Hace un tiempo les conté cómo los británicos, durante la Segunda Guerra Mundial, construyeron una “prisión―hotel” de lujo para los alemanes, convencidos de que un entorno y un trato privilegiado, le soltaría las lenguas. Por supuesto, el hotel estaba sembrado de micrófonos para escuchar todo aquello.
En el otro bando, el alemán, tuvieron el mismo pensamiento, pero en lugar de un hotel, pensaron en un burdel. Esperaban que la compañía femenina soltara las lenguas, entiéndase bien, sin dobles sentidos. En 1939, Heydrich, junto con Schellenberg, planearon convertir en hotel Kitty de Berlín en un centro de escuchas para diplomáticos y para altos mando del propio partido nazi. El hotel tenía cuatro plantas y seguro que no faltaban clientes y oportunidades.
El hotel tenía dobles paredes, micrófonos y todo tipo de sistemas de espionaje y escucha. Muchas de las prostitutas habían sido reclutadas para la causa y se esmeraban en sacar confidencias a los clientes.
En cualquier caso, a pesar del despliegue y de que por allí pasaron altos cargos alemanes, hasta ministros, y diplomáticos de otros países, parece que ninguno fue lo suficientemente locuaz como para que aquello mereciera la pena. Finalmente se abandonó el plan poco a poco, después de que un bombardeo acabara parcialmente con el local en 1942.
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