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jueves, 29 de enero de 2015

5 citas prusianas sobre orden, disciplina y determinación

Helmuth Karl von Moltke
(Helmuth Karl von Moltke)
El tipo que ven en la foto se llamaba Helmuth Karl von Moltke es un mariscal de campo nacido en 1800 y fallecido en 1891. Fue un destacado militar prusiano y durante décadas tuvo éxitos importantes en el campo de batalla. Su forma de ver el ejército se puede comprender con las siguientes citas, que son una muestra muy buena de su carácter, por una parte, y del militarismo prusiano por otra.
Recuerden, caballeros, una orden que puede ser malinterpretada, será malinterpretada.
Orden, contraorden: desorden.
Hay generales que no necesitan consejo, que juzgan y deciden por sí mismos, y sus subordinados simplemente ejecutan órdenes. Esos generales son estrellas de primera magnitud, aparecen una vez cada siglo.
Si un comandante siente la necesidad de preguntar a otros qué debería hacer, el mando está en manos débiles.
En la guerra a menudo es menos importante qué hace uno que cómo lo hace. Una fuerte determinación y la perseverancia a la hora de llevar a cabo una idea simple es la ruta más segura hacia el objetivo.

martes, 27 de enero de 2015

70 años de la liberación de Auschwitz

Entrada a Auschwitz I, donde se puede leer Arbeit macht frei (‘el trabajo libera’)
(Entrada a Auschwitz I, donde se puede leer Arbeit macht frei (‘el trabajo libera’))
Supongo que a estas alturas del día todos ya sabemos que hace 70 años exactamente que el ejército soviético liberó el campo de concentración de Auschwitz. Centro de exterminio sistemático de judíos, principalmente aunque también hubo otros grupos, más de un millón de personas perdieron su vida allí.

Para conmemorar tal fecha, aunque sea de manera sencilla, he seleccionado algunas curistorias en torno al tema.

domingo, 25 de enero de 2015

El gas letal que pasó de matar hombres a combatir el cáncer

Tropas de la 55 División Británica (West Lancashire) cegadas por gas lacrimógeno durante la Batalla de Lys, el 10 de abril de 1918.
(Tropas británicas cegadas por gas lacrimógeno durante la Batalla de Lys, el 10 de abril de 1918)
Aunque la historia de las armas químicas es antigua, fue en la Primera Guerra Mundial cuando alcanzaron el nivel de arma de destrucción masiva y se convirtieron en una categoría de armas en sí mismas. Se calcula que las armas químicas acabaron en la guerra de 1914 con más de treinta mil hombres e hirieron, en algunos casos con gravísimas secuelas, a más de setecientos cincuenta mil. Una de sus versiones más conocidas y letales era el gas mostaza.

Empleado por primera vez en 1917 por los alemanes en la batalla de Ypres, el contacto con él provoca ampollas en la piel y heridas que acaban provocando la muerte por asfixia. Pero como casi todo en la vida, la moneda tiene una cara y una cruz.

Unos años después de la guerra, en 1930, se desarrolló una variante del gas mostaza denominada HN2. El gobierno de Estados Unidos había contratado a algunos investigadores en la Universidad de Yale para que ahondaran en los posibles efectos de estos gases letales y trabajaran en antídotos para ellos. Así vio la luz en HN2.

Los investigadores Louis Goodman y Alfred Gilman descubrieron que el HN2 era un enemigo feroz para los leucocitos, es decir, los glóbulos blancos de la sangre, una de las células del cuerpo humano que más rápido se reproducen. Aquel descubrimiento les llevó pensar que quizás esta variante del gas mostaza podría acabar también con otras células de rápida reproducción, las células cancerígenas.

Probaron primero con ratones y más tarde con humanos, comprobando que el HN2 era capaz de entorpecer el crecimiento de los tumores. La primera droga efectiva contra el cáncer había nacido, y nada más y nada menos que a partir de uno de los gases más letales empleados en la guerra química hasta la fecha.

Fuente: The greatest science stories never told, de Rick Beyer

jueves, 22 de enero de 2015

Beethoven y el derecho a la vida

Beethoven de niño
(Beethoven de niño)
NOTA: Parece que esta historia es más bien una leyenda y además tiene algunos errores de bulto. En cualquier caso, está bien conocerla, aunque sólo sea para ponerla en duda.

Bendita televisión cuando es capaz de emitir un programa en el que dos científicos, o como mínimo dos personas inteligentes, discuten sobre algo de interés. Acostumbrados al estercolero habitual, casi parece ciencia-ficción. Pero no, en un programa de televisión juntaron una vez a Jacques Monod y a Jérôme Lejeune y estos se enzarzaron en una discusión sobre la vida y el derecho a la misma.

Lejeune, nacido en París en 1926, fue un médico genetista que identificó como causa del síndrome de Down la existencia de un cromosoma de más, y no fue este su único descubrimiento. Católico, defendía pública y de manera vehemente el derecho a la vida por encima de todo. Monod era biólogo, también francés, y nacido en 1910. Lógicamente sus posiciones eran encontradas en el debate televisivo. En un momento determinado Lejeune le dijo a Monod:
Suponga usted cómo saldría el quinto hijo de una mujer tuberculosa y un hombre sifilítico, teniendo en cuenta que el primero nació ciego, el segundo murió al nacer, el tercero salió sordomudo y el cuarto tuberculoso.
Monod contestó:
En ese caso yo optaría por hacer abortar a la madre antes de que diera a luz al quinto.
Y la respuesta, preparada desde el primer momento por Lejeune fue:
En ese caso habría usted acabado con Beethoven, amigo mío.
Fuente: Anécdotas de la historia, de Pancracio Celdrán

martes, 20 de enero de 2015

Golpes de estado en España, la historia se repite

Caricatura de Pavía durante el golpe, en La Madeja Política, dibujo de Tomás Padró Pedret.
(Caricatura de Pavía durante el golpe, en La Madeja Política, dibujo de Tomás Padró Pedret.)
Que la historia se repite es algo que a su vez se repite en boca de todos con asiduidad y que en algunos casos, como el de hoy, adquiere matices sorpredentes. Tomen como referencia en sus mentes el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, el famoso 23-F del teniente coronel Tejero, que entró en el Congreso con sus guardias civiles durante la sesión de votación para la investidura del candidato a la Presidencia del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo. Ahora, remontémonos unos años atrás.

La Primera República Española comenzó en España el 11 de febrero de 1873 y un año después, el 3 de enero de 1874 y con el cuarto presidente ya nombrado en tan poco tiempo, tuvo lugar el conocido como Golpe de Estado de Pavía. Manuel Pavía, a la sazón capitán general de Madrid, que no salió de su despacho en el ministerio del Ejército pero dirigió el golpe, mandó al Congreso a la Guardia Civil y a algunos soldados para intentar detener la anarquía y el descontrol que reinaba en la república española y, por supuesto, para intentar favorecer a su favorito, Castelar.

Estaba en marcha la votación del nuevo presidente de la República, que sustituiría a Emilio Castelar, perdedor de una moción de censura, cuando en la Carrera de San Jerónimo se presentaron dos compañías de la Guardia Civil, dos de infantería y una batería de montaña. Los diputados se negaron en un primer momento a abandonar el edificio y ceder a las presiones de los golpistas, pero pronto el lugar ya estaba tomado totalmente por los militares.

Un teniente coronel de la Guardia Civil entró entonces en el Salón de Sesiones gritando “¡Fuera, esto se ha acabado!”. Esa orden, junto con algunos tiros al aire por los pasillos, acabaron por convencer a los políticos, que abandonaron el lugar a la carrera. Es más, algunos salieron descolgándose por las ventanas, lo que también les traerá algún recuerdo al 23-F.

En realidad, y para ser rigurosos, ambos golpes, el de Pavía de 1874 y el de Tejero de 1981 tienen un fondo distinto y un objetivo también distinto, pero no deja de ser curioso que en algunos detalles, a pesar del siglo de diferencia, coincidan ambos.

domingo, 18 de enero de 2015

Determinando cuánto pesa el alma humana, 21 gramos

Los experimentos de MacDougall en el New York Times
(Los experimentos de MacDougall en el New York Times)
¿Existe el alma? ¿Es algo físico? ¿Dónde está? ¿Cuánto pesa? A ciencia cierta algunas de estas preguntas no tienen respuesta y el resto, tampoco. Y como las preguntas son la base del conocimiento y de la ciencia, estas cuestiones llevaron al doctor Duncan MacDougall a investigar la existencia física del alma.

El doctor MacDougall, estadounidense nacido en 1866, realizó experimentos durante años para buscar la prueba que le llevara a asegurar que existía el alma. En concreto intentó determinar su peso, el del alma, ya que así se podría asegurar su existencia aunque no se viera. Varios hombres se presentaron voluntarios para su experimento, hombres que sabían que le quedaba poco de vida por culpa de la tuberculosis, internos en la Casa Franca de Cullis para Tísicos.

Ante la certeza de que el fin estaba cerca, colocaba la cama, con el enfermo encima, sobre una enorme báscula y así esperaba constatar un cambio notable de peso en el momento justo de la muerte, que sería el alma abandonando el cuerpo y por lo tanto probaría sin duda alguna la propia existencia del mismo.

Cuando el primer hombre puesto a prueba murió, “repentinamente con la muerte el brazo de la balanza cayó con un toque audible al golpear la barra limitante inferior y permaneció allí sin retornar”, constató en sus notas MacDougall. Para volver a equilibrar la balanza, con el hombre recién fallecido aún sobre ella, tuvo que colocar dos piezas de un dólar al peso que había antes de que el hombre muriera. El peso de aquellas monedas era de 21 gramos y ahí nació la leyenda o idea popular de que el alma humana tiene ese peso.

Hubo otros experimentos similares, aunque ninguno fue concluyente. En cualquier caso, aquel primer resultado, que es casi paranormal más que científico, llegó a la prensa y a periódicos como el New York Times o el Washington Post.

Y no acaban aquí las sorprendentes conclusiones de MacDougall basadas en sus no menos sorprendentes experimentos. Realizando con perros el mismo procedimiento que hemos descrito, no vio cambio alguno en el peso de los mismos en el momento de fallecer, y antes que dar por malo el experimento o ponerlo en cuestión, determinó que los perros en concreto, y los animales en general, no tienen alma.

No es que yo, pobre infeliz que admira a los científicos, dude la calidad como tal de MacDougall, pero sí que soy escéptico con el resultado de sus experimentos. Quizás en algún programa nocturno sobre hechos paranormales tenga más aceptación. Esto no quita un ápice a la virtud de este hombre de buscar respuesta a las preguntas que a todos nos comen.

Fuente: Historia de la ciencia sin los trozos aburridos, de Ian Crofton

sábado, 17 de enero de 2015

Homenaje a José Luis Alvite

José Luis Alvite
(José Luis Alvite)
Pocas son las ocasiones en las que las entradas de Curistoria se alejan de la temática habitual y de su contenido y contexto. Muy pocas. De hecho, en este momento mi mala y selectiva memoria me dice que únicamente ha ocurrido una vez y por el mismo motivo por el que ocurre hoy. Entonces era octubre de 2007 y había muerto Juan Antonio Cebrián. En 2015 de nuevo la muerte nos lleva al homenaje, en este caso, al recién fallecido José Luis Alvite.

Han hecho falta dos cánceres para llevarse al monstruo de las metáforas, al gran cronista del Savoy. En el momento en que estoy escribiendo esto lo están enterrando y yo tengo aquí sobre la mesa seis libros escritos por él, que he repasado para hacer una pequeña selección con la que rendirle homenaje. Abriendo cualquiera de ellos al azar uno se topa con una idea, con una metáfora, con una frase que merece la pena ser recordada y hasta esculpirse en mármol. ¡Qué talento!

Son algunos los libros que tengo firmados y dedicados por sus autores, unos más conocidos que otros, todo sea dicho. Pero Alvite ha sido el único autor por el que he ido a un sitio concreto a conseguir su firma, no sin antes decirle cuánto lo admiraba. Le estreché la mano, y no se la besé por riesgo a tener luego que comenzar a fumar para evitar el mono de nicotina, y me llevé un dedicatoria que siempre ha sido especial para mi. Tan especial es, que lo que menos me importa es no saber qué demonios pone por no entender su letra. Al fin y al cabo tenía una buena excusa, era muy temprano para un tipo como él.

Aquí les dejó unas pequeñas perlas, aunque harían bien en leer todo lo suyo y con detenimiento.

Antes de ocurrir la desgracia del tren, la de Angrois era una de tantas aldeas de Galicia, lugares entrañables y apacibles en los que la vida transcurre tan tranquila, tan silenciosa, que hay perros que mueren de viejos sin haber aprendido a ladrar.
En aquel tiempo América era tan joven que las ciudades no tenían cementerio.
Una mujer como Terry Shelton es de rodillas como alcanza su talla más alta.
Los ricos tienen curriculums, los demás sólo tenemos antecedentes.
Tía Pepita trajo miles de niños al mundo, pero con las mismas herramientas también podría haberle cambiado las ruedas a un tractor.
Cada vez que reviso mi pasado caigo en la cuenta de que sólo valieron verdaderamente la pena las cosas que recuerdo mal, que son las que me permiten especular con ellas y adaptarlas para que merezca la pena haberlas vivido.
Una mujer deja de ser interesante cuando a su lado en la cama ya no te sientes lejos de casa.
Cuando uno está en el fondo del mar, muchacho, lo de menos es que el médico le haya prohibido la sal.
Hay mujeres que te miran como si te encañonasen.
Me casé con el hombre que pudo pagarme el jarrón para las orquídeas que me había regalado el hombre al que verdaderamente amaba.
Había un ambiente tan distendido que incluso cabía la posibilidad de que alguien te presentase de madrugada a tu propia esposa.
Un hombre está acabado cuando descubre que su biógrafo lleva dos días de brazos cruzados.
Sé que no habrá quien llore mi muerte porque no conozco a nadie a quien le deba tanto dinero.
El sexo no se distingue mucho de la televisión: dos minutos de acción y media hora de publicidad.
Los tipos como nosotros sólo estamos vivos para evitar que llegue toda la lluvia al suelo.
Hay pocas cosas tan excitantes como dar con una de esas chicas que después de un revolcón se ponen las gafas de leer para buscar las bragas.
La vida nos cambió de camino y nuestras llaves abren puertas distintas.
La sinceridad consiste en contar siempre la misma mentira.
El amor es algo muy resistente; se necesitan dos personas para acabar con él.
[Ya con el cáncer acabando con él, seguía fumando y cuando se lo reprochaban respondía] Dile a estas alturas a Jack El Destripador que comience a pagar las putas.

Imagen: El faro de Vigo

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