A veces, en el deporte internacional, está en juego más que un partido o un título. Y no me estoy refiriendo a la felicidad de los seguidores o al orgullo de un país, sino a temas políticos y diplomáticos de gran calado. Durante la Guerra Fría, hubo multitud de casos de este tipo. En los tableros de ajedrez se disputaron enfrentamientos que eran mucho más que un juego. Y, obviamente, perder tenía consecuencias más allá de lo deportivo. No olviden que el boicot soviético en los Juegos de 1984 costó millones a McDonald’s o la medalla olímpica de baloncesto que EEUU se niega a aceptar.
En ese contexto, en Vancouver, Canadá, en 1971, se enfrentaron Bobby Fischer, estadounidense, y Mark Taimánov, ruso. Eran los cuartos de final del Torneo de Candidatos y se competía al mejor de 10 partidas.
Este torneo, organizado por la Federación Internacional de Ajedrez, determina quién será el jugador que se enfrente al campeón que ostenta el título mundial. Desde 1969 ese campeón mundial era Boris Spassky, otro soviético. Dominar el ajedrez era un argumento para Moscú de su superioridad intelectual y cultural frente al capitalismo. En la URSS había cuatro millones de ajedrecistas federados y en Estados Unidos tan solo unos 35.000.
Taimánov jugó con blancas las partidas impares y con negras las pares. Perdió la primera en 40 movimientos. La segunda en 89, la tercera en 42 y la cuarta en 71. En este encuentro el ruso utilizó una variación de la Defensa Siciliana que lleva su propio nombre, pero no le sirvió de nada. Las dos últimas no mejoraron el resultado para Taimánov y fue derrotado en 47 y 42. Fischer fue una apisonadora. El ruso confesó que en la tercera partida hubo un punto de inflexión que lo cambió todo.
Ese 6-0 a favor del estadounidense fue un mazazo para el bloque del Este. No solo por perder, sino por hacerlo de esa forma tan contundente. Los soviéticos se negaron a aceptar que aquello fuera un resultado justo y dieron por hecho, al menos de cara a la opinión pública, que Taimánov se había vendido al enemigo. Se había dejado ganar como un acto de sabotaje contra su país.
Tan pronto como aterrizó en la URSS, los agentes de aduanas registraron a fondo su maleta. Para su desgracia, encontraron un libro de Aleksandr Solzhenitsyn, que estaba prohibido por el Estado. No hacía falta más prueba para condenarlo de manera inmediata y severa.
Fue expulsado del equipo nacional de ajedrez y se le retiró el salario que recibía como jugador. Se le prohibió publicar artículos en la prensa y, por último, se le retiró el pasaporte para que no viajara al extranjero. Esto le impedía competir a nivel internacional.
Lo más curioso es que fue Fischer el que devolvió a Taimánov a su posición previa. Unos meses más tarde, el genio estadounidense se enfrentó al danés Bent Larsen y lo arrasó igual que había hecho con el ruso. Otro 6-0. Después ganó también contundentemente a Petrosian, que había sido el campeón mundial previo a Spassky. Estas victorias rebajaron las sospechas sobre Taimánov y poco a poco fue recuperando su lugar en el ajedrez soviético y su prestigio.
Taimánov, que por cierto era también un pianista de renombre, escribió un libro sobre todo esto titulado Cómo me convertí en víctima de Fischer. Había nacido en Járkov, hoy Ucrania, en 1926, y falleció un 28 de noviembre, con 90 años.
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