Sigue Curistoria

Google+

Buscar



martes, 19 de agosto de 2014

Lápiz y papel para apuntar, esencial para los científicos

André-Marie de Ampère
(André-Marie de Ampère)

La importancia de llevar encima papel y algo con lo que escribir en él, o en su defecto un móvil, una tablet o algo similar, creo que está fuera de toda duda. Nunca se sabe cuándo nos va a asaltar esa idea genial o ese recuerdo que queremos apuntar, o incluso caer en la cuenta de que hay que comprar algo antes de llegar a casa. Por si el sentido común no fuera suficiente y no estuvieran ustedes suficientemente convencidos de esto, hoy vamos a ver lo que le ocurrió al famoso científico Ampère por no llevar papel y lápiz encima.

André-Marie de Ampère fue un matemático y físico francés nacido en 1775 y que muchos de ustedes asociarán, correctamente, con el amperio, la unidad de intensidad eléctrica, que lleva ese nombre en su honor. Al parecer, Ampère tenía costumbre de apuntar enseguida aquellas grandes ideas, y pequeñas, que le venían a la cabeza. Ya saben ustedes que las ideas son libres y por lo tanto van y vienen cuando uno menos se lo espera, en mitad de la noche, en la ducha o en un paseo por el campo. Para poder apuntarlas llevaba nuestro protagonista siempre encima tizas, lo que supongo que le era muy útil habitualmente ya que como profesor estaría rodeado de pizarras. Pero no siempre fue así. 

En una ocasión tuvo una gran idea mientras iba por la calle y ensimismado, supongo, por la propia idea y con las prisas de apuntarla antes de que se diluyera en su mente, sacó de su bolsillo la tiza y comenzó a garabatear unas ecuaciones en lo primero que pilló. Poco a poco su pizarra improvisada se fue alejando de su lado y Ampère perdió sus notas, ya que había escrito las ecuaciones en la parte trasera de un coche de caballos. Imagínense la cara del cochero cuando viera aquel graffiti científico en su coche.

viernes, 8 de agosto de 2014

Trampas y sorpresas en la Primera Guerra Mundial

Explosión de una mina
(Explosión de una mina)
La Primera Guerra Mundial cambió muchas cosas en la historia del mundo en general y en la historia bélica, como es lógico, en particular. En realidad cada gran conflicto incorpora cosas nuevas, aunque habitualmente a un precio muy alto. Por ejemplo, como cuenta Ernst Jünger en el libro Tempestades de acero, basado en sus propias experiencias como combatiente en la Primera Guerra Mundial (impresionantes, todo sea dicho):
En la acción que yo había llevado a cabo se había malgastado una munición que en 1870 habría bastado para toda una batalla.
La acción a la que hace referencia es sencilla, una incursión de unos pocos hombres en las trincheras enemigas con el objetivo de capturar un prisionero al que interrogar.

La capacidad de creación e invención de nuestras cabezas para la destrucción es casi ilimitada, tanto cuando se tienen recursos como cuando no se dispone de ellos. Siguiendo con las batallas, literalmente, que cuenta Jünger en Tempestades de acero, tenemos buenas muestras de ello.

Cuando debido al avance enemigo los hombres de Jünger tenían que abandonar una posición o localidad, dejaban una cuantas “sorpresas” escondidas para el enemigo, algunas de “refinada maldad”, como él mismo reconoce. Al puro estilo de las trampas para animales, dejaban finos alambres tendidos de lado a lado de las entradas de las casas o de las galerías de las trincheras, de tal forma que al menor contacto accionaban cargas explosivas ocultas, con el trágico resultado que supondrán.

En los caminos y carreteras excavan pequeños agujeros en los que escondían una granada. Se tapaba aquello con una tabla y luego se recubrían la tabla con tierra, quedando todo invisible e integrado en el terreno. La tabla tenían un clavo que quedaba casi encima de la espoleta de la granada. El grosor de la tabla era tal que las tropas a pie podrían pasar sin problemas por encima de ella, pero el primer camión o pieza de artillería que la pisara la haría explotar y volaría todo por los aires. Mejor volar un camión o una pieza de artillería que matar a un sólo hombre.

También fabricaban y escondían bombas de efecto retardado. Cuando se veían obligados a dejar una localidad dejaban bombas de este tipo ocultas en las casas, especialmente en los sótanos, donde era más complicado localizarlas y hacían más daño. Estas bombas de efecto retardado tenían dos mitades, separadas por una plancha de metal. Una de ellas estaba repleta de explosivo y la otra contenía ácido. Con el paso de los días e incluso de las semanas, el ácido iba corroyendo la plancha de metal hasta que esta era perforada y la bomba se accionaba. Una bomba de este tipo explotó, por ejemplo, en el ayuntamiento de Bapaume justo cuando las principales autoridades estaban en él celebrando que habían tomado la localidad. Imaginen el resultado.

Fuente: Tempestades de acero, de Ernst Jünger

miércoles, 6 de agosto de 2014

La inutilidad de las predicciones, según Cicerón

Escena romana de Cleromancia
(Escena romana de Cleromancia)
En pleno siglo XXI, a pesar de los avances en la ciencia y en el conocimiento que ha ido acumulando la humanidad con el paso de los siglos, sigue habiendo personas que creen en la astrología y en las artes adivinatorias en general. Basta con revisar la cantidad de números de teléfono que hay disponibles para hacer consultas, con sus elevadas tarifas, por supuesto, e incluso programas de televisión en los que a distancia y sin ningún tipo de información hay vendedores de humo que se atreven a decirnos que ven lo que ocurrirá mañana. Aunque sé que hay gente que llama por pura desesperación y para buscar un clavo ardiendo al que agarrarse, sigo pensando que es una muestra de ignorancia.

Ya Marco Tulio Cicerón, en su obra De divinatione (De la adivinación), escrita en el año 44 a.C. decía lo siguiente, tan cierto entonces como ahora, más de dos mil años después.
Cada día tenemos pruebas de que la astrología es inútil. ¡Cuantísimas predicciones recuerdo yo que hicieron los astrólogos a Pompeyo, a Craso y al propio César!¡Que ninguno de ellos iba a morir sino a su vejez, en su casa, rodeados de gloria…! De manera que me parece admirable que todavía hoy crea alguien en aquellas personas cuyas predicciones ve que está refutando a diario la realidad de los acontecimientos.
Lo dicho, de nada sirve intentar predecir el futuro, pero ya que otros se atreven, voy a osar yo también hacerlo. Aquí y ahora os aseguro a todos, que así que pasen otros veinte siglos, seguirá habiendo en el mundo adivinadores e incautos que los crean.

Fuente: Gabinete de curiosidades romanas, de J.C. McKeown

jueves, 24 de julio de 2014

Archie Fire Lame Deer, el indio bromista de Hollywood

Archie Fire Lame Deer
(Archie Fire Lame Deer)
No mucha gente puede decir que se ha interpretado a sí mismo, o casi, en películas de Hollywood. Y que además se haya reído de todos, aún menos. Ese es el caso de Archie Fire Lame Deer, un indio lakota nacido en 1935 y fallecido en el año 2001. Además de hombre medicina, aspecto de su vida que no nos interesa hoy, creció en una reserva y acabando trabajando en el mundo del cine como extra y asesor.

Autor de su biografía, algunos de sus antepasados combatieron en la mítica batalla de Little Bighorn. Su vida pasó por los problemas con el alcohol y las peleas con sus semejantes antes de acabar dando un vuelco y volverse un hombre espiritual. Combatió en Corea como paracaidista en una unidad aerotransportada y trabajó como cazador de serpientes de cascabel. En definitiva, una vida sorprendente y llena de idas y venidas.

En Hollywood participó como extra en clásicos del western como La diligencia o Flecha rota, y fue asesor de El regreso de un hombre llamado caballo. A pesar de estas participaciones, nuestro protagonista no estaba muy conforme con la manera en la que los suyos eran representados en las producciones de cine y quizás eso le llevaba a no tomarse muy en serio su las propias películas.

En más de una ocasión, cuando estaba trabajando como asesor en temas de indios para las productoras, utilizó canciones infantiles lakota en las escenas de danzas y ceremonias fúnebres, lo que le parecía divertido. Por supuesto, cuando tenía que hablar o escribir diálogos, lo hacía para que fueran y sonaran indios, que así se ganaba el sueldo de asesor, pero lo que decían en realidad no tenía nada que ver con la escena. Es decir, donde los subtítulos ponían algo como gran jefe pensar que caballo de hierro ser demonio, en realidad el indio estaba diciendo algo como a ese blanco del sombrero no se le levanta.

Personalmente me habría gustado ver alguna de estas películas con un indio lakota al lado y contemplar cómo se tronchaba de la risa en pleno funeral de la tribu cuando entendiera lo que se decía en realidad.

Por cierto, no sé por qué pero este doble lenguaje que sólo entendían los indios y todos los demás tomábamos por serio me recuerda a esos tatuajes habituales con caracteres orientales. Cuántos habrá por ahí pensando que llevan escrito en el brazo cómo suena una palmada ejecutada con una sola mano; y en realidad llevan escrito pato laqueado con soja.

Fuente: Héroes, aventureros y cobardes, de Jacinto Antón
Imagen: Lamedeer.org

martes, 22 de julio de 2014

La emotiva carta en la que Hemingway narra cómo mato al gato

Hemingway y sus hijos con tres gatos, en 1942
(Hemingway y sus hijos con tres gatos, en 1942)
El conocido escritor Ernest Hemingway fue un gran amante de los gatos. Su primer compañero felino se llamó Snowball, como el gato de los Simpsons, y a partir de ahí la familia fue creciendo y creciendo hasta llegar a mantener decenas de gatos en su finca de Cuba.

En febrero de 1953 uno de ellos, Tío Willie, fue atropellado por un coche. Tras este accidente Hemingway escribió la siguiente carta a un amigo.
Querido Gianfranco:
Justo después de escribirte y mientras ponía la carta en el sobre Mary bajó de la Torre y dijo: algo terrible le ha pasado a Willie. Salí y encontré a Willie con sus dos patas derechas rotas: una por la cadera y la otra por debajo de la rodilla. Un coche debía haberle pasado por encima o alguien lo había golpeado con un palo. Había vuelto a casa sobre las patas de un solo lado. Era una fractura multiple con mucha suciedad en la herida y fragmentos sobresaliendo. Pero él ronroneaba y parecía seguro de que yo podría solucionarlo.
Hice que René trajera un bol de leche para él y René lo sostuvo y cuidó para que Willie estuviera bebiendo leche mientras yo le disparaba en la cabeza. No creo que sufriera y los nervios habían sido machacados así que las piernas no habían empezado a dolerle realmente. Monstruo quiso dispararle por mi, pero no podía delegar la responsabilidad o dejar una posibilidad de que Will supiera que alguien iba a matarlo.
He tenido que disparar a gente, pero nunca a nadie que hubiera conocido y amado durante once años. Ni tampoco a nadie que ronroneara con dos piernas rotas.
Fuente: brain pickings

lunes, 21 de julio de 2014

El día que los galos arrasaron a los romanos

Galos en combate
(Galos en combate)
De sobra todos conocemos las grandes victorias romanas sobre los galos y cómo fueron estos conquistados y sometidos, salvo una pequeña aldea que resistió ayudada por una pócima, si me permiten la broma. Pero mucho menos se ha escrito y hablado del desastre de las tropas de Lucio Postumio Albino contra los galos en el año 216 a.C., quizás porque ese mismo año la batalla de Cannas fue una catástrofe que eclipsó todo lo demás. Aquel 216 a.C. sí que fue un annus horribilis para los romanos.

Lucio Postumio Albino fue un político y militar romano, que como cónsul comandó un ejército de veinticinco mil hombres destinado a luchar contra los galos. Cuenta Tito Livio en su Historia de Roma desde su fundación cómo los romanos fueron atacados en la Selva Litana, en el norte de Italia. El ejército había de pasar por un camino a cuyos lados había enormes árboles, como era habitual en muchos tramos. Los galos, conociendo su ruta, cortaron aquellos árboles lo suficiente como para que cayeran con un tirón pero que hasta dicho tirón se mantuvieran en pie. Cuando los romanos estaban en el camino, entre los árboles, estos se vinieron abajo empujados por los guerreros galos.

Los romanos habían caído de pleno en la emboscada y entre los muertos por los árboles y el desconcierto del ataque, acabaron por ser masacrados. Algunos consiguieron escapar de la trampa, pero sólo momentáneamente para ser aniquilados mientras huían. Pocos se salvaron al final de la batalla.

El propio Postumio falleció en aquella batalla y su cráneo fue vaciado por parte de los guerreros galos para ser usado como vaso sagrado. Aquel desastre romano fue mayor que cuando las legiones de Varo fueron aniquiladas en el bosque de Teutoburgo por los germanos. Pero ya saben, unos cardan la lana y otros crían la fama.

Fuente: Gabinete de curiosidades romanas, de J.C. McKeown

domingo, 20 de julio de 2014

William Coltman, un camillero muy condecorado

William Coltman
(William Coltman)
En las guerras, como en cualquier otra situación extrema, aparecen hombres capaces de lo mejor y de lo peor. El cabo William Harold Coltman, británico nacido en 1891, es un ejemplo de ello, en su caso, de lo mejor.

Sirvió en el regimiento North Staffordshire en la Primera Guerra Mundial y su trabajo era camillero en las trincheras, cuya esperanza de supervivencia en el frente era aún menor que la del resto de soldados. Su labor era salir de la protección que brindaban las trincheras y salir a la tierra de nadie a recoger a los heridos. Coltman hizo esto muchas veces, poniendo en riesgo su vida bajo el fuego enemigo para recoger a sus compañeros heridos.

Camillero, a priori, no parece la posición más apropiada para ganar medallas y acciones heroicas, pero la historia de Coltman echa por tierra esta idea. Es más, nuestro protagonista es el británico más condecorado de su rango en toda la Primera Guerra Mundial. Recibió la Cruz Victoria, el mayor honor militar al valor que otorga el ejército británico. La ganó el 3 de octubre de 1918 cuando se presentó voluntario para ayudar a los heridos en la tierra nadie y arrastrar, casi literalmente, a los heridos de vuelta hasta la posición británica. Estuvo varias horas haciendo este trabajo, saliendo y volviendo una y otra vez. Arriesgando su vida para salvar otras.

No sólo la Cruz Victoria fue otorgada a Coltman, se hizo valedor de otras condecoraciones en aquella Primera Guerra Mundial y también el resto de su carrera. No es mal balance para un camillero.

Fuente: Military's strangest campaigns and characters, de Tom Quinn

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...