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Ladrones de arte, de Ana Trigo

En 1961 robaron en la National Gallery un retrato de Wellington pintado por Goya en 1812. Tal fue el revuelo causado en la opinión pública, que en la película de James Bond Agente 007 contra el Dr. No, hacen un guiño al hecho. El agente al servicio de Su Majestad se encuentra el retrato en la guarida submarina del villano y dice: Así que aquí es donde estaba. La historia real es mucho más sorprendente que el robo por parte de un villano del mundo de James Bond. Créanme. Y de este tipo de relatos está repleto este libro del que les hablo hoy: Ladrones de arte, de Ana Trigo (afiliado).

En los veintinueve capítulos de la obra se tratan otros tantos casos de robos, expolios, falsificaciones y hechos similares, relacionados con el arte. Algunos conocidos, como los saqueadores de tumbas faraónicas o todo lo que hicieron los nazis para apropiarse de obras para su uso público y privado, mientras despreciaban lo que ellos llamaban el arte degenerado. Pero hay otros casos, como el del robo de ese retrato de Wellington de Goya, que son mucho menos populares.

Ladrones de arte, de Ana Trigo, va de un stradivarius perdido, al robo del fragmento de un Velázquez o la historia de un libro falsificado y dado por bueno

Una vez pasados los primeros capítulos, que, por fuerza, son narrados desde un enfoque más amplio por haber menos detalles conocidos sobre los hechos, entra uno en una colección de personajes cuyas biografías le hacen a uno pensar que hay vidas alucinantes aquí cerca. A veces hay detrás del caso un guante blanco al estilo de Lupin, en otros, un desastre.

Se habla, por ejemplo, de Cornelius Gurlitt, un anciano que tenía en su casa millones de euros en obras de arte que había conseguido su padre durante la Segunda Guerra Mundial. Durante décadas consiguió volar por debajo del radar de cualquier control, pero, un día, todo cambió de la forma más absurda. Esta narración me ha recordado a los relatos de Ferdinand von Schirach (afiliado), un autor que me encanta.

Otro caso es el de Erik el Belga, un tipo muy conocido y que quizá sea el mayor ladrón de arte de la historia. Y sigan sumando asombro con el enigma de algún Velázquez desaparecido del Palacio Real de Madrid, aunque más bien es un fragmento de un Velázquez. Con la extraña desaparición de un Stradivarius. Con el robo en el Museo Isabella Stewart Gardner, que es el mayor robo de propiedad privada de la historia de Estados Unidos.

¿Dónde está el arte que desaparece?

Por fuerza la narración tiene que ser sintética, para poder trazar de manera completa en unas pocas páginas los hechos, pero eso hace también que no haya descanso en el contenido. Personalmente me ha parecido una lectura muy amena, a pesar de que, como decía, hay sucesos que ya conocía o incluso había contado en Curistoria.

Uno acaba pensando en la cantidad de maravillas que se han perdido a lo largo de la historia, por unos motivos u otros. Porque en algunos de los casos que se cuentan, la consecuencia final fue la pérdida o destrucción de los objetos robados. Y también se viene a la cabeza que seguro que en otros casos alguien tiene una obra en su poder, disfrutando al saber que es robada y que solo él tiene acceso a ella.

El libro está escrito por Ana Trigo, una tasadora de arte, antigüedades y libros antiguos, además de licenciada en Humanidades y graduada en Derecho. Es una experta en este mundo del arte y las tasaciones, y supongo que de ese interés deviene la chispa de este libro, que se suma a otras publicaciones anteriores, tanto de ficción como de no ficción. La editorial es Ariel de la obra, por cierto.

Manuel J. Prieto

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Manuel J. Prieto

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