Homenaje a José Luis Alvite

José Luis Alvite
(José Luis Alvite)

Pocas son las ocasiones en las que las entradas de Curistoria se alejan de la temática habitual y de su contenido y contexto. Muy pocas. De hecho, en este momento mi mala y selectiva memoria me dice que únicamente ha ocurrido una vez y por el mismo motivo por el que ocurre hoy. Entonces era octubre de 2007 y había muerto Juan Antonio Cebrián. En 2015 de nuevo la muerte nos lleva al homenaje, en este caso, al recién fallecido José Luis Alvite.

Han hecho falta dos cánceres para llevarse al monstruo de las metáforas, al gran cronista del Savoy. En el momento en que estoy escribiendo esto lo están enterrando y yo tengo aquí sobre la mesa seis libros escritos por él, que he repasado para hacer una pequeña selección con la que rendirle homenaje. Abriendo cualquiera de ellos al azar uno se topa con una idea, con una metáfora, con una frase que merece la pena ser recordada y hasta esculpirse en mármol. ¡Qué talento!

Son algunos los libros que tengo firmados y dedicados por sus autores, unos más conocidos que otros, todo sea dicho. Pero Alvite ha sido el único autor por el que he ido a un sitio concreto a conseguir su firma, no sin antes decirle cuánto lo admiraba. Le estreché la mano, y no se la besé por riesgo a tener luego que comenzar a fumar para evitar el mono de nicotina, y me llevé un dedicatoria que siempre ha sido especial para mi. Tan especial es, que lo que menos me importa es no saber qué demonios pone por no entender su letra. Al fin y al cabo tenía una buena excusa, era muy temprano para un tipo como él.

Aquí les dejó unas pequeñas perlas, aunque harían bien en leer todo lo suyo y con detenimiento.

Antes de ocurrir la desgracia del tren, la de Angrois era una de tantas aldeas de Galicia, lugares entrañables y apacibles en los que la vida transcurre tan tranquila, tan silenciosa, que hay perros que mueren de viejos sin haber aprendido a ladrar.

En aquel tiempo América era tan joven que las ciudades no tenían cementerio.

Una mujer como Terry Shelton es de rodillas como alcanza su talla más alta.

Los ricos tienen curriculums, los demás sólo tenemos antecedentes.

Tía Pepita trajo miles de niños al mundo, pero con las mismas herramientas también podría haberle cambiado las ruedas a un tractor.

Cada vez que reviso mi pasado caigo en la cuenta de que sólo valieron verdaderamente la pena las cosas que recuerdo mal, que son las que me permiten especular con ellas y adaptarlas para que merezca la pena haberlas vivido.

Una mujer deja de ser interesante cuando a su lado en la cama ya no te sientes lejos de casa.

Cuando uno está en el fondo del mar, muchacho, lo de menos es que el médico le haya prohibido la sal.

Hay mujeres que te miran como si te encañonasen.

Me casé con el hombre que pudo pagarme el jarrón para las orquídeas que me había regalado el hombre al que verdaderamente amaba.

Había un ambiente tan distendido que incluso cabía la posibilidad de que alguien te presentase de madrugada a tu propia esposa.

Un hombre está acabado cuando descubre que su biógrafo lleva dos días de brazos cruzados.

Sé que no habrá quien llore mi muerte porque no conozco a nadie a quien le deba tanto dinero.

El sexo no se distingue mucho de la televisión: dos minutos de acción y media hora de publicidad.

Los tipos como nosotros sólo estamos vivos para evitar que llegue toda la lluvia al suelo.

Hay pocas cosas tan excitantes como dar con una de esas chicas que después de un revolcón se ponen las gafas de leer para buscar las bragas.

La vida nos cambió de camino y nuestras llaves abren puertas distintas.

La sinceridad consiste en contar siempre la misma mentira.

El amor es algo muy resistente; se necesitan dos personas para acabar con él.

[Ya con el cáncer acabando con él, seguía fumando y cuando se lo reprochaban respondía] Dile a estas alturas a Jack El Destripador que comience a pagar las putas.

Imagen: El faro de Vigo

8 thoughts on “Homenaje a José Luis Alvite

  1. Me ha gustado mucho tu artículo. Sin embargo pienso que podías haber evitado la referencia a su entierro en aquel justo momento. No aportaba nada, no era necesario.

  2. Siempre he preferido no rebajarme a leer nada suyo, no merecía la pena ocuparme de un mediocre como él, sólo leí un artículo en julio de 1992 en el que, sin pruebas ni justificación alguna, acusaba a mi padre de haber cometido una estafa en su trabajo incluyendo en él incluso una fotografía de mi familia en la que figurábamos mis hermanos (ambos menores de edad entonces) y yo. Como buen carroñero buscó en la mierda para poder inventarse una historia tan falsa que la misma mañana que salió el periódico ya estaba denunciada con pruebas de su falsedad. Obviamente, antes de que llegara el juicio este cobarde utilizó el poder de su periódico sobre la empresa de mi padre para llegar a un pacto. Un millón de pesetas y una rectificación, ese es el precio del honor de una persona. El día que supe que tenía cáncer me alegré de que hubiera una justicia superior a la de los hombres y de que mis ruegos por un castigo durante todos estos años hubieran sido escuchados. Esperé con la paciencia del que sabe que tiene un as en la manga hasta que mi marido me llamó aquel día de enero para darme la noticia: “ya está”. Llegué a casa del trabajo y metí una botella de sidra achampanada en la nevera. Esa noche me senté en el salón de mi casa y la bebí pensando que, como decía Cervantes, el tiempo puede dar dulces salidas a las más amargas dificultades. Y aquí estoy, una vez más y siempre, para escupir sobre su memoria. El mundo habría sido un lugar mejor si nunca hubiera existido un ser tan deleznable como él y no, muerto el perro (con perdón de los perros) no se ha acabado la rabia. Nunca se acabará. Ojalá esté pudiéndose allá donde esté.

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