
Stonehenge es uno de los lugares y monumentos más conocidos del mundo. Está en el condado de Wiltshire, en Inglaterra, y se data entre el final del Neolítico y la Edad de Bronce, es decir, unos 2.500 años antes de Cristo, aunque las primeras fases pueden ser incluso del 3.000 a.C.
El monumento y toda la zona circundante eran propiedad de la familia Antrobus, allá por 1820. No recibía entonces el cuidado que genera en la actualidad y estaban los restos en un abandono preocupante. Al menos, visto con nuestros ojos actuales. Los visitantes podían arrancar trozos de piedra con un cincel y llevárselos como recuerdo, o grabar con algún objeto su nombre en las rocas. En el año 1900 una de las enormes piedras verticales se derrumbó, y el dintel que estaba sobre ella acabó también en el suelo y partido.
Los problemas económicos obligaron a la familia Antrobus a subastar la finca que contenía Stonehenge
Este incidente colmó la paciencia de la familia Antrobus, que cercó el recinto y estableció un precio de entrada para financiar el mantenimiento. En 1914, a comienzos de la Gran Guerra, el heredero de la baronía de Antrobus falleció en combate, y poco después su padre le siguió. A pesar de haber establecido la venta de entradas como método para financiar el mantenimiento de Stonehenge, el hombre al que fue a parar todo tras estas muertes, Sir Cosmo Antrobus, se vio frente a un problema económico severo.
La decisión que tomó para salir del paso fue dividir la finca que contenía los restos neolíticos y subastarla. Esa subasta se celebró el 21 de septiembre de 1915 en Salisbury, y la casa Knight, Frank & Rutley dirigió el evento. El lote 15 en venta era “Stonehenge con alrededor de 30 acres, 2 roods y 37 perches de terreno colindante”. Unas 12 hectáreas de finca, con las conocidas piedras dentro de él.
Sir Howard Frank, el maestro de ceremonias, puso sobre la mesa un precio inicial de 5.000 libras. Subió sin problema hasta las 6.000 y ahí se estancaron las ofertas. Frank, que debía conocer su trabajo, comentó que era imposible valorar un lugar como Stonehenge correctamente, pero que si nadie ofrecía más de 6.000 libras, aquel sería el precio de adjudicación. Eso revivió ligeramente las pujas, que llegaron hasta las 6.600 libras antes de cerrarse y adjudicar el lote 15 a un abogado llamado Cecil Chubb.
A pesar de las palabras del conductor de la subasta, el precio no era tampoco irrisorio, ya que hablamos de algo más de medio millón de euros actuales.

Después de ganar la subasta, el nuevo propietario regaló todo al Estado
El ganador era un hombre de la zona que gracias a su esfuerzo y talento había podido estudiar en Cambridge y acabar siendo un abogado y empresario de éxito. El motivo por el que Chubb estaba en la subasta, según se cuenta, era que su mujer le había pedido acudir para intentar comprar algunas sillas para el comedor de casa. Dicho esto, parece ser que cuando vio el lote 15 y lo que contenía, pensó que aquello debía quedarse en manos de alguien local, y eso le animó a pujar, quizás algo alocadamente. La leyenda dice que su mujer no se mostró muy satisfecha cuando llegó sin las sillas y con las escrituras de un terreno con un monumento megalítico.
El 31 de octubre de 1918, tres años después de la compra y unos días antes del final de la Primera Guerra Mundial, Chubb y su mujer, que se llamaba Mary Bella Alice, firmaron un documento por el que entregaban Stonehenge y su parcela al Estado británico. La donación establecía, eso sí, tres condiciones:
- Que el público tuviera acceso al recinto, pagando una entrada razonable.
- Que el lugar se mantuviera tal y como estaba en aquel momento.
- Que no se levantara ninguna construcción a menos de 400 yardas (unos 365 metros), salvo una pequeña garita para cobrar el peaje.
La compensación del Estado fue nombrar baronet a Cecil Chubb, que es más que caballero pero menos que barón.
