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viernes, 24 de octubre de 2014

La guillotina en Francia, de 1792 a 1977

Hamida Djandoubi, último guillotinado en Francia
(Hamida Djandoubi, último guillotinado en Francia)
Aunque la guillotina ha sido adoptada por muchos países como método para aplicar la pena capital, está asociada a Francia por la Revolución Francesa. Aunque esta tuvo lugar en el año 1789, el primer ajusticiado fue un bandido llamado Nicolás Jacques Pelletier, en mayo de 1792.

Pelletier era un malhechor habitual y en 1791 participó en un robo que acabó con un hombre muerto. Fue capturado poco después y condenado a muerte, en principio para que dejara este mundo el 31 de diciembre de 1791. Para entonces ya era la guillotina el único método de ejecución admitido en Francia y gracias a ello pudo vivir algunos meses más de lo esperado. Se tardó unos meses en disponer de la máquina y además tuvieron que probarla con cadáveres antes de ser puesta a disposición de la justicia, que también había perdido algún tiempo discutiendo sobre el método de ejecución. En cualquier caso, el 27 de mayo de 1792 rodó la cabeza del primer reo ajusticiado por la guillotina.

Lo realmente sorprendente en esta curistoria es la fecha de la última ejecución llevada a cabo en Francia usando la guillotina: 10 de septiembre de 1977. Hace poco más de treinta y cinco años que la justicia gala segó la cabeza de Hamida Djandoubi usando esta máquina, que aunque es de finales del siglo XVIII tiene tintes casi medievales.

Djandoubi era un inmigrante tunecino que en 1977 tenía menos de treinta años y fue condenado a muerte por torturar y asesinar a su ex novia, de veintiún años. Poco después de las cuatro de la madrugada de aquel 10 de septiembre de 1977, en la prisión de Baumettes, fue aguillotinado. Fue la última vez que se usó la guillotina en Francia.

Unos años después, en 1981, se abolió allí la pena de muerte, pero aún así sorprende que la guillotina fuera el método usado en Francia aún en esas fechas tan recientes. No hay que olvidar, por otra parte, que en 1974 en España se utilizó por última vez el garrote vil para ajusticiar a un preso.

Foto: Jeremy Mercer

martes, 21 de octubre de 2014

De cómo Alan Turing perdió todos sus ahorros

Alan Turing
(Alan Turing)
Les contaba hace poco que Alan Turing es uno de mis personajes favoritos y no será esta la última curistoria que le dedique. Aunque en la curistoria de hoy no quede demasiado bien parado, les aseguro que es un genio que cambió, en varios sentidos, nuestra historia y nuestras vidas.

Turing, en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, llegó a la conclusión de que una invasión de Inglaterra por parte de Alemania era algo probable y que llegada dicha situación el caos financiero era casi inevitable. En base a esto, cogió todos sus ahorros y los cambió por dos enormes lingotes de plata. Transportándolos en un carrito de bebé, se fue al campo y los enterró en dos lugares diferentes, esperando que así estuvieran a salvo hasta que llegaran tiempos más seguros.

Pasada la guerra, Turing le pidió ayuda a un amigo para buscar y recuperar su tesoro. Habían pasado algunos años y posiblemente el entorno había cambiado, por lo que Turing se construyó un detector de metales que junto con el críptico mapa del tesoro que había escrito años atrás debía: llevarle a su objetivo: recuperar sus ahorros. Tras dos intentos infructuosos, Turing y su amigo dieron por ilocalizable la sepultura de los lingotes de plata y abandonaron la búsqueda.

Así perdió Turing sus ahorros, que supongo que alguien encontraría, o encontrará, con una lógica explosión de felicidad. En cualquier caso, nuestro héroe tenía mejores y más valiosas cosas en qué pensar que la situación de aquellos lingotes de plata.

Fuente: Alan Turing, de Jack Copeland

lunes, 20 de octubre de 2014

Un paseo, el papel, la tela y las avispas

René-Antoine Ferchault de Réaumur
(René-Antoine Ferchault de Réaumur)
En Europa, en el siglo XVII, la demanda de papel, de soporte para publicar para ser más exactos, había aumentado enormemente y eso había provocado la carestía de un elemento básico, los paños. No había suficiente tela para cubrir todas las necesidades, las habituales del uso de paños, y las nuevas necesidades relacionadas con la publicación de textos.

En el año 1666 Inglaterra llegó a prohibir el uso de telas de algodón y lino para amortajar y enterrar a los muertos, ya que se consideraba que había usos más importantes para aquellos materiales. La solución a este problema llegó, como tantas veces, tras un paseo por el campo.

René-Antoine Ferchault de Réaumur, francés, tenía conocimientos de física y química y además era aficionado a los insectos. Caminando por un bosque se topó con un nido de avispas abandonado y, encantado, comenzó a examinarlo en detalle. Durante la observación se dio cuenta de que de un modo u otro tenía frente así algo que podía usarse como papel y para el bien de todos no estaba hecho de trapos, sino a partir de madera y fibras de plantas.

Aquel paseo tuvo lugar en 1719 y no fue algo inmediato el salto del descubrimiento al uso de la madera para hacer papel, pero fue el punto de partida. Otros llegaron a la meta partiendo de su teoría y observaciones y consiguieron el éxito final, pero gracias a aquel paseo por el bosque y a las avispas hoy podemos leer libros e incluso tirar notas a la basura sin tener que andar por ello desnudos.

Fuente: The greatest science stories never told, de Rick Beyer

jueves, 16 de octubre de 2014

Las poco disimuladas burlas contra Primo de Rivera

General Miguel Primo de Rivera
(General Miguel Primo de Rivera)
En los años 20 del siglo pasado, durante la dictadura de Primo de Rivera en España, la censura hizo acto de aparición y todos los medios la tenían en cuenta y la temían. A pesar de ello, en 1929, el director de La Nación aprobó la publicación de los versos de una poetisa desconocida, que tenían un mensaje secreto, aunque tan ingenuamente escondido que casi no se puede usar ese apelativo de secreto.

El poema adula de manera casi vergonzosa al general Primo de Rivera, lo que hace aún más divertida la gracia. Que lo publicara La Nación, el periódico financiado y afín al propio dictador, acaba por poner el broche final a esta burla contra la censura y su promotor desde el gobierno, el propio general Primo de Rivera.

Lean el poema, escrito a continuación, si quieren. Pero no dejen de prestar atención a las palabras que se forman en acróstico vertical.
Paladín de la patria redimida,
Recio soldado que pelea y canta,
Ira de Dios, que cuando azota, es santa.
Místico rayo que al matar es vida.
Otra es España a tu virtud rendida;
Ella es feliz bajo tu noble planta,
Sólo el hampón, que en odio se amamanta,
Blasfema ante tu frente esclarecida.
Otro es el mundo ante la España nueva,
Rencores viejos de la edad medieva
Rompió tu lanza, que a los viles trunca.
Ahora en paz tu grey bajo el amado
Chorro de luz de tu inmortal cayado.
¡Oh, pastor santo! ¡No nos dejes nunca!
Fuente: Museo del Ejército, de Juan Antonio Marrero

martes, 14 de octubre de 2014

10 muertes indignas y casi ridículas

Isadora Duncan
(Isadora Duncan)
Uno de los temas recurrentes en Curistoria son las muertes, hasta hay una categoría de entradas sobre el tema, y hemos hablado de fallecidos por patear su invento o una caja fuerte, o por comer melones. Es más, esta es la segunda entrada que recopila muertes ridículas. Pero no son estos casos únicos, ni mucho menos. La siguiente lista muestra una serie de personajes cuyo final fue un poco ridículo por un motivo u otro.

  1. Béla I (1016-1063) fue un rey húngaro que falleció cuando el dosel de su trono se vino abajo y lo pilló debajo. Quizás no fuera un accidente, quizás sí.
  2. Humphrey de Bohun (1276-1322) murió en combate, lo que no es mal final del todo para un militar y conde. La parte no tan decente es que este británico vio su final con una pica metida en el culo, literalmente, que al fin y al cabo fue lo que lo mató.
  3. Humayun (1508-1556) tuvo la mala suerte de enredarse con su túnica y caerse por las escaleras de su templo, matándose del golpe que se dio en la cabeza. Esto nos puede pasar a cualquiera, Dios no lo quiera, pero es un final poco apropiado para un emperador indio.
  4. Julien Offray de la Mettrie (1709-1751) fue un médico y filósofo francés que tras curar a un hombre, fue invitado por este a una fiesta para celebrarlo. En la misma el médico se dio un atracón de paté de trufa y eso se lo llevó al otro barrio.
  5. Clement Vallandigham (1820-1871) era un abogado comprometido con sus defendidos. Preparando la defensa de un cliente, acusado de asesinato, se disparó accidentalmente mientras tratada de demostrar que era posible disparar accidentalmente aquel arma. Él murió, sí, pero su defendido fue absuelto.
  6. Jim Creighton (1841-1862) fue un bateador que apuntaba una gran carrera en el beisbol. De este tipo de jugadores se espera que golpeen fuerte la bola y la manden a la grada. Bien, pues Creighton golpeó tan fuerte una bola que se causó heridas internas del esfuerzo y eso le costó la vida.
  7. Lady Randolph Churchill (1854-1921) era la madre de Winston Churchill y bajando unas escaleras se tropezó y se rompió el tobillo. Una cosa llevó a la otra y acabó en una caja de madera, después de que le cortaran una pierna gangrenada. ¡Malditos zapatos de tacón!
  8. Alexander Bogdanov
    (Alexander Bogdanov)
  9. Alexander Bogdanov (1873-1928) era un hombre con amplios intereses y diversas teorías. Estaba convencido de que las transfusiones de sangre podían rejuvenecer a un hombre y mejorar su aspecto y salud. Así, se inyectó sangre de un joven, que enfermo de malaria y tuberculosis, le causó la muerte.
  10. Isadora Duncan (1877-1927), la conocida dama de la danza, tuvo la mala suerte de que en un viaje en coche el pañuelo que llevaba al cuello, demasiado largo a todas luces, se enredara en una rueda del vehículo y acabara por romperle el cuello.
  11. Langley Collyer (1881-1947) era un eremita que vivía en Nueva York. Tal cantidad de libros, periódicos y papeles en general acumuló en su casa que un día una enorme pila de estos se vino abajó y lo sepultó. Su muerte fue también la de su hermano, ya que este último era paralítico y ciego y murió de hambre y sed al no ser asistido por nadie durante días.
Apartamento de los hermanos Collyer
(Apartamento de los hermanos Collyer)

Fuente: Listamanía

domingo, 12 de octubre de 2014

Jahleel Brenton Carey, vivió él y murió el príncipe Napoleón

El príncipe en su último combate contra los zulús
(El príncipe en su último combate contra los zulús)
Si hay un buen consejo para andar por la vida evitando algunos tropiezos es aquel que recomienda tener bien claras las prioridades. Es muy posible que una de las prioridades de Jahleel Brenton Carey fuera mantenerse vivo por encima de todo, por encima del deber y del honor, incluso. Visto con cierta perspectiva, este orden de prioridades es el habitual y el que cabría esperar, pero también es el que llevó a Brenton Carey a la desgracia y a que hablemos hoy de él.

Nacido en 1847, este oficial británico tenía bajo su protección a Louis Napoleón, hijo de Napoleón III de Francia y Eugenia de Montijo, que aunque vivía en Inglaterra, tenía el título de Príncipe Imperial de Francia. Cuando tenía tan sólo veintitrés años, sirviendo en el ejército inglés, donde se había formado como soldado, se vio envuelto en un ataque por parte de un grupo de zulús.

No salió vivo de aquel ataqué el francés, que recibió nada más y nada menos que dieciocho lanzazos, varios de ellos mortales de necesidad. Además, fue destripado y acabó desnudo. Formaba parte de una patrulla de reconocimiento en la que iban él, Brenton Carey y otros seis, uno de ellos, un guía zulú. Medio centenar de enemigos acabaron con casi toda la patrulla, pero que Brenton Carey escapara y además sin un solo rasguño, lo que lo dejó en muy mala posición.

Jahleel Brenton Carey
(Jahleel Brenton Carey)
Fue sometido a un consejo de guerra, la reina misma lo calificó como un cobarde, y aunque salió sin condena del trance, su camino siempre estuvo ya bajo la sombra de aquel domingo en el que había dejado morir al heredero francés. Él solía defenderse asegurando que había salido pitando en busca de ayuda y para avisar de la presencia de enemigos, que para algo estaba en una operación de reconocimiento, pero no servía de mucho.

Según parece, cuando llegó al campamento, barruntando ya la suerte que habían corrido los demás, cuando nada más entrar le preguntaron medio en broma por qué llegaba tarde a la cena contesto: “Yo estoy bien, pero han matado al príncipe”. Como decía al principio, una muestra clara de sus prioridades, que posiblemente no eran bien recibidas en el ejército británico: primero yo, que estoy bien; y luego lo demás. Lo demás era un príncipe francés con cierta importancia, pero aún así no tanta como la propia vida.

Por cierto, aunque en la imagen superior se muestra al príncipe luchando con la espada en la mano, parece ser que ese punto es incorrecto, ya que había perdido la espada al intentar escapar a caballo y lo único que hizo fue descargar su revolver, sin mucho acierto, contra sus atacantes.

Fuente: Héroes, aventureros y cobardes, de Jacinto Antón
Fotos: Free falling through history

jueves, 9 de octubre de 2014

De cuando el Dios de la lluvia ayudó a los romanos

El milagro de la lluvia representado en la Columna de Marco Aurelio en Roma
(El milagro de la lluvia representado en la Columna de Marco Aurelio en Roma)
Las crónicas romanas que narran las guerras Marcómanas, que enfrentaron a Roma entre los años 165 y 189 con diferentes pueblos germánicos, se hacen eco de uno de esos hechos épicos y famosos que marcan la historia. Parece algo sacado de una novela o una película, pero aunque hay novelas que lo cuentan, primero fue la historia y luego la ficción.

En el año 172 d.C. el ejército de Marco Aurelio se vio acorralado en su campamento por un número muy superior de guerreros cuados que además enfrentaron aquel combate usando técnicas de combate aprendidas de los propios romanos. Los legionarios resistieron en su campamento a duras penas hasta que el agotamiento y la sed comenzaron a apuntar el final de aquellos soldados de Roma.

Y entonces, de repente, comenzó a llover torrencialmente e incluso, según parece, algún rayo oportuno llegó a impactar sobre alguna torre de asedio germánica. Bajo el diluvio, los cuados dejaron su asedio y huyeron, en parte porque su superstición les llevaba a pensar que los dioses no estaban de su lado. Los legionarios obtuvieron de este modo una victoria inesperada y recordada siglos después.

Todo cambió tras aquel combate y los romanos confiaron a partir de entonces en su suerte, lo que les subió la moral y les permitió hacer una buena campaña, tras pasar un trance que casi significó su final.

Por supuesto, no faltó quien quiso ver en la oportuna lluvia la mano de Dios, aunque cada uno de su Dios, todo sea dicho. ¿Soldados cristianos alertaron a su Dios o dioses romanos que recibieron sacrificios ayudaron a sus seguidores?. ¡Sabe Dios! Lo que sí parece claro es que los dioses germánicos aquel día estaban en otra cosa.

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