sobre la historia de los colores. He leído recientemente otro libro sobre el tema, Psicología del color, de Eva Heller, y me ha afirmado en la idea de que la historia de los colores es impresionante. El color es algo que está en todos los sitios: en el arte, en la ropa, en los productos que compramos… y durante siglos conseguir determinados colores no ha sido fácil. Luego llegaron los colores sintéticos, y la competición por el mercado es igualmente impresionante. Esta historia sobre el azul y la orina de los borrachos es muy ilustrativa de todo esto.

El azul y la orina de los borrachos estuvieron unidos y sin una no existía el otro

Durante siglos ser tintorero era una mezcla entre, casi, mago y alquimista. El experto en un determinado color no podía fabricar otro, porque los materiales y el proceso eran muy diferentes. Debido a la necesidad de productos naturales concretos con los que elaborar los pigmentos, a menudo el color estaba unido irremediablemente a una zona o zonas concretas del mundo.

El azul era un color que podía obtenerse de distintos modos. Lógicamente, en cada caso el tono y la resistencia del color al sol o a los lavados era diferente, así como su estabilidad a la luz, algo esencial, por ejemplo, en el mundo del arte. En la edad media el azul en Centroeuropa se obtenía del glasto, una planta cuyo nombre científico es isatis tinctoria, esto es, planta tintórea. Explícito. Sus flores son amarillas, curiosamente, pero en el tallo tiene unas hojas de las que se obtiene el colorante azul.

Ya Carlomagno protegió y potenció el cultivo de glasto en sus dominios. Avanzada la Edad Media, varias ciudades se mantenían en gran medida de los centros de producción de este tinte. El proceso de producción tenía sus trucos. Comenzaba con el corte de las hojas, respetando el resto de la planta, que con el tiempo volvía a dar otra cosecha. Las hojas se trituraban y la pasta resultante se dejaba secar al sol. En grandes recipientes se ponían las hojas secas y se cubrían estas con orina. Ese era un ingrediente esencial. La mezcla, durante un periodo en el que el sol calentara lo suficiente, fermentaba y así se extraía el colorante de las hojas.

¿Es el azul el color de los bebedores? Si no lo es, debería serlo.

A más alcohol en la mezcla, más efectivo era el proceso. Cuanto más alcohol, más tinte se obtenía y más intenso era. Entonces no se sabía muy bien por qué, pero sí se sabía que la orina de hombres que hubieran bebido mucho alcohol era la mejor para el proceso. Esto es, los borrachos eran parte esencial del negocio.

Por si les pareciera poco desagradable el olor que debían sufrir los tintoreros, rodeados de barriles de orina, sepan que tenían además que remover la mezcla. Debían controlar el nivel de alcohol, y eso obligaba a reponer parte de la orina cada cierto tiempo.

Cuando la mezcla comenzaba a enmohecerse, después de días de atención y cuidado, era cuando se podían teñir telas. Se dejaban un día dentro del engrudo de orín y hojas para que cogieran color, que todavía no era el azul, porque el propio líquido las manchaba. Por no hablar del olor de las telas. Sólo cuando se limpiaban, o como quieran decirlo, con más orina y se dejaban secar, las telas comenzaban a mostrar el azul resplandeciente. Finalmente se limpiaban las telas para quitarles el olor.

Sin duda el ser tintorero de azul tenía ventajas e inconvenientes. Se ganaban bien la vida y, supongo, podían beber en el trabajo en abundancia sin que esto fuera contraproducente sino más bien al contrario. El azul y la orina de los borrachos eran todo uno. En cambio, debían aguantar el olor a orina y utilizarla, estancada en grandes cantidades, como materia primera esencial. No sé si en vista de esto último me parece más caro este azul del glasto, el púrpura de Tiro o el lapislázuli como el que usó Vermeer.

3 comentarios en «El azul y la orina de los borrachos»

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