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La geometría y los cascos medievales

19:44:00
Yelmo medieval
(Yelmo medieval)
Guillermo el Mariscal, conocido en inglés como William Marshal y en francés como Guillaume le Maréchal, fue un personaje muy importante en la Edad Media. Nacido a mediados del siglo XII, este anglonormando sirvió a cuatro reyes de Inglaterra. Les hablo hoy de él por una anécdota que demuestra la importancia de protegerse la cabeza. Recuerden aquella entrada con el soldado vivo mostrando alegre su casco agujereado.

Los cascos en la Edad Media evolucionaron de una sencilla protección del cráneo, que dejaba la cara y el cuello al descubierto, a piezas con doble visera, con protección para la nuca o diseños exclusivos para los torneos. Estos últimos, por ejemplo, los cascos de torneo, acabaron teniendo dos planos que se juntaban verticalmente a lo largo de la cara, como en la imagen superior, de tal forma que la lanza del contrario, si golpeaba la cabeza, resbalaría hacia un lado o hacia otro de la cabeza. Estos planos de expulsión, por llamarlos de algún modo, eran una bendición para los caballeros.

Casco de boca de rana
(Casco de boca de rana)
Por otra parte, los cascos conocidos como de boca de rana, por su forma, tenían una ranura transversal que permitía la visión a la vez que el casco era una única pieza sólida, unida por remaches, sin partes móviles y por lo tanto más débiles, como podría ser una visera. Además, eran sencillos de construir. Esta pequeña ranura y la forma del casco hacían que en los torneos el caballero inclinara la cabeza hacia delante, acercando la barbilla al pecho, lo que le permitía ver por la estrecha rendija al contrincante y preparar el golpe mientras se acercaba al galope. Justo antes del choque el caballero levantaba la cabeza, perdiendo la visión, pero protegiendo sus ojos, ya que la forma del casco hacía que ni la lanza ni alguna astilla perdida penetrara por la ranura o se pudiera quedar trabada en ella. La parte inferior del casco, por debajo de la ranura, sobresalía más que la parte superior, por lo que de nuevo la propia geometría del casco salvaba vidas.

Volviendo a la anécdota de Guillermo el Mariscal, en una ocasión se vio obligado a asistir al herrero y poner su cabeza sobre el yunque, para que este le pudiera extraer el yelmo de la cabeza usando martillos, tenazas, pinzas y todas las herramientas propias de un herrero. Tantos golpes había recibido en la cabeza, que el casco se había abollado y deformado de tal modo que Guillermo no podía extraérselo. Eso sí, a cambio de aquella incomodidad se vio a salvo de las graves heridas que hubiera sufrido de no disponer de aquella protección.

Para acabar dos cosas. Estas cuestiones sobre cascos, sus porqués y su evolución, y otras muchas más cosas, pueden leerlas en mi último libro: Breve historia de la caballería medieval. Y la segunda cosa es que no olviden el casco, en moto o en la guerra.
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La venganza de los siervos, de Julián Casanova

10:53:00
La venganza de los siervos, de Julián Casanova
(La venganza de los siervos, de Julián Casanova)
Decía Julián Casanova cuando lo entrevisté hace unos años por su libro España partida en dos, que algunos le reprochaban que no hubiera tratado tal tema u tal otro en aquel libro; un libro de poco más de 200 páginas. Se hace necesaria en tales casos una capacidad de síntesis, selección y concisión notable, ya que con toda seguridad es mucho más complicado escribir 200 buenas páginas sobre la Guerra Civil Española, tema de aquel España partida en dos, que 600, también buenas, sobre el mismo tema. Este escenario se repite en la nueva obra de Casanova: La venganza de los siervos; Rusia 1917.

Uno de los aspectos más importantes, trascendentes y complejos del siglo XX fueron los hechos que llevaron a los cambios en Rusia a finales de la década de 1910. Aunque se suele concretar la cuestión en el año 1917, e incluso el subtítulo del libro apunta a ese 1917, lo cierto es que la Revolución Rusa comenzó décadas antes y estuvo en continua mutación. El autor y el texto, por cierto, dejan esto claro, ya que el libro acaba con el siguiente párrafo:
Más allá de las consideraciones morales, este libro ha tratado de explicar las contradicciones y la complejidad de este <> de crisis que sacudió a Rusia desde 1914 a 1921, con las dos revoluciones de 1917 en el centro del análisis. Cien años después.
Esto hace que no haya una narración simple, como casi nunca la hay, y por lo tanto es un reto considerable contar bien y comprensiblemente una fase de la historia poliédrica y a menudo además tratada con cierta parcialidad. En la contraportada se puede leer que no hay explicaciones simples para los grandes acontecimientos, pero aún así estas aproximadamente 175 páginas (sin contar notas, cronología...) nos brindan una foto nítida de las revoluciones rusas.

El mundo cambió después de lo que ocurrió en Rusia y todavía hoy, un siglo después, en nuestro día a día, en la configuración de Europa y en las relaciones y cuestiones políticas, aquellas revoluciones de febrero y octubre de 1917 siguen dejando rastros visibles. Así, no se puede dejar pasar la ocasión de conocer un poco mejor cómo discurrió todo aquello, y ahí el libro de Julián Casanova es una buena muleta en la que apoyarse.

De nuevo, como comentaba en el primer párrafo de esta entrada, el historiador turolense sintetiza en menos de 200 páginas varias décadas de historia. En realidad no hubo una revolución, podríamos decir, sino una red de revueltas y movimientos, todos relacionadas entre sí, atenuados o alimentados unos por otros, que configuraron el resultado final. Bolcheviques, zares, socialrevolucionarios, el ejército, las mujeres, los campesinos... todos ellos tuvieron mucho que ver y que decir, y hacerse una imagen ajustada de aquellos años no es algo sencillo. La venganza de los siervos, lo consigue, aún a riesgo de dejarse cuestiones en el tintero por el propio planteamiento.

Sobre el autor, Julián Casanova, poco que decir. Es un reputado historiador, colaborador en varias universidades, en medios de comunicación y un escritor habitual en la sección de historia de las librerías, explicando con éxito el siglo XX europeo en su obras. La venganza de los siervos juega de nuevo en ese campo, el siglo XX europeo, y de nuevo es una lectura amena y enriquecedora, que ayuda a comprender qué ocurrió y por qué ocurren algunas cosas. Y todo esto, no lo olviden, en menos de 200 páginas, editadas por Crítica, y por lo tanto, de manera excelente.
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Los siete pecados sociales, según Gandhi

23:02:00
Mahatma Gandhi
(Mahatma Gandhi)
En octubre de 1925 Mahatma Gandhi publicó una lista con los siete pecados sociales que él había determinado que generaban grandes problemas. Algo así como su versión de los siete pecados capitales. Más de dos décadas después le entregó esa misma lista a su nieto Arun. Para Gandhi esos siete errores de la humanidad son la fuente de toda la violencia. Tres meses después de entregarle la lista a su nieto, fue asesinado. Quién sabe cuál de esos siete pecados fue el que llevó a Nathuram Godse a matarlo.

Esos siete pecados sociales o pecados de la humanidad, como los denominó para su nieto, son:
  1. Riqueza sin trabajo.
  2. Placer sin conciencia.
  3. Conocimiento sin caracter.
  4. Comercio sin moralidad.
  5. Ciencia sin humanidad.
  6. Adoración sin sacrificio.
  7. Políticos sin principios.
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Nicolás II no vio la que se le venía encima en 1917

23:08:00
Nicolás II prisionero, vigilado por sus guardianes
(Nicolás II prisionero, vigilado por sus guardianes)
¿Qué tendríamos que hacer frente a un hecho histórico? ¿Cómo se ha de reaccionar? ¿Cómo reaccionaríamos? ¿Sabríamos que lo es? No sé ustedes, pero yo recuerdo perfectamente dónde estaba cuando ocurrió el ataque a las Torres Gemelas. A pesar de ello y de pasar aquella tarde pegado a la televisión, he de reconocer que poco después de algo así uno ha de volver a su mundana vida. Pero esto no debería ser lo mismo para los grandes líderes, para los gobernantes. No es extraño que Kafka se fuera a nadar el día que comenzaba la Primera Guerra Mundial. Ni siquiera que no escribiera al respecto de la guerra en su diario. Al fin y al cabo, era un diario, no una crónica del mundo. En otros casos, no es tan lógica la reacción. O falta de reacción, mejor dicho.

Cuando el archiduque Francisco Fernando y su esposa fueron asesinados en Sarajevo el 28 de junio de 1914, quizás no muchos pensaran que los disparos de Gavrilo Princip acabarían en una terrible guerra. Por cierto, recuerden que aquello pudo ocurrir porque el chófer del archiduque tuvo un despiste al volante y se equivocó de calle. El presidente de Francia, Raymond Poincaré, estaba en el hipódromo viendo las carreras con algunos diplomáticos cuando le llegó la noticia por telegrama. Sin duda no sospechó la que se le venía encima a su país, ya que leído el telegrama siguió pendiente de los caballos como si tal cosa. Ni comité de crisis, ni análisis de consecuencias, ni reunión de urgencia; en lugar de eso, carreras de caballos.

Peor es el caso, no obstante, del zar Nicolás II. A finales de febrero de 1917, con importantes revueltas y enfrentamientos en su país, escribía a la zarina, Alejandra Fiódorovna, y le decía:
Mi cerebro descansa aquí –ni ministros, ni temas fastidiosos reclaman mis pensamientos.
Dos días después de aquella carta, el 26 de febrero, apuntaba en su diario que había ido a misa, desayunado con mucha gente, escrito la carta de rigor a la emperatriz, tomado el té y jugado al dominó por la tarde. El tiempo, apuntaba, era bueno, aunque helador. La bola de nieve de la Revolución creía y crecía y se acercaba amenazadora, pero él no se percató. O no quería percatarse.

El 2 de marzo se veía obligado a abdicar el último de los Romanov, poniendo punto final a tres siglos de dinastía. No lo vio venir. Perdonamos a Kafka, que al fin y al cabo era un hombre alejado del poder. ¿Perdonaríamos igual a Poincaré o a Nicolás II por su falta de reacción?

Fuente: La venganza de los siervos, de Julián Casanova
Nicolás II no vio la que se le venía encima en 1917 Nicolás II no vio la que se le venía encima en 1917 Reviewed by Manuel Jesus Prieto Martín on 23:08:00 Rating: 5

Crucificar un cadáver para aprender a pintar a Cristo

22:49:00
El cadáver crucificado de James Legg
(El cadáver crucificado de James Legg)
Volvemos hoy al tema de los resurrecionistas, ya saben, de los ladrones de tumbas. Lo más habitual era que aquellos cadáveres se usaran para estudiar anatomía, pero también hubo algún otro uso. Hace poco hablábamos del robo de dientes, un uso algo asqueroso, todo sea dicho. Mucho más interesante es el uso para el mundo del arte. Al caso del Miguel Ángel, del que hablábamos hace 9 años, se une hoy el trabajo del inglés Joseph Constantine Carpue y Thomas Bank.

Carpue, nacido en 1764, tuvo un papel destacado como cirujano y anatomista, siendo conocido por sus trabajo en torno a la rinoplastia, es decir, por aplicar la cirugía plástica de la nariz. En 1801 Carpue consiguió que pusieran a su disposición el cadáver de un asesino al que habían condenado a muerte en Chelsea. Su objetivo era crucificarlo y comprobar así cómo colgaría el cuerpo en la cruz.

James Legg era el nombre de aquel condenado a muerte, que se cruzó con Carpue, y algunos otros, para acabar en una cruz. La crucifixión se hizo inmediatamente después de la ejecución, con el cuerpo aún sin muchos cambios. Carpue se acompañó de un escultor, Thomas Bank, y de otros dos artistas, Benjamin West y Richard Crossway. Como podrán imaginar, la representación de Cristo en la Cruz en el mundo del arte estaba detrás de aquella idea. Se hizo un molde del cadáver crucificado y Carpue publicó sus conclusiones. También se escribieron comentarios sobre arte y sobre las representaciones que hasta el momento se habían hecho de Jesús en la Cruz. Aún hoy se conserva el cadáver crucificado de James Legg.

Fuente: The Guardian
Crucificar un cadáver para aprender a pintar a Cristo Crucificar un cadáver para aprender a pintar a Cristo Reviewed by Manuel Jesus Prieto Martín on 22:49:00 Rating: 5

Normas sobre los nombres de los niños en la Alemania nazi

23:36:00
Miembros de la SA "marcando" una tienda judía
(Miembros de la SA "marcando" una tienda judía)
Los regímenes totalitarios llegan a controlar cada extremo y detalle de la vida de las personas. Es más, no es extraño que muchos de esos cambios o reglas que imponen sobre determinados aspectos de la vida de los ciudadanos parezcan tan secundarios y anecdóticos que no cobran la importancia que tienen. La suma de esos pequeños cambios acaba siendo una falta total de libertad. La Alemania nazi no fue diferente en estos aspectos a otros totalitarismos, tanto de un lado político como de otro.

La persecución del gobierno nazi sobre los judíos, unida a la exaltación de la germanidad, promovió leyes que pueden parece absurdas y sin importancia, pero que en realidad fueron un piedra más en el muro que levantó el nazismo para aislar a los judíos. En 1938, el Ministerio del Interior alemán promovió una ley sobre los nombres de pila que debían usarse y ponerse a los niños. Los niños de nacionalidad alemana, es decir, los únicos alemanes de verdad, debían recibir nombres con ese origen para promover la mentalidad de que pertenecían a un linaje. Nombres como Gudrum, Helga o Hildegard.

Los nombres de origen cristiano se permitían, pero sólo si estaban muy arraigados ya en la cultura alemana. Hablamos de nombres como Hans, Joachim, Peter o Maria. Los hombres y mujeres judíos debían distinguirse, también, por el nombre. Si el nombre de pila que tenían no dejaba claro cuál era su origen, debían completarlo con Israel, los hombres, y con Sara, las mujeres. Así, un judío llamado Peter o Victor, por ejemplo, debería pasar a llamarse Peter-Israel o Victor-Israel, para que quedara siempre marcado su origen. También definió esa misma norma del gobierno los nombres válidos para los niños y niñas judíos a partir de aquel momento, para que estuvieran marcados desde su nacimiento.

Puede parece que era sólo un pequeño cambio en el nombre lo que se imponía, pero en realidad era una merma más de la libertad y un nuevo paso hacia lo que todos sabemos que fue uno de los crímenes más salvajes de la historia.

Fuente: Nazis a pie de calle, de Jesús Casquete
Normas sobre los nombres de los niños en la Alemania nazi Normas sobre los nombres de los niños en la Alemania nazi Reviewed by Manuel Jesus Prieto Martín on 23:36:00 Rating: 5

Tres emperadores, tres primos, y la Primera Guerra Mundial

23:43:00
Nicolas II de Rusia y Jorge V de Reino Unido, primos y muy parecidos
(Nicolas II de Rusia y Jorge V de Reino Unido, primos y muy parecidos)
Herbert Hoover, presidente de Estados Unidos durante cuatro años en los años 30 del siglo pasado, dejó dicho algo así como que los hombres viejos son los que declaran las guerras, pero son los jóvenes los que combaten y mueren. Por otra parte, esos jóvenes son centenares de miles, cuando no millones, y los viejos que deciden sobre las guerras son unos pocos, una decena, quizás, tirando por lo alto. En la Primera Guerra Mundial, parte de los mayores de Inglaterra, Rusia, Francia y Alemania tenían una relación estrecha.

El zar Nicolás II de Rusia, que no vio el final de la guerra, fue uno de los líderes de un país clave en el conflicto. En su mismo bando estaba el rey Jorge V del Reino Unido, que puso sobre el tapete las fuerzas de los países del Imperio Británico. Frente a ellos estaba el kaiser Guillermo II de Alemania. Curiosamente, Nicolás II fue el último zar ruso y Guillermo II fue también el último emperador alemán y el último rey de Prusia. Reyes y reina en Inglaterra, como saben, sigue habiendo tras Jorge V.

Estos tres hombres, que gobernaban media Europa, podríamos decir, eran primos. Todos ellos tenían como abuela a la reina Victoria del Reino Unido. No es extraña la endogamia en las aristocracias, todo sea dicho, pero a pesar de ello sorprende que tres primos tuvieran un papel tan importante en la Primera Guerra Mundial. La reina victoria era abuela directa de Guillermo II y de Jorge V. Nicolás II debía a su madre el lazo familiar con los otros dos. Era hijo de Dagmar de Dinamarca, que era a su vez hermana de Alejandra, esposa de Eduardo VII y madre de Jorge V.

Como pueden comprobar en la foto superior, el rey Jorge V y el zar Nicolás II, hijos de dos hermanas, no podían negar su parecido. Bien es cierto que, con uniforme, bigote y demás parafernalia, es posible que el parecido se haga más palpable, pero es indiscutible el parecido.

En definitiva, una guerra de primos, la Primera Guerra Mundial. Haciendo un chiste malo, bien podría ser que ese Primera venga de primo.
Tres emperadores, tres primos, y la Primera Guerra Mundial Tres emperadores, tres primos, y la Primera Guerra Mundial Reviewed by Manuel Jesus Prieto Martín on 23:43:00 Rating: 5
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