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viernes, 31 de octubre de 2014

Un tranvía, un reloj y la teoría de la relatividad

Albert Einstein
Albert Einstein
En 1905, en Berna, Suiza, Albert Einstein se dirigía a casa en el tranvía pensando en sus cosas cuando la visión de la torre del reloj de Berna cambió su mente y con ello cambió también el mundo. El genio estaba dándole vueltas a cómo cuadrar las piezas del puzle que tenía en la cabeza y que mezclaba sus ideas sobre la velocidad de la luz con las leyes tradicionales de la física newtoniana.

No encajaban las piezas y las paradojas se sucedían en sus razonamientos, llevándole a la desesperación. Al mirar al reloj de la torre, y quizás por esas extrañas conexiones que en ocasiones hace nuestra mente sin que las comprendamos y casi sin contar con nosotros, Einstein pensó en qué ocurriría si el tranvía en el que iba montado viajara en realidad a la velocidad de la luz.

Pensó que si el tranvía iba a la velocidad de la luz este parecería congelado ya que la propia luz no podría alcanzar al tranvía por su velocidad, pero que en cambio un reloj cualquiera, dentro del tranvía, funcionaría sin problemas segundo a segundo.

En aquel momento, como decía, el mundo cambió. Según el propio Einstein:
Una tormenta se desencadenó en mi cabeza.
El reloj le había dado la clave para que las piezas comenzaran a encajar. Quizás la velocidad de la luz fuera una constante y no el propio tiempo, que podría variar y cambiar de velocidad. Como habrán supuesto, aquel pensamiento fue el desencadenante del razonamiento que llevó a Einstein a su teoría de la relatividad, que tan importante ha sido desde que nació. Gracias a un reloj y un tranvía.

Fuente: The greatest science stories never told, de Rick Beyer

martes, 28 de octubre de 2014

El honrado San Eloy, patrón de los joyeros

Coronación de San Eloy como obispo
(Coronación de San Eloy como obispo)
En estos días de corrupción y trinque por doquier conviene acordarse de San Eloy, patrón de los orfebres, joyeros y plateros, entre otros. ¿Por las joyas que compran los ladrones con lo que roban? No, más bien por lo contrario.

En el siglo VII hubo un rey de los francos llamado Clotario II al que se le antojó tener bajo sus posaderas la silla más lujosa y suntuosa que hubiera existido. Convocó a los mejores ebanistas y orfebres y les pidió consejo e ideas, a lo que todos respondieron con ideas grandiosas, solicitando ya de paso enormes cantidades de oro y plata para llevar el proyecto a cabo. Ninguno acabó por llevarse el gato al agua y el rey, que no veía su idea satisfecha, conoció a Eloy.

Eloy era un carpintero y fue presentado al rey como un prodigio en su artesanía. Clotario II confió en él y le hizo el encargo, dotándole lógicamente de lo que necesitara para su proyecto. Poco tiempo después se presentó en la corte el artesano con un enorme bulto sobre un carro y tapado con un manto.

Cuando el rey descubrió el trabajo, no había una silla sino dos. Ambas hechas con una perfección y un gusto que deleitó al rey. Este, encantado, le preguntó cómo era posible que habiéndole entregado él los metales preciosos para una única silla hubiera sido capaz de hacer dos sin pedir más suministros. Eloy le respondió que no sólo había suficiente para dos sillas sino que había sobrado, y al momento le entregó esos restos a Clotario II.

El rey quedó fascinado por el trabajo hecho y la honradez de Eloy. Tal es así que Clotario II lo nombró su monetario. Más tarde fue tesorero de Dagoberto I, antes de comenzar su vida religiosa y acabar siendo obispo. Y así todos los primeros de diciembre se celebra el día de San Eloy, patrón de plateros, orfebres, joyeros, herreros, metalúrgicos y Numismáticos.

Fuente: Anécdotas de la historia, de Pancracio Celdrán

domingo, 26 de octubre de 2014

El reloj de sol de Roma, un siglo marcando mal la hora

Reloj de sol del siglo I
(Reloj de sol del siglo I)
Este fin de semana se ha cambiado la hora, como ya todos sabrán a estas alturas, para adaptarnos al sol invernal. En Roma, en el siglo III a.C. instalaron el primer reloj de sol que hubo en aquel lugar y allí permaneció, sin cambios horarios ni zarandajas, indicando mal la hora durante un siglo.

El reloj en cuestión había sido capturado en la ciudad de Catania, en Sicilia, como parte del botín de guerra tras una batalla de la Primera Guerra Púnica. Uno de los parámetros esenciales para que un reloj de sol funcione es la localización del mismo, lógicamente. Bien, no eran los romanos tan tontos como para ignorar esto pero no les importó lo más mínimo, instalaron el reloj de sol a pesar de todo. Los más de cuatro grados de diferencia en la latitud geográfica entre Catania y Roma, de 37,31ºN a 41,53ºN, hacían que el reloj fuera casi más un adorno que un reloj.

En cualquier caso, como decía, lo dejaron en Roma casi un siglo, noventa y nueve años para ser exactos, marcando mal la hora. Como decía una comedia de Plauto, también de la Roma Clásica:
Que los dioses confundan al que inventó las horas y puso en esta ciudad un reloj de sol cortándome el día en trocitos bien ordenados. Cuando era un niño el único reloj que tenía era mi estómago, mucho mejor y más fiable que cualquier de esos. Siempre me avisaba de comer, excepto cuando no había nada que echarse a la boca.
Fuente: Gabinete de curiosidades romanas, de J.C. McKeown

viernes, 24 de octubre de 2014

La guillotina en Francia, de 1792 a 1977

Hamida Djandoubi, último guillotinado en Francia
(Hamida Djandoubi, último guillotinado en Francia)
Aunque la guillotina ha sido adoptada por muchos países como método para aplicar la pena capital, está asociada a Francia por la Revolución Francesa. Aunque esta tuvo lugar en el año 1789, el primer ajusticiado fue un bandido llamado Nicolás Jacques Pelletier, en mayo de 1792.

Pelletier era un malhechor habitual y en 1791 participó en un robo que acabó con un hombre muerto. Fue capturado poco después y condenado a muerte, en principio para que dejara este mundo el 31 de diciembre de 1791. Para entonces ya era la guillotina el único método de ejecución admitido en Francia y gracias a ello pudo vivir algunos meses más de lo esperado. Se tardó unos meses en disponer de la máquina y además tuvieron que probarla con cadáveres antes de ser puesta a disposición de la justicia, que también había perdido algún tiempo discutiendo sobre el método de ejecución. En cualquier caso, el 27 de mayo de 1792 rodó la cabeza del primer reo ajusticiado por la guillotina.

Lo realmente sorprendente en esta curistoria es la fecha de la última ejecución llevada a cabo en Francia usando la guillotina: 10 de septiembre de 1977. Hace poco más de treinta y cinco años que la justicia gala segó la cabeza de Hamida Djandoubi usando esta máquina, que aunque es de finales del siglo XVIII tiene tintes casi medievales.

Djandoubi era un inmigrante tunecino que en 1977 tenía menos de treinta años y fue condenado a muerte por torturar y asesinar a su ex novia, de veintiún años. Poco después de las cuatro de la madrugada de aquel 10 de septiembre de 1977, en la prisión de Baumettes, fue aguillotinado. Fue la última vez que se usó la guillotina en Francia.

Unos años después, en 1981, se abolió allí la pena de muerte, pero aún así sorprende que la guillotina fuera el método usado en Francia aún en esas fechas tan recientes. No hay que olvidar, por otra parte, que en 1974 en España se utilizó por última vez el garrote vil para ajusticiar a un preso.

Foto: Jeremy Mercer

martes, 21 de octubre de 2014

De cómo Alan Turing perdió todos sus ahorros

Alan Turing
(Alan Turing)
Les contaba hace poco que Alan Turing es uno de mis personajes favoritos y no será esta la última curistoria que le dedique. Aunque en la curistoria de hoy no quede demasiado bien parado, les aseguro que es un genio que cambió, en varios sentidos, nuestra historia y nuestras vidas.

Turing, en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, llegó a la conclusión de que una invasión de Inglaterra por parte de Alemania era algo probable y que llegada dicha situación el caos financiero era casi inevitable. En base a esto, cogió todos sus ahorros y los cambió por dos enormes lingotes de plata. Transportándolos en un carrito de bebé, se fue al campo y los enterró en dos lugares diferentes, esperando que así estuvieran a salvo hasta que llegaran tiempos más seguros.

Pasada la guerra, Turing le pidió ayuda a un amigo para buscar y recuperar su tesoro. Habían pasado algunos años y posiblemente el entorno había cambiado, por lo que Turing se construyó un detector de metales que junto con el críptico mapa del tesoro que había escrito años atrás debía: llevarle a su objetivo: recuperar sus ahorros. Tras dos intentos infructuosos, Turing y su amigo dieron por ilocalizable la sepultura de los lingotes de plata y abandonaron la búsqueda.

Así perdió Turing sus ahorros, que supongo que alguien encontraría, o encontrará, con una lógica explosión de felicidad. En cualquier caso, nuestro héroe tenía mejores y más valiosas cosas en qué pensar que la situación de aquellos lingotes de plata.

Fuente: Alan Turing, de Jack Copeland

lunes, 20 de octubre de 2014

Un paseo, el papel, la tela y las avispas

René-Antoine Ferchault de Réaumur
(René-Antoine Ferchault de Réaumur)
En Europa, en el siglo XVII, la demanda de papel, de soporte para publicar para ser más exactos, había aumentado enormemente y eso había provocado la carestía de un elemento básico, los paños. No había suficiente tela para cubrir todas las necesidades, las habituales del uso de paños, y las nuevas necesidades relacionadas con la publicación de textos.

En el año 1666 Inglaterra llegó a prohibir el uso de telas de algodón y lino para amortajar y enterrar a los muertos, ya que se consideraba que había usos más importantes para aquellos materiales. La solución a este problema llegó, como tantas veces, tras un paseo por el campo.

René-Antoine Ferchault de Réaumur, francés, tenía conocimientos de física y química y además era aficionado a los insectos. Caminando por un bosque se topó con un nido de avispas abandonado y, encantado, comenzó a examinarlo en detalle. Durante la observación se dio cuenta de que de un modo u otro tenía frente así algo que podía usarse como papel y para el bien de todos no estaba hecho de trapos, sino a partir de madera y fibras de plantas.

Aquel paseo tuvo lugar en 1719 y no fue algo inmediato el salto del descubrimiento al uso de la madera para hacer papel, pero fue el punto de partida. Otros llegaron a la meta partiendo de su teoría y observaciones y consiguieron el éxito final, pero gracias a aquel paseo por el bosque y a las avispas hoy podemos leer libros e incluso tirar notas a la basura sin tener que andar por ello desnudos.

Fuente: The greatest science stories never told, de Rick Beyer

jueves, 16 de octubre de 2014

Las poco disimuladas burlas contra Primo de Rivera

General Miguel Primo de Rivera
(General Miguel Primo de Rivera)
En los años 20 del siglo pasado, durante la dictadura de Primo de Rivera en España, la censura hizo acto de aparición y todos los medios la tenían en cuenta y la temían. A pesar de ello, en 1929, el director de La Nación aprobó la publicación de los versos de una poetisa desconocida, que tenían un mensaje secreto, aunque tan ingenuamente escondido que casi no se puede usar ese apelativo de secreto.

El poema adula de manera casi vergonzosa al general Primo de Rivera, lo que hace aún más divertida la gracia. Que lo publicara La Nación, el periódico financiado y afín al propio dictador, acaba por poner el broche final a esta burla contra la censura y su promotor desde el gobierno, el propio general Primo de Rivera.

Lean el poema, escrito a continuación, si quieren. Pero no dejen de prestar atención a las palabras que se forman en acróstico vertical.
Paladín de la patria redimida,
Recio soldado que pelea y canta,
Ira de Dios, que cuando azota, es santa.
Místico rayo que al matar es vida.
Otra es España a tu virtud rendida;
Ella es feliz bajo tu noble planta,
Sólo el hampón, que en odio se amamanta,
Blasfema ante tu frente esclarecida.
Otro es el mundo ante la España nueva,
Rencores viejos de la edad medieva
Rompió tu lanza, que a los viles trunca.
Ahora en paz tu grey bajo el amado
Chorro de luz de tu inmortal cayado.
¡Oh, pastor santo! ¡No nos dejes nunca!
Fuente: Museo del Ejército, de Juan Antonio Marrero

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