
En unas semanas, el día 17 de julio, se cumplirán 90 años del inicio de la Guerra Civil Española. Nuestra historia está cargada de personajes, hechos y situaciones vergonzosas, pero esta, quizás por cercanía, es una de las más significativas. Un buen ejemplo de lo inhumanos e insensibles que podemos llegar a ser se puede ver en que tantos acudían a ver las ejecuciones sumarias al inicio de la contienda, que había puestos de churros para los asistentes.
En esos días de julio de 1936, se desató una represión que devino en asesinatos por doquier, muchas veces por sospechas absurdas o por rencillas que nada tenían que ver con la guerra. Los que tenían la fuerza para hacerlo, fueran de un bando o del contrario, actuaron como salvajes. Valladolid, concretamente, quedó bajo el mando de los sublevados, entre los que estaban los generales Andrés Saliquet y Miguel Ponte.
En esta ciudad castellana, gran parte de los fusilamientos se llevaban a cabo en las afueras de la ciudad, a primeras horas de la mañana. En algunas de ellas había detrás un juicio, o un simulacro de juicio, y en otros casos esas garantías habían sido pisoteadas. Tan seguros se sentían los ejecutores que la ciudad entera estaba al tanto de los hechos y ello acabó causando que aparecieran espectadores. El morbo vencía a la humanidad, y no eran pocos los que se presentaban en los lugares donde se llevaban a cabo los asesinatos para presenciarlos.
Las autoridades tuvieron que pedir a la gente que no fuera a ver las ejecuciones
Y si el morbo es uno de los motores del ser humano, la codicia es otro. Por eso, hubo quien montó un puesto de churros en aquellos lugares, algo que a uno parece apetecerle cuando ha madrugado para ver cómo matan a otra persona. Terrible. Además de churros es probable que se despacharan otros productos y bebidas alcohólicas como el anís. Que hubiera un punto de venta es un indicador claro de que el número de asistentes a las matanzas no era menor, sino más bien lo contrario.
La situación llegó tan lejos que la autoridad militar, la misma que permitía y promovía las ejecuciones, tomó cartas en el asunto. Publicó un bando oficial en el que hablando de “generosidad para con el vencido”, pedía que no se acudiera a ver las matanzas. Se mencionaba explícitamente que entre el público había niños, muchachas jóvenes y señoras. Se aludía a la piedad para no acudir a este tipo de actos por respeto a los desgraciados que estaban allí frente al pelotón de fusilamiento. Lo estaban por sus culpas, eso sí, pero lo uno no quitaba lo otro.
En una cosa tenía razón el bando: “La presencia de estas personas allí dice muy poco en su favor; y el considerar como espectáculo el suplicio de un semejante, por muy justificado que sea, da una pobre idea de la cultura de un pueblo.”
Como decía al comienzo, es un triste hecho que pone de manifiesto lo terrible que puede llegar a ser el ser humano y las barbaridades que se hicieron en España hace casi un siglo. No es sólo cosa de España, por supuesto. Esta historia me ha recordado a que Estados Unidos prohibió las fotos de linchamientos como tarjetas postales.
Foto: Fundación Joaquín Díaz.
