Muertes

El impresionante sistema postal persa

Conseguir que un imperio se mantenga unido y gobernado, obliga en muchos casos a tener una red de comunicaciones rápido y efectivo. Así lo sabía el rey Darío I, que promovió el impresionante sistema postal persa, basado en una red de caminos y de postas que eran la base de este método pionero en la historia y muy efectivo.

Hace unos días leía un artículo sobre el escritor ruso Iliá Ehrenburg. En él se narraba una anécdota de su vida en París. Llegó al famoso Café de la Rotonde, en Montparnasse, una postal que tan sólo indica como destinatario el hombre de la caballera despeinada. Era, efectivamente, para Ehrenburg, y sólo con esa indicación llegó a su destino. Recuerdo haber oído algo similar con una carta para Camilo José Cela, que llegó a sus manos desde el extranjero cuando el destinatario era Pascual Duarte. Y, también en este caso, el cartero acertó.

El impresionante sistema postal persa permitía que un mensaje cruzara el imperio en unos pocos días

Gran labor la de los carteros, aunque en gran medida los últimos tiempos han cambiado las cartas personales por otro tipo de envíos. Pero los que tenemos ya una edad y hemos recibido por vía postal cartas escritas a mano, sabemos de lo especial que es ese momento. Al menos es mi recuerdo.

Mucho más atrás en el tiempo, los mensajeros postales eran una pieza clave para el buen gobierno de un país o un imperio. Eso lo sabía ya el rey persa Darío I cuando creó quizás el primer sistema postal de la historia. Eso sí, se dice que los persas copiaron ideas de los asirios y babilonios para configurar su red de correos, y además aprovecharon infraestructuras que ya existían.

La enorme extensión de estos imperios convertía en un reto hacer que un mensaje pudiera atravesarlos y llegar a su destino a tiempo. Para conseguirlo, los persas crearon una cuidada red de caminos por las que buenos jinetes, los correos, y veloces caballos, cabalgaban casi sin descanso.

Los persas, entre cuatro y cinco siglos antes de Cristo, usaban ya el sistema de correos a caballo con efectividad. En sólo unos días, los pirradaziš, esos jinetes, cruzaban el imperio portando un mensaje. Según parece, desde Susa, en lo que hoy es Irán, hasta Sardis, la capital administrativa del imperio, que estaría hoy en el oeste de Turquía, un envío tardaba entre 7 y 9 días. Si tenemos en cuenta que la distancia era más de 2.600 kilómetros, recorrerlos en 8 días suponía hacer 325 kilómetros al día.

Todo se basaba en una red de postas donde siempre había caballos y jinetes frescos

Lógicamente, un solo jinete no hacía todo el recorrido, sino que era algo así como una carrera de relevos. Llegado a un punto, otro jinete y otro caballo continuaban con el viaje. Las postas, esas estaciones de intercambio, estaban equipadas siempre con caballos frescos y mensajeros descansados para que no se perdiera tiempo en los envíos.

Parte de esa distancia de un lado al otro del imperio la recorría el Camino Real, aunque la red de caminos que usaban los correos persas era mucho mayor. El Camino Real era precisamente el que unía Susa con Sardes y se construyó, seguramente, aprovechando otros caminos anteriores. Nunca, hasta ese momento de la historia, un sistema de correos funcionó con éxito sobre un territorio tan extenso.

Heródoto escribió que daba igual que nevara o lloviera, que hiciera calor o que fuera de noche, nada podía detener a los veloces correos del imperio persa. Y no sólo eso, sino que también aseguraba que nada mortal se movía más rápido que esos mensajeros persas.

Curistoria

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