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Los siete pecados sociales, según Gandhi

23:02:00
Mahatma Gandhi
(Mahatma Gandhi)
En octubre de 1925 Mahatma Gandhi publicó una lista con los siete pecados sociales que él había determinado que generaban grandes problemas. Algo así como su versión de los siete pecados capitales. Más de dos décadas después le entregó esa misma lista a su nieto Arun. Para Gandhi esos siete errores de la humanidad son la fuente de toda la violencia. Tres meses después de entregarle la lista a su nieto, fue asesinado. Quién sabe cuál de esos siete pecados fue el que llevó a Nathuram Godse a matarlo.

Esos siete pecados sociales o pecados de la humanidad, como los denominó para su nieto, son:
  1. Riqueza sin trabajo.
  2. Placer sin conciencia.
  3. Conocimiento sin caracter.
  4. Comercio sin moralidad.
  5. Ciencia sin humanidad.
  6. Adoración sin sacrificio.
  7. Políticos sin principios.
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Nicolás II no vio la que se le venía encima en 1917

23:08:00
Nicolás II prisionero, vigilado por sus guardianes
(Nicolás II prisionero, vigilado por sus guardianes)
¿Qué tendríamos que hacer frente a un hecho histórico? ¿Cómo se ha de reaccionar? ¿Cómo reaccionaríamos? ¿Sabríamos que lo es? No sé ustedes, pero yo recuerdo perfectamente dónde estaba cuando ocurrió el ataque a las Torres Gemelas. A pesar de ello y de pasar aquella tarde pegado a la televisión, he de reconocer que poco después de algo así uno ha de volver a su mundana vida. Pero esto no debería ser lo mismo para los grandes líderes, para los gobernantes. No es extraño que Kafka se fuera a nadar el día que comenzaba la Primera Guerra Mundial. Ni siquiera que no escribiera al respecto de la guerra en su diario. Al fin y al cabo, era un diario, no una crónica del mundo. En otros casos, no es tan lógica la reacción. O falta de reacción, mejor dicho.

Cuando el archiduque Francisco Fernando y su esposa fueron asesinados en Sarajevo el 28 de junio de 1914, quizás no muchos pensaran que los disparos de Gavrilo Princip acabarían en una terrible guerra. Por cierto, recuerden que aquello pudo ocurrir porque el chófer del archiduque tuvo un despiste al volante y se equivocó de calle. El presidente de Francia, Raymond Poincaré, estaba en el hipódromo viendo las carreras con algunos diplomáticos cuando le llegó la noticia por telegrama. Sin duda no sospechó la que se le venía encima a su país, ya que leído el telegrama siguió pendiente de los caballos como si tal cosa. Ni comité de crisis, ni análisis de consecuencias, ni reunión de urgencia; en lugar de eso, carreras de caballos.

Peor es el caso, no obstante, del zar Nicolás II. A finales de febrero de 1917, con importantes revueltas y enfrentamientos en su país, escribía a la zarina, Alejandra Fiódorovna, y le decía:
Mi cerebro descansa aquí –ni ministros, ni temas fastidiosos reclaman mis pensamientos.
Dos días después de aquella carta, el 26 de febrero, apuntaba en su diario que había ido a misa, desayunado con mucha gente, escrito la carta de rigor a la emperatriz, tomado el té y jugado al dominó por la tarde. El tiempo, apuntaba, era bueno, aunque helador. La bola de nieve de la Revolución creía y crecía y se acercaba amenazadora, pero él no se percató. O no quería percatarse.

El 2 de marzo se veía obligado a abdicar el último de los Romanov, poniendo punto final a tres siglos de dinastía. No lo vio venir. Perdonamos a Kafka, que al fin y al cabo era un hombre alejado del poder. ¿Perdonaríamos igual a Poincaré o a Nicolás II por su falta de reacción?

Fuente: La venganza de los siervos, de Julián Casanova
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Crucificar un cadáver para aprender a pintar a Cristo

22:49:00
El cadáver crucificado de James Legg
(El cadáver crucificado de James Legg)
Volvemos hoy al tema de los resurrecionistas, ya saben, de los ladrones de tumbas. Lo más habitual era que aquellos cadáveres se usaran para estudiar anatomía, pero también hubo algún otro uso. Hace poco hablábamos del robo de dientes, un uso algo asqueroso, todo sea dicho. Mucho más interesante es el uso para el mundo del arte. Al caso del Miguel Ángel, del que hablábamos hace 9 años, se une hoy el trabajo del inglés Joseph Constantine Carpue y Thomas Bank.

Carpue, nacido en 1764, tuvo un papel destacado como cirujano y anatomista, siendo conocido por sus trabajo en torno a la rinoplastia, es decir, por aplicar la cirugía plástica de la nariz. En 1801 Carpue consiguió que pusieran a su disposición el cadáver de un asesino al que habían condenado a muerte en Chelsea. Su objetivo era crucificarlo y comprobar así cómo colgaría el cuerpo en la cruz.

James Legg era el nombre de aquel condenado a muerte, que se cruzó con Carpue, y algunos otros, para acabar en una cruz. La crucifixión se hizo inmediatamente después de la ejecución, con el cuerpo aún sin muchos cambios. Carpue se acompañó de un escultor, Thomas Bank, y de otros dos artistas, Benjamin West y Richard Crossway. Como podrán imaginar, la representación de Cristo en la Cruz en el mundo del arte estaba detrás de aquella idea. Se hizo un molde del cadáver crucificado y Carpue publicó sus conclusiones. También se escribieron comentarios sobre arte y sobre las representaciones que hasta el momento se habían hecho de Jesús en la Cruz. Aún hoy se conserva el cadáver crucificado de James Legg.

Fuente: The Guardian
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Normas sobre los nombres de los niños en la Alemania nazi

23:36:00
Miembros de la SA "marcando" una tienda judía
(Miembros de la SA "marcando" una tienda judía)
Los regímenes totalitarios llegan a controlar cada extremo y detalle de la vida de las personas. Es más, no es extraño que muchos de esos cambios o reglas que imponen sobre determinados aspectos de la vida de los ciudadanos parezcan tan secundarios y anecdóticos que no cobran la importancia que tienen. La suma de esos pequeños cambios acaba siendo una falta total de libertad. La Alemania nazi no fue diferente en estos aspectos a otros totalitarismos, tanto de un lado político como de otro.

La persecución del gobierno nazi sobre los judíos, unida a la exaltación de la germanidad, promovió leyes que pueden parece absurdas y sin importancia, pero que en realidad fueron un piedra más en el muro que levantó el nazismo para aislar a los judíos. En 1938, el Ministerio del Interior alemán promovió una ley sobre los nombres de pila que debían usarse y ponerse a los niños. Los niños de nacionalidad alemana, es decir, los únicos alemanes de verdad, debían recibir nombres con ese origen para promover la mentalidad de que pertenecían a un linaje. Nombres como Gudrum, Helga o Hildegard.

Los nombres de origen cristiano se permitían, pero sólo si estaban muy arraigados ya en la cultura alemana. Hablamos de nombres como Hans, Joachim, Peter o Maria. Los hombres y mujeres judíos debían distinguirse, también, por el nombre. Si el nombre de pila que tenían no dejaba claro cuál era su origen, debían completarlo con Israel, los hombres, y con Sara, las mujeres. Así, un judío llamado Peter o Victor, por ejemplo, debería pasar a llamarse Peter-Israel o Victor-Israel, para que quedara siempre marcado su origen. También definió esa misma norma del gobierno los nombres válidos para los niños y niñas judíos a partir de aquel momento, para que estuvieran marcados desde su nacimiento.

Puede parece que era sólo un pequeño cambio en el nombre lo que se imponía, pero en realidad era una merma más de la libertad y un nuevo paso hacia lo que todos sabemos que fue uno de los crímenes más salvajes de la historia.

Fuente: Nazis a pie de calle, de Jesús Casquete
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Tres emperadores, tres primos, y la Primera Guerra Mundial

23:43:00
Nicolas II de Rusia y Jorge V de Reino Unido, primos y muy parecidos
(Nicolas II de Rusia y Jorge V de Reino Unido, primos y muy parecidos)
Herbert Hoover, presidente de Estados Unidos durante cuatro años en los años 30 del siglo pasado, dejó dicho algo así como que los hombres viejos son los que declaran las guerras, pero son los jóvenes los que combaten y mueren. Por otra parte, esos jóvenes son centenares de miles, cuando no millones, y los viejos que deciden sobre las guerras son unos pocos, una decena, quizás, tirando por lo alto. En la Primera Guerra Mundial, parte de los mayores de Inglaterra, Rusia, Francia y Alemania tenían una relación estrecha.

El zar Nicolás II de Rusia, que no vio el final de la guerra, fue uno de los líderes de un país clave en el conflicto. En su mismo bando estaba el rey Jorge V del Reino Unido, que puso sobre el tapete las fuerzas de los países del Imperio Británico. Frente a ellos estaba el kaiser Guillermo II de Alemania. Curiosamente, Nicolás II fue el último zar ruso y Guillermo II fue también el último emperador alemán y el último rey de Prusia. Reyes y reina en Inglaterra, como saben, sigue habiendo tras Jorge V.

Estos tres hombres, que gobernaban media Europa, podríamos decir, eran primos. Todos ellos tenían como abuela a la reina Victoria del Reino Unido. No es extraña la endogamia en las aristocracias, todo sea dicho, pero a pesar de ello sorprende que tres primos tuvieran un papel tan importante en la Primera Guerra Mundial. La reina victoria era abuela directa de Guillermo II y de Jorge V. Nicolás II debía a su madre el lazo familiar con los otros dos. Era hijo de Dagmar de Dinamarca, que era a su vez hermana de Alejandra, esposa de Eduardo VII y madre de Jorge V.

Como pueden comprobar en la foto superior, el rey Jorge V y el zar Nicolás II, hijos de dos hermanas, no podían negar su parecido. Bien es cierto que, con uniforme, bigote y demás parafernalia, es posible que el parecido se haga más palpable, pero es indiscutible el parecido.

En definitiva, una guerra de primos, la Primera Guerra Mundial. Haciendo un chiste malo, bien podría ser que ese Primera venga de primo.
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Nazis a pie de calle, de Jesús Casquete

11:12:00
Nazis a pie de calle, de Jesús Casquete
(Nazis a pie de calle, de Jesús Casquete)
Una de las preguntas recurrentes en torno al nazismo, la Alemania de entreguerras y los años que acabaron estrellándose en la Segunda Guerra Mundial, es cómo pudo llegar al poder y hacerse con la sociedad alemana el pensamiento nacionalsocialista. Por supuesto, hay razones de base, explicaciones lógicas y una serie de elementos que sin duda tuvieron su peso. Pero, aun así, la combinación y peso de cada elemento sigue siendo motivo de análisis y estudio. El libro que les recomiendo hoy abunda en ese punto de la historia y su título es Nazis a pie de calle, escrito por Jesús Casquete. Una obra muy interesante.

Como es habitual, es subtítulo centra y aclara el contexto: Una historia de las SA en la República de Weimar. Las SA, las Secciones de Asalto (Sturmabteilung), fueron una organización del NSDAP, el partido nazi, que funcionaba como una fuerza para-policial, violenta y casi criminal. Sus funciones oficiales eran proteger al partido y sus eventos, en resumen. En la realidad fueron mucho más allá. Apuntaron, a pequeña escala, ya que no podían ir más lejos, algunas de las más terribles formas de operar y manipular del nazismo en el poder.

El libro, como decía, es muy interesante por la temática y también por el enfoque. Jesús Casquete, profesor e investigador, ha trabajado sobre archivos alemanes, diarios de entonces, informes policiales de los años 20 y 30... para profundizar en los distintos aspectos que trata. Cada capítulo se centra en un tema y lo expone de manera global, tomando a su vez hechos concretos para ilustrarlo. El estudio va desde los locales donde se reunían los SA, hasta cómo aprovechaban a sus mártires, cómo mentían y manipulaban, o su relación con la religión, entre otras cosas.

Jesús Casquete, profesor de la Universidad del País Vasco y colaborador con el Centro de Investigación sobre Antisemitismo en Berlín, ha estudiado y colaborado con universidades de distintos países, como Estados Unidos o Alemania. Autor de varios libros en los que convergen precisamente política y movimientos sociales, ha conseguido en esta obra hacer accesible de manera muy amena y atractiva un momento y unos hechos que además de ser historia, son cargas de profundidad sobre esos dos aspectos: política y movimientos sociales.

Hay algo que no podemos pasar por alto. Conocer cómo ocurrieron estos hechos en el pasado nos ayuda a calibrar la importancia de determinadas acciones y actitudes que ocurren en nuestro tiempo o han ocurrido hace unos años. La toma de la calle, a menudo con cierta violencia, por los movimientos políticos, o determinado tipo de propaganda, son lecciones que uno puede extraer de esta lectura y aplicar a su forma de ver y analizar el mundo actual
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Aristides de Sousa, el Schindler portugués

23:14:00
Aristides de Sousa, el Schindler portugués
(Aristides de Sousa, el Schindler portugués)
La magnífica película La lista de Schindler, de Steven Spielberg, hizo popular la historia de Oskar Schindler y dio además nombre de categoría al resto de personas que han hecho cosas similares en cualquier tipo de conflicto. Es decir, desde entonces no es extraño leer cosas como el Schindler polaco (Eugene Lazowski), el Schindler de la Guerra Civil Española (Porfirio Smerdou), y frases similares. En esa lista de salvadores debemos incluir también a Aristides de Sousa Mendes, el Schindler portugués de la Segunda Guerra Mundial.

Aristides de Sousa, nacido en 1885, era el cónsul portugués en Burdeos cuando los alemanes invadieron Francia en 1940. Hasta su ciudad llegaron muchos judíos huyendo de los nazis que avanzaban desde el norte. La vida de los perseguidos dependía de un trozo de papel, de un visado que les permitiera cruzar la frontera camino de España para escapar de Francia. De otro modo, si quedaban atrapados al norte de los Pirineos, quedarían a merced de los nazis.

En esa situación miles de personas se acercaron al consulado portugués, a pesar de que Portugal había dado orden de no emitir visados sin la autorización previa del Ministerio de Asuntos Exteriores. Aristides de Sousa, como supondrán, no hizo caso de la orden y comenzó a expedir y firmar febrilmente visado tras visado. Contravenía la orden de su gobierno y con toda seguridad aquello suponía el fin de su carrera diplomática. A pesar de ello, lo hizo.

Durante diez días y diez noches, en una carrera contrarreloj en la que cada vez los nazis estaban más cerca, Aristides de Sousa salvaba vidas sellando y firmando visados. Miles de ellos. Finalmente fue detenido y expulsado de su puesto en el ministerio. No obstante, las decenas de miles de visados que logró entregar a los judíos significaron para estos un salvoconducto para salir de Francia y escapar de la garra nazi a través de España y Portugal.

Según parece, Aristides de Sousa, el Schindler portugués, consiguió en aquellos pocos días de la primavera de 1940 el mayor número de rescates, hechos por una sola persona, de todos los relacionados con el holocausto.

Fuente: Homo Deus, de Yuval Noah Harari | Foto: Turismo Portugal
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