Me gusta mucho leer entrevistas y diarios. Hace poco leía una entrevista a George Steiner, realizada en 1994 por Ronald A. Sharp para The Paris Review, y ahí me encontré con una historia sorprendente sobre la Segunda Guerra Mundial. Es a la vez algo personal, histórico, interesante y aleccionador. El entrevistado cuenta cómo un encuentro fortuito en Nueva York con un nazi salvó a los Steiner.
Lo que contaba el entrevistado podría ser una escena de una novela, un comienzo de algo. ¿Por qué un comienzo? No recuerdo dónde leí que una historia o una trama puede empezar con una casualidad, pero nunca acabar con una casualidad. Si la resolución es fruto del azar, se parece demasiado a un deus ex machina, y no hay nada peor. Y fue la casualidad lo que propició el encuentro en Nueva York donde ocurrió todo.
George Steiner nació en Francia en 1929 y murió en 2020. Fue profesor, pensador y experto en literatura y traducción. Escribió varios ensayos sobre el lenguaje y sus críticas literarias eran muy influyentes. Su familia era judía, de origen vienés, e importante.
En 1940, en la Segunda Guerra Mundial, el padre de George Steiner, Frederick George Steiner, formó parte de una delegación del gobierno francés que fue a Estados Unidos. El objetivo era negociar la compra de aviones de combate a la empresa Grumman. En Nueva York, que todavía era territorio neutral, había también alemanes haciendo sus propios negocios. El padre de Steiner estaba en un almuerzo en el Wall Street Club en honor de la Trade Purchase Commission, junto con sus compañeros de viaje e importantes políticos y hombres de negocios locales.
En un momento dado, el camarero se acercó a Steiner y le entregó discretamente una nota que le hacía llegar una persona desde otra mesa. Cuando buscó a esa persona entre las otras mesas, vio que era parte de una delegación nazi. La cruz gamada en la solapa de los trajes los identificaba claramente. La nota la había escrito alguien a quien Steiner conocía de mucho antes, y con quien había tenido una estrecha relación mercantil. En 1933, cuando Hitler llegó al poder, se habían separado. Al reconocerlo, Steiner rompió la nota y volvió a su comida, renegando de cualquier contacto con un nazi.
Cuando Steiner, después de un rato, fue al baño, se encontró allí con el alemán. Parece que este lo estaba esperando y le dijo: “Más te vale que me escuches, te guste o no. No puedo darte ningún detalle, porque no tengo más información, pero vamos a entrar en Francia cualquier día de estos. Saca a tu familia de allí como sea”.
En aquel momento el alemán era un directivo de Siemens. Probablemente no había oído más que rumores y, por supuesto, la Solución Final todavía no estaba definida, pero sabía que la vida de los judíos no sería fácil. A pesar de no dar más detalles, Steiner le hizo caso.
Habló con el primer ministro francés, que formaba parte de la delegación, y le pidió permiso para llevarse a su familia a Estados Unidos. Las negociaciones se alargarían en el tiempo y él estaría más tranquilo con su familia fuera de Francia. No hubo problemas y los Steiner, el joven George entre ellos, partieron hacia Nueva York a bordo de uno de los últimos barcos que salieron antes de que los alemanes comenzaran su conquista hacia el oeste.
Más allá del interés histórico de esta historia, está también la lección de que la casualidad puede cambiar la vida. Para bien en unas ocasiones y para mal en otras. En este caso un encuentro fortuito quizás salvó a George Steiner de haber muerto siendo un adolescente.
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