| (Alexander Bogdánov) |
A caballo entre la leyenda y la historia se sitúa la condesa sangrienta, Elizabeth Báthory, una dama húngara nacida a mediados del siglo XVI y a la que se le atribuyen todo tipo de crímenes y pasiones sádicas. Entre esas historias está la que asegura que asesinó a decenas, si no centenares, de mujeres para beber su sangre y bañarse en ella, buscando así la eterna juventud y absorber también la belleza de las muchachas. Finalmente fue condenada y murió en la penuria de una lúgubre celda. En el siglo XVI y de una dama supersticiosa uno podría esperar estas cosas, pero que le ocurra a un hombre de ciencia del siglo XX ya es otra cosa. Y ese hombre existió.
En 1873, dentro de lo que entonces era el Imperio Ruso vino al mundo Alexander Bogdánov, un hombre con unos intereses que abarcarían la medicina, la escritura, la filosofía, la economía, la política… En este último ámbito, Bogdánov tuvo mucho que ver en el nacimiento del movimiento bolchevique.
Desarrolló una teoría propia, la tectología, en la que abogaba por unificar ciencias sociales, biológicas, físicas, y alguna más, como camino para la búsqueda de las bases de un sistema general que explicara todos esos ámbitos. Esa forma de pensar y algunas de sus ideas son precursoras de otras corrientes posteriores y esa visión ecléctica del mundo está en la base de instituciones tan interesantes como la actual Edge, a la que les recomiendo echar un vistazo. Bogdánov también escribió novelas de ciencia ficción, además de tratados sobre sus pensamientos. En resumen, no podemos decir que fuera un hombre simple y sin formación.
En los años 20 del siglo pasado se adentró en la experimentación con las transfusiones de sangre. La idea, que como comprobamos diariamente en la actualidad es un gran avance, en la cabeza de Bogdánov estaba orientado a la revitalización del cuerpo gracias a sangre más joven y fuerte. Él mismo se sometió a varias transfusiones y a su juicio aquel método de rejuvenecimiento funcionaba. Se veía más joven y sano. Tanto es así que a mediados de la década creó un centro dedicado plenamente a la hematología y a las transfusiones sanguíneas.
De un modo u otro, buscaba lo mismo que la condesa sangrienta y casi por los mismos métodos, aunque a uno la sangre le llegaba voluntariamente y la otra la conseguía por el camino criminal.
En 1928 Bogdánov se inyectó sangre de un enfermo, joven, pero enfermo. Aquello le costó la vida, lo que demostraba que su teoría sobre las ventajas de las transfusiones tenía alguna laguna. Esas lagunas fueron superadas con el tiempo y a medida que se conocieron los problemas y sus soluciones, el intercambio de sangre entre cuerpos fue salvando vidas. Su muerte no fue en vano, ya que su interés acabó por convertir a Rusia en un pionero en el campo de la centralización de bancos de sangre y su uso médico.
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