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Aprender de los errores e inventar el corrector

(Bette Graham Nesmith)

Bette Graham Nesmith, allá por la década de 1950, se ganaba la vida como secretaria a pesar de que no era demasiado buena con la máquina de escribir. Un problema, sin duda, en su día a día. Hablamos de cuando aún no había ordenadores ni procesadores de texto y un error con las teclas al final de una página significaba sacar la página de la máquina y tirarla a la basura para comenzar de nuevo a escribir en una página en blanco. Maldiciendo, seguramente.

Nuestra protagonista estaba un día en las oficinas del banco en el trabajaba ayudando a uno de los decoradores que estaba adornando las ventanas para una fiesta cuando la inspiración la visitó. Se dio cuenta de que cuando el decorador cometía un error este no borraba todo y comenzaba de nuevo, sino que pintaba sobre el fallo y lo corregía. Esto dio una idea a Bette, que puso un poco de pintura blanca en un bote para corregir con ella sus errores con la máquina de escribir.

Aunque pensó mantenerlo en secreto, era misión imposible y la voz de lo que hacía se corrió por la oficina, con lo que comenzó a recibir peticiones de botes de pintura para aquellos compañeros que tenían el mismo problema, los errores con la máquina de escribir. Poco a poco se dio cuenta del negocio y su casa se convirtió en un pequeño laboratorio en el que hacía las botellas de corrector que luego vendía. Tanto avanzó la cosa que pidió ayuda a un químico para mejorar el producto y aquello comenzó a ser un negocio brillante, vendiendo miles de unidades al mes.

Bette llamó a su corrector, en un primer momento, Mistake Out, pero finalmente el lo renombró como Paper Liquid. Aquella empresa se convirtió en un gigante empresarial que vendía decenas de miles de botellas todos los días y que acabó siendo comprada por Gillete. El precio de la venta fueron 50 millones de dólares y una pequeña royalty por cada botella vendida por Gillete.

Nuestra protagonista perdió su trabajo en el banco cuando al final de una carta, en lugar del nombre del banco, escribió The Liquid Paper Company. Aquel error deja a las claras qué tenía Bette en la cabeza todo el día. Por cierto, que su casa siguió siendo la sede y fábrica de su empresa durante doce años, antes de invertir en otras instalaciones.

Esta historia es una prueba magnífica de lo que se puede aprender de nuestros errores, en este caso, literalmente. Y por último, como curiosidad añadida, decirles que el joven que la acompaña en la foto era su hijo, que fue uno de los miembros del gran grupo de música The Monkeys.

Fuente: The greatest science stories never told, de Rick Beyer

Curistoria

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