Bailaba el rey inglés Eduardo III con la condesa de Salisbury (Juana de Ken según otras fuentes), cuando a esta se le cayó la liga de una pierna. Es decir, la jarretera, que seguramente era de color azul a juzgar por el escudo de la imagen. El monarca, cortés, en sentido doble, por amable y por encarnar la propia corte, se agachó a recogerla. Entre los asistentes al baile, surgieron rumores y algunas risas no exentas de malicia que no gustaron a Eduardo III. Este ciñó de nuevo la jarretera en la pierna de su compañera de baile y dijo, en francés: “que se avergüence el que piense mal” (Honi soit qui mal y pense).
El rey se propuso convertir aquella jarretera en un símbolo que todos desearan y lucharan por tener y fundó la Orden de la Jarretera. Son pocos los elegidos y es el mismísimo Rey de Inglaterra el que decide sobre sus miembros. Desde luego, consiguió su propósito, dignificar la jarretara de su compañera de baile.
Esta es la versión más conocida de la leyenda sobre el origen de la famosa orden; otras la asocian a las cruzadas y San Jorge.
Fuente principal: ABC.es
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