“No hay necesidad de ser escéptico sobre la historia del Sr. Labouchere en la que el deán de Buckland se comió lo que quedaba del corazón momificado de Luis XIV, que ahora descansa en el cuerpo del deán en el cementerio de Islip. […] En sus cenas, a las que asistían líderes del mundo de la ciencia y la literatura, los menús eran a menudo extraños. En una ocasión, lengua de caballo en escabeche fue saboreada con gusto por los invitados hasta que se les comunicó lo que estaban comiendo. El cocodrilo fue servido como una rara delicatesen, en ocasiones hubo cachorros de perro y, frecuentemente, ratones. Otras veces fueron erizos, tortugas, avestruz en conserva y, algunas veces, ratas, ranas y serpientes fueron preparadas para el deleite de los selectos invitados. ¿Qué más posible entonces que el deán pasara un buen rato con el corazón real?»
Fuente: New York Times (25/12/1905) y gracias a Miguel por darme a conocer esta historia.
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Con lo bueno que es una tortilla de patatas , por ejemplo !
Saludos desde Málaga.
Esta curistoria me recuerda al Dr. Hannibal Lecter.
Aun no entiendo cómo alguien puede degustar de este tipo de "comida"
Yo por mi parte me quedo con los vegetales!! ;-)
Saludos
Esther.
Este clérigo era conocido por su curiosidad gastronómica, es cierto, pero era curiosidad del tipo científico: consideraba que el sabor era un elemento olvidado en la mayor parte de las investigaciones animales, así que aprovechó su excelente relación con los cuidadores de las colecciones de fieras de Londres para probar todo tipo de animales ajenos a la gandería inglesa.
DIcho sea de paso, Buckland fue un de los grandes científicos de la primera mitad del XIX. Tratando de buscar pruebas geológicas del Diluvio descubrió las eras glaciales y cambió el modo de ver el mundo, estableciendo los cimientos para el estudio de la geología moderna (desarrollada posteriormente por Hutton y Lyell). También fue un gran taxónomo y describió algunas de las primeras especies conocidas de dinosaurios, entre ellas el primer terópodo, megalosaurus.
Probablemente la historia del corazón del rey sea tan sólo eso, una historia, pero muy apropiada, dado que Buckland se preciaba de ser capaz de distinguir por el sabor la mayor parte de los animales conocidos y (ojo al dato) sus rastros de orina.
Annick, no puedo estar más de acuerdo. Eso sí, con cebolla por favor :)
Esther, ni con salsa me como yo un corazón :)
Jose Antonio, muchas gracias por esos datos. Antes este tipo me parecía raro, pero con lo de la orina me has dejado anonadado.