
Hace poco más de un siglo los crucigramas se popularizaron hasta convertirse en un problema social. Eran una adicción que consumía el tiempo de todo el mundo. Lo mismo que se dice hoy de las redes sociales es lo que se decía entonces de los crucigramas. La historia se repite. O, más bien, no es que los vicios del ser humano se repitan, es que cambian poco. Tenemos tendencia a dejarnos llevar y a disfrutar con placeres superficiales.
En abril de 1924 Richard Simon y Lincoln Schuster eran dos jóvenes que querían meter la cabeza en el mundo editorial. Sin mucha experiencia pero con buena intuición lanzaron el que se considera el primer libro de este tipo de juegos de palabras de la historia. Su título era The Cross Word Puzzle Book.
Los crucigramas eran un problema para la productividad empresarial, deportiva y hacían que la gente hablara menos
Hasta entonces, ese reino era dominio de los periódicos, que incluían algún juego o pasatiempo a diario en sus páginas. El primero de ellos se publicó en 1913 en el periódico New York World. (Si quieren ver y resolver aquel pionero crucigrama, lo publiqué en Curistoria hace unos dieciséis años). De hecho, la idea de hacer una publicación al respecto les llegó a los editores gracias a una tía de Simon que era fanática de los que publicaba New York World. Con esa recomendación de la señora, crearon un libro dedicado en exclusiva al tema. Y arrasó.
El volumen se vendía por 1,35 dólares y cada ejemplar llevaba un lapicero atado mediante una goma. Otra buena idea, porque ese añadido fue un atractivo para el público y permitía que el precio del volumen no pareciera tan alto. Como decía, el título arrasó en ventas y llegaron los problemas.
La gente se enganchó a los pasatiempos, a resolverlos en cadena gracias a que ahora tenían páginas y páginas repletas de ellos. Los medios de comunicación, y hasta los médicos, hablaban de adicción. En las universidades se estudiaba el fenómeno y se decía que afectaba a la forma de pensar. Las empresas se quejaban abiertamente de que aquella maldita afición estaba afectando a la productividad, porque los empleados se sumergían en los crucigramas en horas de trabajo.
Se prohibió usar los diccionarios en las bibliotecas para resolver crucigramas
Hubo quien demandó a su pareja por pasar el día enganchado al libro. Y tuvo que intervenir un juez y limitar el número de retos que podía resolver cada día. Tres en concreto. El Sindicato de Atletas Aficionados, en su reunión anual, puso de manifiesto que había quien no estaba entrenando suficiente porque estaba entretenido en adivinar qué palabra iba en cada lugar.
Para que se acaben de hacer una idea del alcance del vicio que surgió en torno a The Cross Word Puzzle Book, algunas bibliotecas públicas comenzaron a tener problemas con sus diccionarios. Los lectores, que no eran en realidad lectores, los estaban usando de manera tan habitual que se estaban estropeando a marchas forzadas. Tanto es así que algunas incluso limitaron el tiempo de uso de los diccionarios y prohibieron su consulta para resolver juegos de palabras.
Es curioso que The New York Times, que todavía hoy sigue promocionando este tipo de actividades, que además son un importante atractivo del periódico, escribiera hace un siglo contra estos. Los calificaba de pérdida de tiempo, y afirmaba que sus fanáticos sufrían una especie de locura. Su posición cambió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando decidieron incluir este tipo de juegos de entretenimiento para aligerar la lectura del periódico, repleta de tensión y malas noticias.
Lógicamente, esto hizo que Simon & Schuster, como se llamaba la editorial, consiguiera una cantidad de ingresos enorme que le permitió crecer y convertirse en un gigante en su sector.
Seguro que todo esto les resulta familiar, si piensan en lo que se dice en la actualidad de las redes sociales. También se las califica como una pérdida de tiempo y se dice que generan adicción. Como los crucigramas hace un siglo. Y es cierto que las redes sociales tienen su impacto en la productividad, que enganchan y que separan a unas personas de otras, porque todos miramos el teléfono, como antes miraban el papel. Sus contenidos a menudo son superficiales e inútiles, que es lo mismo que se decía de resolver los juegos de palabras. En definitiva, nada nuevo bajo el sol, pero curiosamente hoy no se ve a los crucigramas como un mal terrible.

