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El antecesor del metro, en Nueva York en 1870

(Sistema subterráneo de transporte de Beach)

Antes de conocer la curistoria que les traigo hoy nunca hubiera pensado que el tráfico fuera tan horroroso a mediados del siglo XIX como para que alguien se planteara ya entonces la construcción del metro. Ocurrió, cómo no, en la ciudad de Nueva York.
En los años 60 del siglo XIX, el inventor Alfred Beach estaba totalmente harto del tráfico que sufría en algunas calles de Nueva York y decidió buscar una solución. Beach, que también era el editor de la revista Scientific American, diseñó entonces un sistema subterráneo de transporte que fue el antecesor del metro actual.

Su idea era llevar el transporte bajo tierra, a través de túneles, y usando un tren movido por un sistema neumático. La idea se encontró con un importante detractor, William Marcy Tweed, en aquel momento uno de los hombres más poderoso de Nueva York. Beach estaba tan decidido a llevar a cabo su proyecto que comenzó a construirlo en secreto para escapar de Tweed. Unos 95 metros de túnel bajo Broadway fueron abiertos, pasando directamente por debajo del ayuntamiento, sin que se levantaran sospechas. Beach aseguraba que tan sólo se trataba de un sistema de envío de mensajes entre edificios a través de unos tubos neumáticos. Únicamente trabajaban de noche, y lo cierto es que cuando se trabaja bajo tierra lo mismo da día que noche.

En febrero de 1870 abrió las puertas de su proyecto piloto de metro, si me permiten llamarlo así, al público. Y entonces la gente de Nueva York se encontró ante una lujosa estación y ante un tren listo para viajar. Tweed montó entonces en cólera y se empleó a fondo para acabar con el proyecto. A pesar de ser capaz de conseguir las licencias oportunas por parte del gobernador, los inversores huyeron del proyecto, supongo que animados por Tweed, y pronto fue abandonado definitivamente y olvidado. A pesar de ello, cientos de personas pagaron por entrar y ver el invento de Beach.

En 1912, cuando estaban abriendo los túneles para el metro en Nueva York, los trabajadores acabaron topándose, sin esperarlo, con la estación de Beach y se quedaron boquiabiertos ante lo que tenían delante. Allí había una estación completa, cuando ellos aún estaban trabajando en los túneles. No en vano aquella estación de Beach tenía frescos pintados en las paredes, una fuente con un cisne dorado y un enorme piano que entretendría a los viajeros, que nunca llegaron.

Fuente: The greatest science stories never told, de Rick Beyer

Curistoria

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