Este cuadro de Johannes Vermeer, nacido en 1632, es uno de sus más reconocidos trabajos y una obra muy popular. Si no me equivoco, hasta aparece en la publicidad de algún producto. Es un bodegón con un nivel de detalle espectacular, en el que el aspecto del pan o la leche vertiéndose son auténticas maravillas de capacidad artística para representar la realidad.
También destacan los colores amarillo y azul, este último, basado en el lapislázuli (me encanta esta palabra) y no en la azurita, mucho más barata, como era habitual. Pero no es esto lo que trae a Vermeer a Curistoria, sino el clavo de la pared.
Si se fijan, sobre el hombro derecho de la mujer, en la pared, hay un clavo sin nada colgado, vacío, sin más. No es casualidad, como es lógico. Nada es por casualidad es las grandes obras de arte. Y así, ese clavo denota que algo falta, que algo se dejó el pintor sin colgar.
En los análisis hechos al cuadro mediante rayos X, se puede ver cómo en la primera versión del cuadro de La Lechera, había un lienzo colgado en el muro, un lienzo colgado de ese clavo. En la versión final el autor “descolgó” el cuadro de su cuadro. Pero dejó el clavo que lo sujetaba, curioso.
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