| (Wellington R. Burt) |
Imagínense que fallece uno de esos famosos ricachones que lideran la lista de Forbes, Fortune o cualquier otra que enumere los hombres más ricos del mundo. Estoy convencido de que, a pesar de lo triste del hecho, muchos de nosotros pensaríamos al momento en los herederos y en la riada de millones que caerían en sus cuentas bancarias. En marzo de 1919 fallecía uno de esos hombres, uno de los ocho hombres más acaudalados de Estados Unidos, dejando una fortuna de varias decenas de millones de dólares, de 1919, a sus herederos. Eso sí, sus herederos no serían los que esperaban serlo.
Wellington R. Burt, que es el hombre del que hablamos, estableció en su testamento que habrían de pasar 21 años después de que el último de sus hijos y de sus nietos falleciera, antes de que su fortuna fuera entregada a los herederos que correspondiera.
La condición puesta por el Sr. Burt, casi Sr. Burns, comenzó a cumplirse en 1989, cuando el último de sus nietos fue a reunirse con él en el cielo. Era su nieta Marion Lansill. Supongo que esta no le pondría muy buena cara a su abuelo cuando se encontraran allí, en el cielo, por dejarle si herencia, pero lo cierto es que comenzaba entonces la cuenta atrás de 21 años. En 2011, por fin, casi un siglo después de su muerte, doce herederos lejanos, doce bisnietos de Burt, se repartieron unos cien millones de dólares, que no está mal.
En realidad, para los millonarios que hoy están en la lista de Forbes 100 millones de dólares son migajas, pero imagínense que hoy un siglo después de que muriera su bisabuelo les llegara una herencia de unos 10 millones…
Fuente: The Guardian
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