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domingo, 1 de marzo de 2015

Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro

Estatua de Eloy Gonzalo, Cascorro
(Estatua de Eloy Gonzalo, Cascorro, con la lata de gasolina)
Madrid, como casi todos los lugares, está lleno de calles y plazas con nombres de militares, políticos y personajes históricos que se ganaron de un modo u otro el tener una calle con su nombre. Además, unos pocos, los elegidos, también disfrutan de una estatua. Uno de los casos más populares en Madrid es el de la plaza de Cascorro, y claro, si Eloy Gonzalo tiene una plaza, por qué no también una curistoria.

Eloy Gonzalo García nació en Malaguilla, Guadalajara, el primer día de diciembre de 1868 y murió en Cuba en 1897. Precisamente en la Guerra de Cuba se ganó la fama como soldado, allá por 1896. A finales de septiembre de ese año cinco mil soldados de infantería cubanos y una buena dotación de caballería atacaron un poblado cuyo nombre era Cascorro. Defendiéndolo estaban 170 soldados del Regimiento María Cristina bajo las órdenes del capitán Francisco Neila.

A lo largo del combate se llegó a una situación en la que los españoles eran acosados desde una casa que por su posición se estaba convirtiendo en un punto clave en la lucha. Era necesario acabar con aquel lugar, pero destruirlo suponía acercarse y con toda seguridad perder la vida. Ahí, Eloy Gonzalo, saltó a la historia.

Plaza de Cascorro, Madrid
(Plaza de Cascorro, Madrid)
Pidió una lata de gasolina y una tea y al amparo de la noche salió con la intención de prender fuego a aquella casa que estaba siendo el martirio de los suyos. Daba su vida casi por seguro perdida, y por ello pidió que le ataran una cuerda larga a la cintura, así, si caía en el empeño, podrían tirar de su cadáver de vuelta a la posición española y enterrarlo con los suyos.

Gonzalo tenía fama de valiente y decidido, pero aquel hecho fue un paso más allá. Burlando a los centinelas avanzó hacia su objetivo y entonces, en mitad de la noche, una enorme explosión avisó a los españoles de que el objetivo había sido cumplido. ¿Habría sobrevivido Eloy? No hizo falta tirar de la cuerda, volvió vivo.

Y ya saben ustedes que los héroes son necesarios para un pueblo, así que Eloy Gonzalo fue erigido como tal por los españoles y alcanzó fama pronto, con calles y estatuas, que unen su nombre con el de aquel lugar de Cuba, Cascorro, donde se jugó la vida y se ganó pasar a la posteridad.

Fuente: Museo del Ejército, de Juan Antonio Marrero

miércoles, 25 de febrero de 2015

Flush, la biografía de un perro que fue un éxito

Virginia Woolf
(Virginia Woolf)
Los más habituales ya conocen a mi perra, Jara, a la que dediqué el primer libro de Curistoria. Pero esa dedicatoria no es nada comparado con lo que hizo Virginia Woolf con Flush, un cocker spaniel al que hizo protagonizar una biografía. Ahí es nada.

Virginia Woolf nació en Londres el 25 de enero de 1882, y como todos sabrán es una figura destacada de la literatura del siglo pasado. En 1933 escribió la historia de Flush, la biografía de un perro, como decía. El animal era la mascota de la escritora Elizabeth Barret Browning y Woolf conoció al perro gracias a la correspondencia que mantenía con el marido de la dueña de Flush. Según sus propias palabras, de Woolf, no del perro, las historias que le contaban sobre el animal le hacían reír tanto que no se pudo resistir a escribir su vida.

El libro viaja por la vida de Flush y por la de sus antepasados, así como por la vida de sus dueños, inventando relaciones con la historia. Y como los amantes de los animales son muchos y los amantes de la literatura aún más, el libro se convirtió en un gran éxito. En los seis primeros meses tras su publicación vendió casi diecinueve mil ejemplares, a pesar de lo cual la autora no estaba satisfecha con su obra. El éxito de Flush le incomodaba porque según su opinión corría el riesgo de ser encasillada como charlatana, como una escritora menor, podríamos decir.

No he leído el libro, he de reconocer, pero hay una edición de Flush en la genial colección de básicos de Austral por un precio irrisorio (2,81€), así que ya no tengo excusa alguna.

Fuente: Vidas secretas de grandes escritores, de Robert Schnakenberg

domingo, 22 de febrero de 2015

Nuestros políticos nos representan, o no

José Luis Albareda
(José Luis Albareda)
Es habitual, en estos tiempos que corren de desapego social al mundo político, oír aquello de tenemos los políticos que nos merecemos. No estoy yo muy de acuerdo con esta frase ya que el funcionamiento de la política en España anula en gran parte la capacidad de elección, pero en cualquier caso, sean o no nuestros políticos lo que nos merezcamos, sí son los que nos representan, o no.

Y les digo esto porque José Luis Albareda y Sezde, que fue un político español del siglo XIX, ya recurrió a este tipo de frases. Fue ministro de Fomento con Alfonso XII y ministro de Gobernación durante la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena. Era uno de los favoritos de Alfonso XII, según parece, a pesar de que solía decir las cosas sin caer en la adulación y de manera directa. Precisamente cuando era ministro de la Gobernación el rey le preguntó, haciendo referencia a un diputado recién nombrado por Albareda:
Don José Luis, ¿es cierto que acaba de hacer usted diputado a ese hombre?
Ante la respuesta afirmativa, el rey le hizo saber que le extrañaba que un hombre como él, como Albareda, hubiera elegido y apoyado a un zoquete como aquel del que estaban hablando. Albareda, antes de rebatir al rey sobre cuánto de zoquete tenía aquel hombre, le dijo:
Tenga Su Majestad en cuenta una cosa muy importante, y es que las Cortes son representativas y tiene que haber de todo en ellas.
Así, no sabemos si Albareda estaba en desacuerdo con el rey o si por el contrario estaba de acuerdo con él y eligió al zoquete como diputado precisamente porque también tiene que haber zoquetes en las Cortes, como los hay en la sociedad a la que representan. ¿O no?

Fuente: Anécdotas de la historia, de Pancracio Celdrán

jueves, 19 de febrero de 2015

Hemingway sufrió dos accidentes de avión consecutivos

Ernest Hemingway
(Ernest Hemingway)
Hace poco me recomendaba un amigo a Ernest Hemingway, de quien he de reconocer haber leído únicamente El viejo y el mar, y de eso hace ya mucho tiempo. Concretamente la novela de la que hablábamos era Por quién doblan las campanas, que tendré que leer en algún momento si me fío de sus recomendaciones. Bien, les cuento esto porque Hemingway fue uno de esos escritores que vivió, y que hizo muchas cosas que pocos han hecho, como sobrevivir a dos accidentes de avión consecutivos, aunque esto no sé cuánto tiene de virtud suya y cuánto de suerte.

En 1954, año en que recibió el premio Nobel, estaba en África nuestro hombre cuando decidió hacer un vuelo para poder fotografiar desde el aire unas cascadas. Mala elección, ya que el avión chocó con un poste de electricidad y acabó teniendo que aterrizar de emergencia y bruscamente contra la maleza. Hemingway se golpeó la cabeza, y algún sitio más, y su esposa en aquel momento, Mary, se fracturó dos costillas.

Al día siguiente, con el objetivo de llegar hasta donde estaban los médicos que necesitaban para ser tratados de las heridas de este primer accidente de avión, los Hemingway tomaron otro. Durante la maniobra de despegue el avión explotó y las consecuencias de este segundo accidente en días consecutivos tuvieron unas consecuencias mucho peores que el primero. Hemingway sufrió quemaduras y otro golpe en la cabeza, esta vez mucho más serio y que llegó a afectar al cerebro. Cuando finalmente el escritor llegó a Entebbe, donde estaban los médicos, ya estaban los periodistas escribiendo la noticia de su muerte, que incluso llegó a publicarse.

Como ya he comentado otras veces en curistorias similares, cuánto hay de mala suerte en estos hechos y cuánto de buena suerte, es complicado de discernir.

Fuente: Calendario literario de Impedimenta.

martes, 17 de febrero de 2015

El antecesor del metro, en Nueva York en 1870

Sistema subterráneo de transporte de Beach
(Sistema subterráneo de transporte de Beach)
Antes de conocer la curistoria que les traigo hoy nunca hubiera pensado que el tráfico fuera tan horroroso a mediados del siglo XIX como para que alguien se planteara ya entonces la construcción del metro. Ocurrió, cómo no, en la ciudad de Nueva York. En los años 60 del siglo XIX, el inventor Alfred Beach estaba totalmente harto del tráfico que sufría en algunas calles de Nueva York y decidió buscar una solución. Beach, que también era el editor de la revista Scientific American, diseñó entonces un sistema subterráneo de transporte que fue el antecesor del metro actual.

Su idea era llevar el transporte bajo tierra, a través de túneles, y usando un tren movido por un sistema neumático. La idea se encontró con un importante detractor, William Marcy Tweed, en aquel momento uno de los hombres más poderoso de Nueva York. Beach estaba tan decidido a llevar a cabo su proyecto que comenzó a construirlo en secreto para escapar de Tweed. Unos 95 metros de túnel bajo Broadway fueron abiertos, pasando directamente por debajo del ayuntamiento, sin que se levantaran sospechas. Beach aseguraba que tan sólo se trataba de un sistema de envío de mensajes entre edificios a través de unos tubos neumáticos. Únicamente trabajaban de noche, y lo cierto es que cuando se trabaja bajo tierra lo mismo da día que noche.

En febrero de 1870 abrió las puertas de su proyecto piloto de metro, si me permiten llamarlo así, al público. Y entonces la gente de Nueva York se encontró ante una lujosa estación y ante un tren listo para viajar. Tweed montó entonces en cólera y se empleó a fondo para acabar con el proyecto. A pesar de ser capaz de conseguir las licencias oportunas por parte del gobernador, los inversores huyeron del proyecto, supongo que animados por Tweed, y pronto fue abandonado definitivamente y olvidado. A pesar de ello, cientos de personas pagaron por entrar y ver el invento de Beach.

En 1912, cuando estaban abriendo los túneles para el metro en Nueva York, los trabajadores acabaron topándose, sin esperarlo, con la estación de Beach y se quedaron boquiabiertos ante lo que tenían delante. Allí había una estación completa, cuando ellos aún estaban trabajando en los túneles. No en vano aquella estación de Beach tenía frescos pintados en las paredes, una fuente con un cisne dorado y un enorme piano que entretendría a los viajeros, que nunca llegaron.

Fuente: The greatest science stories never told, de Rick Beyer

domingo, 15 de febrero de 2015

Las plantas del Coliseo romano

El Coliseo romano
(El Coliseo romano)
Estoy seguro que, desde hace siglos, a muchos de los que han visitado Roma esta les ha marcado, le ha plantado una semilla durante la visita que les ha hecho cambiar. También muchos de esos visitantes, hace siglos, dejaron su semilla, literalmente, en Roma, y más concretamente en el Coliseo.

El anfiteatro más famoso del Imperio Romano fue construido en el siglo I y por él pasaron hombres de todo el imperio, y legiones de fieras fueron llevadas allí para servir de atracción. Unos siglos después de la caída de aquel imperio, un hombre llamado Domenico Panaroli llevó a cabo un estudio sobre las plantas que se podían encontrar en el Coliseo y sus alrededores y constató que aquel lugar había sido, casi, el centro del mundo.

Era el año 1643 y el estudio recibió el nombre de Plantarum Amphytheatralium Catalogus. En él se describían plantas que eran originarias de África y de los confines del antiguo imperio. Nadie las había llevado allí a propósito con el objeto de crear un jardín botánico o algo similar, sino que aquellas plantas provenían de semillas que habían llegado a Roma en el pelaje de animales que habían sido llevados al Coliseo o entre las ropas de los visitantes. Esto había ocurrido con miles de tipos diferentes de plantas.

Este estudio se repitió siglos más tarde y el resultado era similar, llegando a encontrar cientos de tipos de plantas distintos, algunos de ellos insólitos y originarios del otro lado del mar Mediterráneo y de sitios aún más lejanos. Como vemos, viajar a Roma, y a otros sitios, deja huella en el que viaja, pero también en el lugar que se visita.

jueves, 12 de febrero de 2015

Larra y Zorilla, muere un escritor y nace un poeta

Mariano José de Larra
(Mariano José de Larra)
Ya conocen el refrán ese que dice que cuando una puerta se cierra se abre una ventana y el mensaje que encierra. Hoy vamos a ver una versión literaria de este dicho, vamos a hablar de cuando la muerte de un literato sacó a la luz a otro.

Mariano José de Larra y Sánchez de Castro falleció en estos días del año 1837, concretamente fue el 13 de febrero cuando el escritor madrileño, uno de los más importantes del Romanticismo español, se quitó la vida. Aquella noche, su amante, una mujer casada llamada Dolores Armijo, le había dicho que la relación se había acabado y que volvía con su marido. Tan pronto como la mujer salió de la casa de Larra, este se disparó en la sien derecha. Había nacido en 1809, es decir, acabó con su vida cuando tenía 27 años.

Dos días después, el 15 de febrero, fue enterrado en Madrid entre una multitud de personas que se habían acercado a despedirle. Entre aquellas estaba José Zorrila, vallisoletano nacido en 1817. En un determinado momento Zorrilla leyó un poema que había escrito para la ocasión, dedicado a Larra, que dejó a todos emocionados y que le abriría las puertas del mundo literario.

Como decía, la muerte se llevaba un gran escritor pero antes de que fuera sepultado prestó un último servicio al mundo de las letras, brindar la ocasión a Zorrilla para que este mostrara su talento, que más tarde sería confirmado con creces. Aquel poema se titula A la memoria desgraciada del joven literato D. Mariano José de Larra y es el siguiente:
Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.

Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.

Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!

Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.

Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.

Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.

Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.

Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!

Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,

fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!

“Poeta, si en el no ser
hay un recuerdo de ayer,
una vida como aquí
detrás de ese firmamento...
conságrame un pensamiento
como el que tengo de ti.”

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