Arte

La escultura de nieve de Miguel Ángel Buonarroti

Ya conté aquí que Miguel Ángel esculpió la espalda de Cristo en La Piedad, aunque no se vea. Solo metiendo la mano por un estrecho hueco se puede palpar esa parte de la escultura que está oculta a los ojos. Sabiendo esto, no nos extraña que cuando le pidieron una estatua de nieve en 1494, el genio florentino creara algo espectacular y muy alejado de nuestra idea de un muñeco de nieve.

En realidad, la idea actual de este tipo de esculturas efímeras de nieve, ya saben, las dos bolas, la zanahoria como nariz y las ramitas como brazos, no nació hasta finales del siglo XIX. No así el usar la nieve como material para esculpir, que es una costumbre muy anterior, incluso hay fuentes del siglo XIV que lo mencionan. Por otra parte, en 1511, en Bruselas, los ciudadanos llenaron las calles de obras de este tipo como protesta contra el gobierno. A esta tradición se sumó, por un momento, Buonarroti.

En enero de 1494 una nevada transformó el paisaje toscano, incluida la propia ciudad de Florencia. Tanta cantidad era muy poco habitual, pero aquel 20 de enero los florentinos tuvieron que despejar las entradas de sus casas para poder caminar. El signore en el poder en aquel momento era Piero de Medici, el Infortunado. Era hijo del conocido Lorenzo de Medici, que había muerto en 1492. Piero perdería su posición ese mismo año de la gran nevada, pero esa es otra historia.

La escultura de nieve de Miguel Ángel Buonarroti era bellísima, según palabras de Vasari

Lo que nos ocupa hoy es una obra de Miguel Ángel (Michelangelo) Buonarroti. Tenía entonces 19 años y su situación era inestable desde que Lorenzo el Magnífico había fallecido. Aquella nevada del 20 de enero, que consignó el boticario Luca Landucci en su famoso diario de la ciudad, le permitió al artista ganar relevancia.

Piero de Medici lo mandó llamar y le pidió que aprovechara la nieve para esculpir algo en el patio del Palazzo Medici-Riccardi. Podríamos pensar que alguien acostumbrado al mármol y a crear para la posteridad, se inclinaría por una faena de aliño para salir del paso, sabiendo que en unas horas su trabajo sería agua por el sumidero. Pero no fue así, se empleó a fondo y se adaptó al material para obtener el máximo de él.

Según Vasari (enlace afiliado), la estatua fue bellísima. Tenía una cuidada anatomía y una gran maestría en los volúmenes. Es cierto que siempre se dice que Vasari tendía a la hagiografía y a exagerar las anécdotas, si bien sigue siendo una referencia esencial para este periodo renacentista y sus artistas. Pero sabiendo lo que hizo Miguel Ángel con la espalda de Cristo en La Piedad, es fácil pensar que se aplicó con dedicación.

No se sabe qué figuro creó, quizás un Hércules, quizás un león

Lo que no se sabe con certeza es qué figura esculpió. Quizás fuera un Hércules, lo que tiene sentido, ya que Miguel Ángel trabajó en uno en esa época. Así lo dice Condivi en su Vida de Miguel Ángel Buonarroti (enlace afiliado), escrito en 1553. Aunque en aquel caso lo saco de un bloque de mármol de Carrara. Condivi cita esta escultura de nieve en su texto, pero no aclara qué figura era. Hay otras fuentes que aseguran que fue un león. Este animal era el símbolo de Florencia, por lo que podría ser plausible.

Piero de Medici quedó fascinado por el trabajo del joven escultor, y volvió a acogerlo en su entorno más cercano, permitiéndole vivir en palacio e incluso comer en su mesa. Recuperó así Buonarroti, gracias a un «muñeco de nieve», el estatus y prestigio que había comenzado a labrarse (nunca mejor dicho) en la época de Lorenzo el Magnífico.

No es la única obra de Miguel Ángel Buonarroti que no ha llegado hasta nuestros días, aunque en este caso estaba condenada desde los primeros copos. Era algo efímero y hecho a finales del siglo XV, así que no hay registros gráficos de ningún tipo y supongo que no fueron muchos los que pudieron verlo. Sin duda, una pena.

La imagen que acompaña la entrada fue publicada en la revista The Quiver en 1893 y la he encontrado en un artículo sobre el tiempo y la materia en la obra de Miguel Ángel.

Manuel J. Prieto

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