
El Pony Express es un elemento mítico dentro de la cultura popular relacionada con el Oeste norteamericano. Pero su realidad empresarial es muy distinta de la idea general que tenemos, ya que fue un negocio desastroso que solo estuvo activo 18 meses.
En 1860 California, en la costa oeste de Estados Unidos, era un lugar próspero y por lo tanto las relaciones y los negocios entre un extremo y otro del país avanzaban con ansia. Pero la distancia era una traba, porque una carta tardaba poco menos de un mes en ir de un lado a otro, en el mejor de los casos. Es decir, si iba como parte del correo que transportaba una diligencia. Si el envío se hacía por barco, la espera era todavía más larga. Esta situación dio lugar a una oportunidad de negocio y ahí apareció el Pony Express.
El Pony Express, una empresa desastrosa que solo duró 18 meses, porque cada viaje costaba más de lo que ingresaba
El proyecto tenía a tres empresarios del transporte como sus impulsores, y nació como un servicio más de Central Overland California and Pikes Peak Express Company. El conocido Pony Express no era más que su nombre comercial. La intención de Russell, Majors y Waddell, los creadores, era rebajar el tiempo de entrega a unos 10 días, casi un tercio del tiempo habitual. El 14 de abril de 1860 el primer viaje se completó en 11 días.
El camino a recorrer eran los 3.100 kilómetros que separaban St. Joseph, en Misuri, de Sacramento, en California, con casi 200 estaciones de paso intermedias donde los jinetes y los caballos se iban relevando. Sin perder un momento, en algunas paradas el jinete cambiaba de montura, mientras que en otras el cambio no era solo de caballo, sino también había otro hombre que cogía el relevo y partía al momento al galope. No paraba nunca, las 24 horas del día había alguien cabalgando para hacer la entrega. Por cierto, se dice que uno de los requisitos para trabajar como jinete era ser delgado y joven, y que Buffalo Bill fue uno de ellos, cuando tenía 14 años.
Lógicamente, este servicio tenía un coste considerable, y eso se repercutía a los clientes. Un envío normal costaba en torno a 5 dólares de la época, lo que serían un par de cientos en la actualidad. Solo cuando el tema era realmente urgente compensaba el coste extra por ahorrarse esas semanas de espera. Esto hacía que los clientes fueran algunas empresas importantes, incluidos algunos medios de comunicación, y el gobierno. De hecho, el récord de velocidad en la entrega ocurrió en marzo de 1861, con 7 días y 17 horas. En ese transporte iba el texto del discurso inaugural como presidente de Abraham Lincoln.
Con la línea de telégrafo continental llegó el final definitivo
El precio era muy alto para la mayoría de las necesidades, y aun así no cubría los costes. Se estima que con cada carta que transportaba perdía entre 15 y 30 dólares. En realidad, es una cuestión básica desde el punto de vista de los negocios. El propio planteamiento impedía que se pudiera demorar el envío para aprovechar cada viaje mejor al transportar más cartas. La solución era conseguir más clientes que llenaran las mochilas de los jinetes y así contribuyeran a sufragar el coste. Pero el precio era una barrera para que esto último ocurriera.
A este problema básico hay que sumar ataques a las estaciones intermedias por parte de los nativos y robos de caballos y que un gran contrato con el gobierno al final no llegó a firmarse. Más tarde, una nueva tecnología se implantó y puso fin a la aventura del Pony Express.
El 24 de octubre de 1861 se completó la primera línea de telégrafo que iba de una costa a otra. Si los caballos tardaban 10 días, el telégrafo tardaba unos minutos. Dos días después de este hecho, el Pony Express anunció su cierre.
Si hacen cuentas con lo que hemos visto, entre el primer envío y el cierre de la empresa hay unos 18 meses. Ese fue el tiempo de vida del mítico negocio que la ficción haría mucho más lustroso de lo que fue en realidad. Una muestra de esto es que las pocas cartas que quedan hoy en el mercado y que fueron transportadas por el servicio son un bien preciado por los coleccionistas.
El proyecto costó a sus fundadores unos 200.000 dólares. En el cierre, además, hubo un escándalo de corrupción, por si la historia no fuera ya lo suficientemente triste.

