Edgar Allan Poe y el reto criptográfico

El escritor Edgar Allan Poe era un gran aficionado a la criptografía, como habrán intuido ustedes después de la lectura de algunos de sus relatos, como “El escarabajo de oro”. Esta afición le llevó a publicar en un periódico, el Alexander’s Weekly Messenger de Filadelfia, un mensaje solicitando que le fueran enviados textos cifrados por parte de los lectores, y que él los resolvería o descifraría. Corría el año 1839 y el premio ofrecido era

La visión de Julio Verne

Hace un par de días hablábamos de los predecesores de los robots actuales, los karakuri, que no eran más que ingenios mecánicos muy complejos. La imaginación necesaria para crear estos objetos es enorme. Hoy vamos a hablar de un hombre que también se adelantó a su tiempo y que además demostró tener una buena imaginación para predecir el futuro: Julio Verne. Me atrevo a asegurar que todos ustedes conocen algunas de las obras de Verne

Su majestad es un agujero

¿Recuerdan ustedes cuando comentamos la ingeniosa frase de Quevedo “donde se mea no se ponen cruces”? Pues la ocurrencia de hoy es casi mejor que esta, y es que el gran Quevedo es un pozo sin fondo. Política y literatura fueron sus dos grandes pasiones, si no me equivoco y corriendo el riesgo de dejarme otras en el tintero, y en la historieta de hoy el poeta mezcla ambas con maestría. Reinaba por aquel entonces

Amadeo I y Cervantes

En un momento de la historia de España, allá por los años finales del siglo XIX, la corona española recayó en Amadeo de Saboya, que reinó como Amadeo I. Los problemas para encontrar un monarca apropiado que ocupara el lugar dejado por la derrocada Isabel II, llevaron a los políticos españoles a buscar por Europa y finalmente “fichar para el puesto” a Amadeo de Saboya, duque de Aosta. Podemos hacernos una idea de lo complicado

Los Dalton

Los famosos enemigos de Lucky Luke son cuatro hermanos, de altura decreciente y maldad inversamente proporcional a dicha estatura. Pero hay otros tipos que no pertenecen al mundo de la fantasía y el comic y que también eran conocidos como los Dalton. Se trata de una banda de forajidos que durante finales del siglo XIX se dedicó a delinquir por varios estados de Norteamérica, formada por cuatro hermanos y algunos compañeros más. Tres de los

Fray Luis de León: Como decíamos ayer

Esta anécdota o historia está en mi cabeza desde que la aprendí siendo niño en la escuela. Y además, creo que es muy conocida y utilizada en las conversaciones, por lo que nunca había pensado escribirla en el blog. Pero hace unos días en la radio, alguien la mencionó y no acertó con el autor y el resto de personas que estaban allí tampoco lo tenían demasiado claro. Así que aquí va la historia, y

Los quevedos o anteojos

Hace unos días hablábamos de una de las genialidades del gran Quevedo (Donde se mea…). Y precisamente Quevedo fue uno de los primeros en usar los anteojos en el Madrid de su época, para suplir su falta de visión provocada por la miopía, y es famosa su imagen con los mismos. Y gracias a estos retratos y a la imagen de Quevedo, se conoce a los anteojos como quevedos. Los anteojos no son lo mismo

Donde se mea no se ponen cruces

En la España de Quevedo, en el Siglo de Oro, era común que la gente orinara en las esquinas, en los portales o en las mismas puertas de las casas. Para evitar estas evacuaciones, algunos vecinos ponían en las puertas y paredes especialmente críticas o atractivas, una cruz o algún santo.Por lo visto, Quevedo tenía la costumbre de utilizar comúnmente un determinado portal como urinario. Un día se encontró en él una cruz y a

Los caballeros de la mesa redonda

Efectivamente, esto no es exactamente algo histórico, pero ustedes me perdonarán. Los caballeros artúricos que se reunían en la Mesa Redonda, parece ser que según la mayoría de los autores eran 10, aunque Sir Walter Scott colocará a doce en Ivanhoe.También según la mayoría de autores, los nombres de estos caballeros eran: Lancelot, Tristán, Lamorac, Tor, Galahad, Galwain, Palomides, Kay, Marco y Mordred. Todos caballeros, todos iguales, pero no todos igual de famosos. Quizás Lancelot,

Unamuno se lo merecía

Cuando Alfonso XIII le otorgó a Miguel de Unamuno la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio, el escritor comentó: «Me honra, Majestad, recibir esta cruz que tanto merezco». El monarca le contestó: «¡Qué curioso! Por lo general, la mayoría de los galardonados aseguran que no se la merecen». Finalmente, el escritor replicó al Rey: «Señor, en el caso de los demás, efectivamente no se la merecían».