La inexplicable traición de Mengs a su amigo Winckelmann

La inexplicable traición de Mengs a su amigo Winckelmann

No hace mucho, el Museo del Prado organizó una magnífica exposición sobre Antonio Raphael Mengs. En ella conocí esta historia que comparto hoy y que trata de la amistad y final ruptura de dos piezas clave en el nacimiento del Neoclasicismo. Es la inexplicable traición de Mengs a su amigo Winckelmann, que parece una historia de alta cultura y erudición, pero que también es una historia de taberna, quizás de celos, y, sobre todo, de deslealtad.

Aunque nacido en Bohemia en 1728, Mengs trabajó para varias cortes europeas, y concretamente en la España de Carlos III. Si bien no es muy conocido hoy por el gran público, su obra es impresionante y en su tiempo alcanzó la cumbre. De hecho, su impulso personal por retomar la belleza clásica fue esencial para el nacimiento del Neoclasicismo. Esta corriente artística abogaba por recuperar los ideales estéticos de la Antigüedad clásica, esto es, de Grecia y Roma. Después de los excesos del Barroco y el Rococó, la vuelta a la claridad, a la proporción y a la sobriedad eran la nueva tendencia.

La inexplicable traición de Mengs a su amigo Winckelmann llegó después de años de estrecha colaboración y de admiración

En 1755 Mengs conoció a Johann Joachim Winckelmann, once años mayor que él. El alemán, por su parte, fue un arqueólogo e historiador del arte, muy influyente en sus ámbitos de conocimiento. Entre otras cosas, también influyó en el origen del Neoclasicismo. Ambos compartían visión sobre cómo debía ser el arte y sobre el valor de la belleza clásica. La amistad era estrecha y llegaron a vivir su día a día con cercanía, por lo que los unía el mundo intelectual, pero también una relación humana.

Tras años de cercanía, en 1760, en Roma, apareció un fresco del que se aseguraba que provenía de una excavación antigua, quizás de Pompeya o de Herculano. Dado que esa época antigua era el referente para los padres del Neoclasicismo, el hallazgo atrajo el interés de Winckelmann. La pintura en cuestión representaba a Júpiter besando a Ganimedes, y pueden verla al comienzo.

El arqueólogo examinó la obra y quedó fascinado, elogiándola públicamente. Winckelmann, que era homosexual, encontró en esa pintura una joya que encajaba como un guante en su visión del arte, y quizás por eso se dejó arrastrar por el entusiasmo. Ni por un momento dudó de la autenticidad del fresco, y llegó a escribir que era una de las cosas más bellas que nos han quedado de la Antigüedad.

Uno murió sin saber quién le había traicionado y el otro no confesó hasta el último momento

Mucho después se supo que la pieza no era más que una falsificación. Esto fue un golpe enorme a la reputación como arqueólogo de Winckelmann. Tanto lo había ensalzado que la pérdida de valor de la obra arrasó asimismo el de su valedor. Pero no fue lo único que perdió Winckelmann, porque el autor de la obra no era otro que Mengs. Su estimado amigo. Por suerte o por desgracia, él nunca lo supo, aunque sí es cierto que se distanciaron mucho después de todo esto.

Cuando murió asesinado en Trieste en 1768, el arqueólogo no sabía que su amigo le había traicionado. Mengs guardó el secreto de su papel en el engaño hasta poco antes de morir en 1779, quizás hasta su mismo lecho de muerte. Él había pintado el fresco y lo había preparado para hacerlo pasar por antiguo. Es decir, había causado la caída en desgracia de su amigo y colega.

No se sabe el porqué de esta deslealtad tan grave por parte del pintor. Pudiera ser que Mengs sintiera que el otro no estaba reconociendo como debiera toda su aportación al cambio de paradigma dentro del arte. En las conversaciones entre ambos, a pesar de la erudición de Winckelmann, los comentarios de Mengs sobre temas técnicos y artísticos solidificaban en los textos del otro. Es decir, las aportaciones del pintor quedaban integradas en las reflexiones y propuestas del arqueólogo, y este se quedaba con todo el mérito.

Esta teoría encaja con la treta del fresco falso, pues el análisis de un experto en materiales y técnicas de pintura quizás hubiera descubierto algún detalle que le llevara a sospechar de su autenticidad. Pero no es más que una elucubración, porque no se conoce el motivo real.

Esta historia tiene ciertas similitudes con el intento de engaño en el que participó Miguel Ángel Buonarroti que acabó causando que el genio renacentista fuera llamado a Roma para que trabajara allí, en vista de su capacidad para copiar la estética y capacidad de los antiguos.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.