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lunes, 13 de agosto de 2012

Los británicos son unos borrachos

Bien podría decirse por el título que voy a narrarles un episodio relacionado con las vacaciones de los británicos en las costas españolas en estos días, pero no es así.  Ya le conté una vez lo que opinaba el mismísimo Winston Churchill de la tradición naval británica:
No me vengan con la tradición naval, no es más que ron, sodomía y latigazos.
Pero no queda ahí la cosa, otros destacados hombres, desde su propio corazón, han opinado sobre el ejército británico, como se muestra en las siguientes palabras de nada y nada menos que el duque de Wellington, en 1811:
El nuestro [ejército] se compone de la escoria de la sociedad, de la mera escoria de la sociedad. Los soldados ingleses no son más que tipos que se han alistado para beber; he ahí la verdad lisa y llana: todos se han alistado para beber. 
Fuente: Militaria, de Nicholas Hobbes

domingo, 12 de agosto de 2012

Sonríe, pero lleva un arma

Theodore Roosevelt, presidente de EEUU y premio Nobel de la Paz en 1905, dijo esta frase:
Habla con suavidad y lleva un buen garrote, llegarás lejos.
Pero no ha sido el único que ha pensado de este modo y aquí tenemos otro ejemplo:
Puedes llegar mucho más lejos con una sonrisa y un arma de lo que puedes llegar con solo una sonrisa.
Al Capone (1899-1947)

Fuente: El peso de la historia, de Michael Leventhal (Ed.)

miércoles, 8 de agosto de 2012

Una bragas, casus belli

Casus belli, es decir, motivos para la guerra los ha habido de todo tipo: conquistas, ofensas, riquezas, un cerdo, pasteles, riquezas, el fútbol, riquezas... y, según un historiador, hasta unas bragas.
La causa de la guerra franco-prusiana fueron las bragas de la reina de España; o más exactamente, la rapidez y la frecuencia de su descenso.
Richard Holmes (1946-2011)
Fuente: El peso de la historia, de Michael Leventhal (Ed.)

martes, 7 de agosto de 2012

Lutero y Carlos V

Lutero (1483-1546), hombre de sermones largos y retóricos, dijo lo siguiente sobre Carlos V (1500-1558):
¡Qué hombre!¡No habla en un año lo que yo en un día!
Tras la victoria en Mühlberg (1547) propusieron a Carlos V sacar a Lutero de su tumba y esparcir sus restos. Carlos V, que hablaba pocas veces según el fraile alemán pero que en este caso dijo unas sensatas palabras, sentenció de este modo.
Dejadle reposar; ya ha encontrado su juez. Yo hago la guerra a los vivos, no a los muertos.
Fuente: El gran libro de las citas glosadas, de Pancracio Celdrán

lunes, 6 de agosto de 2012

La preparación de un soldado

Con esta entrada inauguro la temporada de vacaciones de verano, en la que trataré no dejar el blog totalmente inactivo pero debido a los viajes no podré actualizarlo todos los días. Además, las entradas serán como la que sigue, es decir, una cita relacionada con la historia y con cierta enjundia, bien por su relevancia histórica o bien por su mensaje. La de hoy es la siguiente.

Puede que a los soldados no se les movilice en 100 años, pero no pueden dejar de prepararse ni un solo día.
Emperador Qianlong (1711⎯1799)

Fuente: Grandes líderes militares y sus campañas, de Jeremy Black.

domingo, 5 de agosto de 2012

No todos los cerdos son iguales

Conocerán ustedes el famoso dicho que suele soltar al aire cuando uno, retador, no toma en consideración las palabras de otro, por muy principal que sea este segundo, y que reza: lo diga Agamenón o su porquero. Ambos iguales, el más alto y el más bajo. Y para mostrarles la otra cara de la moneda, la curistoria de hoy narra cómo ni siquiera los propios cerdos son todos iguales.

Luis VI de Francia, cuyo sobrenombre era El Gordo, tuvo un hijo llamado Felipe que con tan sólo quince años de edad murió al caerse de un caballo. Un cerdo se había metido bajo las patas del equino y había provocado el fatal accidente. Por esta desgracia, el rey prohibió que los cerdos rondaran libres por las calles de París, cuestión según parece bastante común en aquel tiempo pero no sólo en aquel lugar.

Todos los cerdos parisinos, y no se tome esto con doble sentido, se vieron recluidos por causa de la orden real, todos salvos los cerdos de la abadía de San Antonio, ya que las religiosas del convento se negaron a que sus cerdos fueran equiparados al resto de puercos de París. Como les decía, ni siquiera todos los cerdos son iguales. Unos tienen están más cerca de Dios que otros, una vez más, sea esto dicho sin dobles sentidos o malas intenciones.

jueves, 2 de agosto de 2012

Las cuentas del duque de Wellington

Muchos de ustedes conocerán la historia relativa a las cuentas del Gran Capitán, cuestión que narré en Curistoria hace cuatro años largos. Pues bien, parece que en una situación similar se vio el duque de Wellington durante la Guerra de Independencia Española. Al menos, a este se le atribuye una carta con el siguiente texto destinada al Foreign Office británico, tan bien sentado y tranquilo en Londres mientras Wellington, o más bien su caballo, pateaba suelo ibérico.
Caballeros:
En tanto que marchábamos desde Portugal hacia una posición desde la que se divisa el acceso a Madrid y las fuerzas francesas, mis oficiales han estado quejándose diligentemente de las propuestas de ustedes, enviadas a través de un barco de Su Majestad de Londres a Lisboa y desde allí mediante despacho a nuestro cuartel general.
Hemos hecho recuento de nuestras sillas de montar, bridas, tiendas de campaña y palos, y de toda clase de objetos variados de los que el Gobierno de Su Majestad me hace responsable. He despechado informes sobre la personalidad, la inteligencia el genio de cada oficial. He dado cuenta de cada pertrecho y cada cuarto de penique, con dos lamentables excepciones por las que suplico la indulgencia de ustedes.
Por desgracia, sigue sin saberse qué ha sucedido con la suma de un chelín y nueve peniques del dinero para gastos menores de un batallón de infantería, y ha habido una espantosa confusión en cuanto al número de tarros de mermelada de frambuesa suministrado a un regimiento de caballería durante una tormenta de arena en la España occidental. Tan censurable descuido bien puede achacarse a la presión de las circunstancias, puesto que nos hallamos en guerra con Francia, un hecho que tal vez suponga una sorpresa para ustedes, los caballeros de Whitehall.
Lo dicho me lleva a mi verdadera intención, que no es otra que la de solicitar que me sean aclaradas las órdenes recibidas del Gobierno de Su Majestad, para que así llegue a entender mejor por qué estoy arrastrando un ejército a través de estas yermas llanuras. Interpreto que forzosamente ha de ser por uno de los motivos que les expongo más abajo. Trataré de cumplir lo mejor que puede cualquiera de los dos, pero no puedo lograrlos ambos:
1.- Instruir un ejército de eruditos ingleses uniformados en España para beneficio de contadores y oficinistas en Londres o, por ventura
2.- Ocuparme de que las fuerzas de Napoleón sean expulsadas de España.
Su más humilde servidor, Wellington.
Como se deduce de esta carta, si es cierta, parece que el oficial británico no estaba muy conforme con la cantidad de explicaciones y burocracia que se le exigía desde Londres.

Fuente: Militaria, de Nicholas Hobbes

miércoles, 1 de agosto de 2012

Los submarinos, jauría de lobos

No hace mucho ha sido publicado un libro titulado Una jauría de lobos, escrito por Miguel del Rey y Carlos Canales (rosaventero mítico de la tertulia de las 4C) y he pensado que merece una Curistoria el por qué del título del libro. Aunque lo tengo tengo en mi biblioteca desde hace semanas, aún no lo he leído, pero estoy seguro al cien por cien de que el título hace referencia a los ataques realizados por grupos de submarinos contra convoyes de barcos. Se suele asociar con los submarinos alemanes que combatieron en la batalla de Atlántico llevando al fondo del mar miles de toneladas en barcos, pero también los Estados Unidos usaron esta forma de combate en el Pacífico contra naves japonesas.

Habitualmente los submarinos patrullaban por separado, repartiéndose las zonas y vigilando las rutas más comunes para los convoyes. Cuando uno de estos era localizado, se comunicaba el avistamiento al resto de los submarinos y todos acudían para llevar a cabo un ataque coordinado. Cuando el número congregado era suficiente para comenzar una acción con garantías de éxito, la jauría comenzaba su ataque. Este método de combate en grupo es la razón por la que se denominó jauría de lobos (wolfpack en inglés o wolfrudel en alemán), ya que su modo de actuar es similar al que utilizan los lobos para cazar.

La cara de esta moneda está en que para avisar el resto de la jauría y preparar el ataque, los submarinos debían emitir un gran número de señales de radio para comunicarse, lo que permitía la localización de los mismos y por lo tanto permitía contraatacar.

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