La Gioconda en un baño y en un dormitorio

En estos días se ha escrito mucho sobre el Salvator Mundi de Leonardo da Vinci, el cuadro más caro del mundo, porque se ha descubierto que está colgado en el yate del príncipe saudí, probablemente. Esto me ha traído a la cabeza las vueltas que dio la Mona Lisa antes de acabar en las paredes del Louvre. La Gioconda ha colgado en un baño y en un dormitorio, antes de ser la obra clave del Louvre.

El príncipe Mohamed Bin Salmán compró el Salvator Mundi hace no mucho por 450 millones de dólares por , en principio para el Louvre de Abu Dhabi. Según se ha publicado estos días, en realidad está a bordo del Serene, su yate. Esta obra sigue generando discusiones sobre si fue de Leonardo o de su taller, aunque en ambos casos sería una obra notable. Esto, como decía, nos lleva a la obra de Leonardo por antonomasia, la Gioconda.

La Gioconda, de la casa de Leonardo, a un baño real y a un dormitorio imperial

La más conocida obra de Leonardo, influyente, y quizás la más famosa de todas las obras de arte de la historia, también ha tenido sus alojamientos curiosos. El pintor realizó la obra entre 1503 y 1506, y la mantuvo con él casi hasta su muerte. Un año antes, en 1518, el rey Francisco I de Francia la compró y pasó a las colecciones reales de su país. El precio fue de 4.000 escudos de oro.

Francisco I colocó a la Mona Lisa en una habituación del Palacio de Fontainebleau utilizada como sala de baño, donde el propio rey y algunos de sus más cercanos se sentaban a fumar, sudar y empaparse. Ese ambiente era, como supondrán, desastroso para la conservación del óleo. Años más tarde, para tratar de protegerla y restaurarla, se le aplicó una capa de laca, que acabó por agrietarse. Estas grietas son una imagen típica de la Gioconda.

De Fontainebleau a Versalles y a Tullerías, de palacio en palacio

Allí se quedó hasta que Luis XIV la llevó a otro palacio, Versalles. Al finalizar la Revolución Francesa, hizo la dama florentina las maletas de nuevo y llegó a su lugar actual, el Louvre. Pero no todo este tiempo ha estado en el museo. En 1800 Napoleón decidió que aquel cuadro quedaría muy bien en su dormitorio del Palacio de las Tullerías. Cuatro años pasó la Gioconda sonriendo, o no, al Gran Corso en sus aposentos antes de volver a la pinacoteca parisina.

En 1939, para protegerla de los nazis alemanes, que eran muy aficionados a hacerse con cuadros y todo tipo de arte para sus colecciones privadas, volvió a dejar el Louvre. Acabó en el castillo de Amboise, curiosamente cerca de la casa donde vivió Leonardo da Vinci sus últimos años de vida. Pasado el peligro, volvió al museo.

No se puede decir tampoco que su descanso haya sido tranquilo más allá de las idas y venidas, ya que protagonizó el robo más importante de la historia, y además ha sido atacada en varias ocasiones. Sin duda, una obra de la historia del arte que tiene su propia historia.

Curistoria

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