El hombre que quemó el Templo de Artemisa para hacerse famoso

El hombre que quemó el Templo de Artemisa para hacerse famoso

Hay pequeñas cosas sin importancia que se quedan en la memoria sin saber muy bien por qué. Recuerdos absurdos e intrascendentes. Uno de esos que rebota por mi cabeza de vez en cuando es una historia que le escuché a Jesús Hermida contar en la televisión cuando yo era un niño y que tiene algo que ver con el hombre que quemó el Templo de Artemisa para hacerse famoso.

Contaba Hermida, con esa forma de hablar tan particular que tenía, el relato de un tipo que quería que su nombre apareciera en los periódicos a toda costa. Para ello, un día subió al rascacielos más alto de la ciudad y se lanzó al vacío, convencido de que de ese suceso tendría su lugar en los diarios. Efectivamente al día siguiente su suicidio fue noticia, pero había una errata en su nombre.

El hombre que quemó el Templo de Artemisa para hacerse famoso fue condenado a muerte y se dictó una damnatio memoriae contra él

Ocurrió algo parecido y a la vez lo contrario con el hombre que atacó el santuario dedicado a Artemisa en Éfeso, que fue una de las siete maravillas del Mundo Antiguo. Las construcciones sagradas se sucedieron en el lugar, levantándose y destruyéndose con el paso del tiempo. De todos estos acontecimientos, hay uno en concreto que es el que nos interesa.

El rey Creso de Lidia fue el responsable del edificio que llegó a ser considerado entre las siete maravillas. En el año 356 a.C. un incendio provocado puso fin a esa etapa de esplendor. El autor fue un hombre que buscaba a través de esa acción tan salvaje y llamativa poner su nombre en la historia. Es decir, buscaba la inmortalidad a través de la infamia. Supongo que si esta era su intención, no pondría muchas trabas a que lo capturaran y se supiera que era culpable, aunque se dice que confesó tras ser capturado y torturado.

Según la leyenda, el edificio ardió el mismo día en que nació Alejandro Magno. Concretamente el 21 de julio de ese año 356 a.C. Plutarco dejó escrito que la diosa estaba tan ocupada con este nacimiento que no pudo prestarle atención a su propio templo y que por eso ardió.

Los responsables de Éfeso torturaron al preso, como decíamos, y luego lo ejecutaron. Sabiendo lo que pretendía con su acto, se dictó contra él una damnatio memoriae. Esto es, se prohibió, bajo la amenaza de un severo castigo, que cualquiera escribiera su nombre o incluso lo pronunciara. Esta pena podría haber hecho inútil su atentado contra el santuario de Artemisa, pero no se cumplió.

A pesar de todo, sabemos su nombre

En la actualidad, casi 2.400 años después, sabemos quién era: Eróstrato. Ha llegado a nosotros porque un historiador, Teopompo de Quios, obvió la condena que se le había impuesto y escribió la identidad del autor del incendio en su crónica. Es más, en el diccionario la palabra erostratismo significa “manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir renombre”. El hecho da nombre al complejo de Eróstrato, que indica precisamente la obsesión de un individuo por sobresalir y ser el centro de atención. Aparece asimismo en muchas obras literarias, incluida El Quijote. En definitiva, podríamos decir que consiguió su objetivo.

Ahora imaginen por un momento que el episodio que contó Hermida y este del Templo de Artemisa se cruzan. ¿Y si Teopompo de Quios se equivocó al escribir el nombre de Eróstrato, o incluso de persona? En ese caso, la intención del incendiario de pasar a la historia no se cumplió y todo fue en vano. En ese caso, la damnatio memoriae, de una forma extraña, cumplió con su cometido. Sería una bonita narración que, me temo, nunca sabremos si puede ser cierta o no.

Templo de Artemisa

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