Ya sabemos que muchos políticos son promotores del haz lo que digo, no lo que hago. Es decir, que dicen una cosa y nos la imponen al resto, mientras ellos van por otro lado. Paren un momento a pensar y tendrán varios ejemplos en la cabeza. Esta curistoria de hoy es un ejemplo de ello, si bien el paso del tiempo hace que casi nos parezca divertido.
En enero de 1920 entró en vigor la Decimoctava Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que no es otra que la que prohibía la fabricación, venta y transporte de bebidas alcohólicas. En definitiva, arrancó lo que todos conocemos como ley seca. Sobre el papel, no se podía beber en el país, pero bien sabemos que seguía habiendo alcohol sin mucho problema y que todo aquello hizo que aumentaran los crímenes y el contrabando.
Uno de los sitios donde era posible conseguir bebida sin dificultad era el Capitolio. De hecho, era un lugar con las máximas facilidades para ello, gracias a un señor conocido como El hombre del sombrero verde. Y digo conocido, porque todos los políticos y funcionarios lo conocían bien y se aprovechaban de sus servicios, que no eran otros que el contrabando y venta de bebidas. Alcohólicas, se entiende.
Ese tipo del que hablamos era George L. Cassidy, un veterano de la Gran Guerra, que frente a los problemas para encontrar trabajo una vez que volvió de combatir en Europa, tomó el camino del delito como modo de vida. Hablamos del contrabando y distribución de alcohol. Lo curioso es que Cassidy no se ocultaba para delinquir, sino que paseaba ufano con su sombrero verde por el Congreso de Estados Unidos.
Vestir un sombrero verde, por lo que se ganó su sobrenombre, no era un detalle vanidoso sin más. Era la forma de que lo vieran fácilmente entre la gente en cualquier pasillo, y así pudieran solicitarle sus servicios. Por supuesto, sus clientes eran principalmente los propios congresistas estadounidenses. Los mismos que hacían las leyes.
Cassidy se movía por los despachos y pasillos sin muchas restricciones y el negocio funcionaba bien. Tan bien que necesitó un lugar dentro del edificio para almacenar el producto y, por supuesto, se le proporcionó uno.
La cosa duró aproximadamente una década, si bien en 1925 tuvo algún problema. Fue detenido con seis botellas de whisky y se le prohibió la entrada al edificio. Pero no fue el fin. Estuvo otros cinco años activo en el edificio Russell, el más antiguo de los bloques de oficinas del Senado. Allí siguió despachando bebidas a los políticos y funcionarios.
En 1930 fue arrestado de nuevo, y esta vez fue definitiva. Entre otras cosas, porque decidió contarlo todo, aunque fue discreto con los nombres de sus clientes. The Washington Post fue el medio que hizo pública su historia y según este mismo medio, en torno al 80% de los senadores y congresistas debían beber alcohol habitualmente, a pesar de ser una actividad ilegal.
Según parece, la policía le incautó una lista con el nombre de sus clientes. Algunos políticos pidieron que se hiciera pública, para limpiar su nombre de dudas, pero, vaya usted a saber por qué, la lista nunca se hizo pública.
Como dijo el propio George Cassidy: “no hay mayor hipocresía que la de un congresista votando seco y bebiendo húmedo” (voting dry and drinking wet). Seguro que no les cuesta mucho encontrar un ejemplo actual de este tipo de hipocresía entre los políticos actuales.
Si les interesa la ley seca, en Curistoria hay ya unas cuantas entradas sobre el tema.
Fuente de la imagen: reddit
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