Los aviones comenzaron a utilizarse de forma general en el combate durante la Primera Guerra Mundial, y uno de los problemas que surgieron era cómo disparar en la dirección de movimiento del avión, es decir, hacia adelante, sobre el morro, que parece lo más lógico y adecuado. En el mismo morro del avión había una enorme hélice que impedía los disparos. Colocar la ametralladora en otro lugar evitaría que el piloto pudiera apuntar. La mejor forma de dirigir el tiro era usar todo el avión para apuntar al objetivo. El problema era que al disparar muy rápido, muchas balas pasaban sin tocar la hélice, pero otras chocaban con ella y la hacían pedazos.

Rolland Garros intento solucionar el problema recubriendo las hélices con acero. Esto evitaba que la hélice se rompiera al recibir un impacto aunque después de un tiempo se dañaba. El gran peligro estaba para el piloto que corría el riesgo de verse alcanzado por alguna esquirla de las balas que tocaban o rozaban la hélice.
Otra solución provino del alemán Fokker que diseñó un sistema que sincronizaba los disparos con el giro de la hélice de tal modo que las balas nunca chocaban contra las palas. Las balas únicamente eran disparadas cuando había un espacio libre frente al cañón, es decir, cuando el giro lo permitía. Como decía, las balas se lanzaban mucho más rápido que el giro de la hélice y esto permitía disparar casi de forma continúa. Como vemos, no fue sencillo volar y disparar.
Fuente: Military’s strangest capaigns and characters, de Tom Quinn
Curistoria

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  • El avión de Roland Garros aterrizó un día en terreno alemán. Capturado el aparato, fue inspeccionado por Fokker, que en 24 horas diseñó un mecanismo de sincronización de la hélice y la ametralladora. Hasta entonces, los alemanes pensaban que los franceses tenían un sistema de ese tipo, cuando no era así.

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